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viernes, 21 de agosto de 2015

La felicidad como energía sostenible

No importan los años de tu vida; importa la vida de tus años
(Anónimo. Creo.)


Para mí, el éxito es disfrutar saludablemente de tu vida, haciendo lo que te dé la gana lo mejor que sepas, con pasión y convicción, en la certeza de que todo lo bueno que esperas llega (salgas o no en las páginas económicas y de sociedad de prensas verdes o amarillas), incluidos los millones y la buena salud si estas cosas están entre tus objetivos "de corazón" (muchas veces creemos que queremos algo pero no es así; lo que deseamos es la sensación que creemos que todo eso nos proporcionaría).

Fotografía de Rober Garrido Vázquez
Aclarado esto, seguimos a lo nuestro: la felicidad, ah ah ah ah. Que te recuerdo no es un destino definitivo donde te quedas a vivir un día determinado sino un objetivo y, a la vez, el camino de por vida que has decidido seguir para llegar al objetivo. Juas.


* * *


La energía sostenible es aquella capaz de satisfacer las necesidades presentes de nuestra sociedad sin comprometer los recursos y capacidades de las futuras generaciones. Esta energía está compuesta (otra vez la ecuación) de varias energías limpias alternativas como son la energía solar, térmica, hidroeléctrica, solar fotovoltaica, eólica, geotérmica, bioenergía, energía de fusión y otras más que no sé pronunciar).

Para llegar a una economía sostenible -energéticamente hablando- no tenemos más remedio que seguir un camino sensato: una reducción real del consumo de energía manteniendo los mismos servicios energéticos que ya tenemos,  y en el que la calidad de vida ha de ser la misma o mayor de la que ya disfrutamos. La contaminación debe reducirse así como el precio que pagamos por la energía que utilizamos, y la vida de los recursos disponibles ha de alargarse reduciendo, en el camino, el conflicto que todo este lío pudiera provocar. Complicado, pero posible.

Como particulares, podemos empujar el avance hacia ese objetivo utilizando las técnicas de eficiencia energética que están en nuestra mano (y Dios quiera que los gobiernos hagan su parte, amén), técnicas que deberían ser integradas en la sociedad la cual, de ningún modo, debería sufrir declives no razonables de los recursos o estabilidad social ni permitir daños significativos a los sistemas naturales. O sea, todo lo que todavía no estamos haciendo (aunque ya lo vemos como algo muy romántico, y eso es un paso :-D). 

Muchos hemos empezado a, por ejemplo, ahorrar en electricidad en casa y en la oficina porque nos parece un escándalo el incremento salvaje (más del 40%) que ha sufrido nuestra factura en los últimos años (justo ahora que nos viene refatal por la crisis... Sigue todo conectado). Tenemos al alcance de la mano información y consejos para que podamos reducir esa factura, por ejemplo, tomando medidas caseras de ahorro muy efectivas (utilizar bombillas de bajo consumo y reguladores de intensidad de luz en lugar de las bombillas incandescentes y los interruptores normalitos de toda la vida; apagar las luces en las habitaciones vacías; configurar nuestros televisores y ordenadores con la opción de bajo consumo; elegir electrodomésticos etiquetados como energía AAA o por lo menos A+, que son los más eficientes gastando menos; cambiando nuestra tarifa eléctrica ordinaria por una nocturna, etc.). 

Para mejorar nuestra calidad de vida y la vida de nuestro planeta (que supongo está pensando seriamente en divorciarse de nosotros y entonces ya nada estaría conectado) podemos dar unos cuantos y no tan complicados pasos, casi todos gratis y todos ellos beneficiosos. Se trata, sencillamente, de prestar atención y cambiar algunos de nuestros hábitos (no es tan terrible poner el lavaplatos a las once de la noche o la calefacción a 20-21 grados en vez de a 40, lo juro). 

* * *

La felicidad es otra energía sostenible capaz de satisfacer nuestras más básicas necesidades y cumplir nuestras más locas expectativas en cuanto a tener una buena vida. Además, es una energía muy agradecida pues nos sostiene en un punto perfecto de salud, contento y actitud sensata (no sé por qué los pesimistas se han apropiado la idea de ser los únicos realistas del planeta). ¿Por qué va a ser más verdad una catástrofe (un divorcio, una pérdida de trabajo, que tu caballo se rompa una pata) que un cambio? El divorcio puede significar tu libertad o que encuentres a un ovejero sueco; una pérdida de trabajo puede significar la oportunidad de hacer lo que siempre quisiste hacer, y que tu caballo se rompa una pata puede significar que no tengas que ir a la guerra porque exigen que vayas con caballo y sin él no vales para luchar :-D. Todo depende del punto de vista, en realidad. 

Una actitud negativa es también energía, sin duda, pero de la que merma tus recursos y los malgasta: se los come sin renovarlos, te mantiene en vilo sin necesidad real de ello, perjudica la salud (el estrés agudo provoca un sinnúmero de siniestros personales y laborales), te hace criticón y te pone a la defensiva sin haber sufrido ataque alguno, siempre piensas que alguien te debe algo (normalmente, el mundo entero) y, con ello, te sientes indefenso, frustrado y de mala hostia. Es muy difícil vivir feliz pensando que el mundo está equivocado, y saber que no va a adoptar tu sensato punto de vista puede provocar mucha frustración y desencanto en la especie elegida.

La mala noticia es que el mundo es como es y seguirá girando contigo o sin ti, te guste o no esta espeluznante e insensata idea. 

La sostenibilidad de tu alegría, como la de cualquier otra energía, pasa también por elegir un camino sensato; hacer algunos cambios en tus rutinas y adquirir nuevos hábitos (los que te convengan y convenzan). Pongo aquí una lista de algunas propuestas -unas propias y otras ajenas- que te servirán al menos para encontrar las tuyas, al estilo de: "Uy, pues a mi no me gusta nada bailar, prefiero hornear pan"... 
  • Pasear media hora sola por la playa o por tu barrio prestando atención a lo que ves (te sorprenderá lo que hay) 
  • Ducharte a oscuras (experiencia inenarrable; no lo hagas si tienes bañera de esas que escurren) 
  • Escribir sobre cinco vidas distintas que escogerías si te dieran a elegir (con todo detalle) 
  • Observar a la gente e inventarte la historia de sus vidas (esta es buenísima) 
  • Andar descalza por la playa 
  • Bailar a solas música loca 
  • Apuntar durante un mes -cada día- todo lo que has hecho bien (crea adicción) 
  • Cantar cuando no te oye nadie (o a salvo con seres de tu total confianza, que suelen cantar igual de mal que tú). Con micrófono :-D (espero cada año con ansia la Nochevieja por el karaoke familiar) 
  • Comer chocolate sin culpa (máximo una tableta; recuerda que luego eso se posa elegantemente en tus caderas) 
  • Leer (si te gusta) un día entero sin parar, tumbada en el sofá (en invierno, tapada con tu manta favorita) 
  • Cocinar (si te gusta) un plato difícil; puede que te salga bien, ¡qué intriga! 
  • Poner en orden (¡por fin!) tu álbum de fotos 
  • Una clase de italiano en el ordenador con Duolingo (aplicación de Google) pronunciando las palabras que te enseñan en voz alta (esta es genial) 
  • Un baño de espuma y aceite (aunque sea de oliva) 
  • Una charla con un/a buen amigo/a ante los restos de un buen postre 
  • Aprender algo nuevo (interesante, claro) 
  • Evocar momentos divertidos o felices (mientras colocas las fotos, por ejemplo) 
  • Leer con tus hijos Manolito Gafotas en voz alta (la risa está garantizada) 
  • Pescar salmón en Yemen y luego soltar el pez (sin ahumarlo). 
  • Haz acto de presencia - escucha - procura reír.
Y hay muchas más, pero aquí no caben.

La idea es que, quizás por comparación, se te ocurran otras técnicas particulares. Deja el ordenador y haz tu lista ahora. Luego, deja la lista y empieza a probar.

¡Feliz viernes!

Recordatorio del día: La mejor manera de vengarte de tu enemigo es vivir la mar de bien.

martes, 18 de agosto de 2015

Las siete vidas del gato (y mías)

El trabajo físico, más allá de ciertos límites, es una tortura atroz.
Bertrand Russell, La conquista de la felicidad


Me encanta mi vida, pero quiero tener más cosas, más experiencias, más casas, más, más... Pero me falta el tiempo y el don de la ubicuidad. En realidad, lo quiero TODO pero entiendo que tengo que ponerme un límite; por motivos prácticos más que nada.

Una de las cosas que siempre he querido tener: muchas vidas, como los gatos; entiendo que en una no me cabe todo. Y las quiero no una detrás de otra -eso, aparentemente, no está en mi mano- sino todas a la vez. Creía que eso no era posible, pero estaba equivocada.

Un día encontré la manera de vivirlas sin problemas y sin tener siquiera que molestarme en abrir un libro donde contasen la vida de otro...  Sólo tengo que cerrar los ojos y... Ahora soy un científico famoso del siglo XIX que descubrió una rarísima mariposa en la Polinesia; un cantante de rock de mediados del siglo XX, melenudo y que esnifa coca antes de salir a un iluminado escenario donde sus miles de fans gritan enloquecidos cuando aparece; el alter ego de Agatha Christie (con todas sus casas y algunas más); una escritora anónima que hereda de carambola un cottage en una isla caribeña, junto con un Cadillac dorado y una vieja bicicleta verde; una actriz inglesa de teatro de culto (signifique eso lo que signifique), un artista polifacético amancebado con una Médici (y también soy esa Médici :-D)...

*   *   *   *

Antigua y Barbuda es un país que está compuesto por treinta y siete islas, parte de las Antillas Menores, situadas entre el mar Caribe y el Océano Atlántico.

Este encantador y pequeño archipiélago, también llamado Tierra de las 365 playas, tiene una superficie total de 443 kilómetros cuadrados, y una población de 82.000 habitantes, el 90% de ellos de ascendencia africana (de cuando los esclavos fueron importados por los colonos ingleses para trabajar los campos de azúcar), con otra pequeña parte de mulatos, mestizos, raza blanca (poca) y judíos sefarditas (poquísimos). Solo sus dos islas mayores, Antigua y Barbuda, están habitadas (por humanos, que bichos hay un montón). Hay registros de haber estado habitadas ya hacia el año 2400 a.C. y sus primeros habitantes, los Siboneys (palabra arawak que significa gente de piedra) dejaron un bello legado en forma de herramientas, que fabricaron en piedra y concha. Mucho después de que los Siboneys desaparecieran (emigraron), llegaron a las islas los arawaks, amerindios provenientes de la parte sur del río Orinoco que se dedicaban al pastoreo y la agricultura. Los arawaks introdujeron en las islas, entre otros cultivos, la famosa Piña Negra de Antigua. Hacia el año  1100 a.C. muchos de los arawaks migraron y los pocos que quedaron fueron eliminados por los agresivos caribes, que conquistaron a su manera -muy bestia- casi todo el mar que hoy lleva su nombre. 

Y se quedaron con las islas. Y se comieron a unos cuantos, porque eran caníbales. ¡Hala, adiós, arawak culture! Después de tantos años, os quedáis sin casa y sin tierras... (¿Por qué todo el mundo hablará tan mal de los caribesssss?)

En su segundo viaje al Caribe, en 1493, Cristóbal Colón vio la isla principal de pasada, la bautizó con el nombre de Santa María la Antigua en honor de la milagrosa virgen sevillana y siguió su camino hacia donde fuera. Los europeos no se establecieron allí, sin embargo, hasta un siglo después debido, principalmente, a la falta de agua dulce en las islas y la determinación y la resistencia de los caribes a que les quitaran lo que ellos habían robado antes. (¡Qué tíos, oye!). Finalmente, en 1632, un grupo de ingleses provenientes de St. Kitts pudieron establecerse allí sin problemas de forma exitosa. Y en 1684, con la llegada de Lord Codrington (que da nombre a la capital de Barbuda), y de su mano, Antigua entró en la era del azúcar. Los nobles ingleses arrasaron las islas (las dos principales que dan nombre al país), repartiéndoselas entre unos cuantos y montando plantaciones de azúcar a tutiplen, con esclavos que se trajeron del norte de África para que se las cultivaran. Las islas florecieron en todos los sentidos, y los ingleses dueños de las plantaciones florecieron mucho más.

A finales del siglo XVIII, Antigua era un importante puerto estratégico así como una valiosa colonia comercial para los ingleses. En 1784, Nelson llegó a la cabeza del Escuadrón de las Islas Leeward, pero no fué muy bien recibido. Se pasó casi todo el tiempo que anduvo por allí en un cuartel que montó en su barco y, después de construir facilidades navales (con su nombre), se fue horripilado de las islas llamándolas lugar vil y asqueroso agujero, con lo que no me extraña que se pusiera a todos los isleños en su contra. Este Nelson... ¡Que poca diplomacia y qué falta de elegancia, diossssss! Además, es mentira, no hay más que mirar las fotos.

Todo se paga en esta vida y resulta que a los caribes también les llegó. Fueron eliminados en casi su totalidad  por un enemigo que no esperaban: las enfermedades europeas y africanas, la malnutrición y la esclavitud acabaron con la población nativa caribeña de estas maravillosas islas (aunque ningún científico actual se atreve a jurar que estas causas fueran la razón real de esta muerte de masas.

Se dice que los españoles no colonizaron Antigua y Barbuda por su falta de agua dulce y su sobra de caribes agresivos y caníbales. ¿Fueron unos caguetas? I wonder. Pero indudablemente perdieron su oportunidad de hacerse con unas tierras preciosas allende los mares.

En 1967, las islas se convirtieron en un Estado Asociado de la Commonwealth y en 1981 consiguieron la independencia total de los ingleses, aunque siguen perteneciendo a la asociación británica comunitaria y Elizabeth II es la primera reina de Antigua y Barbuda. Actualmente, Antigua y Barbuda viven principalísimamente del turismo, casi nada del azúcar, y algo del alquiler que les paga EE.UU. de América por mantener allí un punto militar estratégico. La lengua oficial es el inglés, aunque aún muchos nativos hablan criollo antiguo.

*   *   *   *

Y una de mis vidas, discurre en estos parajes... Concretamente en Barbuda.

"... He salido a por el correo esta mañana por pura rutina, aunque no sé para qué. Hace ya años que en el correo solo encuentro publicidad de presión --para que me cambie a otra compañía de telefonía móvil--, extractos bancarios tristísimos y algún que otro libro de Amazon que pedí anteayer.

Y a pesar de ello no desaparece, por lo visto, mi esperanza de encontrar un día un sobre de esos antiguos de Correo Aéreo, alargado y ligero, en horizontal, y bordeado de franjitas azules y rojas. Quizás llegue con un sello exótico en el que aparece un ave del paraíso de plumaje imposible y elegante pico naranja. Quizás venga de Trinidad, o de Antigua, o desde alguna otra isla que no conozco y solo puedo atinar a soñar. Quizás llegue con buenas noticias...

Un tío-abuelo del que nunca había oído hablar ha fallecido. Emigró allí en su temprana juventud y se hizo billonario con la caña de azúcar, o quizás con el ron. Le ha dejado todo a sus hijos y nietos, como es natural. Todo menos la primera casa que se construyó allí con sus primeros jornales, trabajando por cuenta ajena.

El tío-abuelo Emilio decidió instalarse en Barbuda, en la parte sur de la isla, donde empezó trabajando para un lord inglés que no atendía su patrimonio tan bien como atendía a sus amantes (entre ellos el juego y el ron). Enseguida hizo carrera y llegó a capataz, convirtiéndose en el hombre de confianza del noble.

La casa que se construyó en cuanto tuvo dos duros está a la orilla del mar (no existía entonces ninguna antipática ley de costas), la rodeó de palmeras verdes e hibiscos rojo sangre y plantó una buganvilla blanca que -según sus planes- trepó el porche con el tiempo y ahora le da sombra.

Y esa casa, me dicen unos primos que no conozco, me la ha dejado su padre a mi. Pero me la ha dejado con la condición de que pase allí al menos seis meses al año...

En la lectura del testamento, el notario me entrega tres fotos de la casa. En una de ellas se ve la casa de frente. Es una de esas casas que parecen de cuento, como las que hacen los ingleses o los suecos por Navidad, una casita de jengibre.

Es una casa de adobe (sea eso lo que sea) pintada de blanco y con el tejado rojo brillante. Tiene las ventanas y las contraventanas de madera, pintadas de naranja fuerte; la madera del porche está pintada de verde, del mismo verde casi que las hojas de la palmera que se mece con la brisa del mar y que le da sombra a la izquierda. El porche da a un jardincito donde la hierba está un poco descuidada,pero crece sana y sin calvas.

Aquí y allá matojos de flores que desconozco, de grandes pétalos y colores enredados, crecen alegremente sin fajas ni arandelas que sujeten erguidos. Entre esos ramos de flores, un caminito hecho con rodajas de árbol lleva hasta la cancela desconchada y sigue hasta el mar...

En la segunda foto que miro aparece lo que debe ser el patio de atrás. Es pequeño y alargado, y la parte que pega a la casa está techado de una especie de brezo muy oscuro y espeso (igual es brezo). Bajo el brezo, una mesa de madera grisácea y unas sillas que no conjuntan parecen esperar a alguien que se sienta allí a diario a comer o a tomar el té...

En la última foto se ve un lateral de la casa del que sale un techado como el del patio de atrás, sostenido por unos troncos que parecen de algo que no fueron palmeras. O alguien se molestó en pelarlas y pulirlas antes de convertirlas en vigas. El techado mantiene a la sombra un par de viejas bicicletas verdes y un más viejo todavía Cadillac dorado y polvoriento.

Las bicicletas tienen que ser rojas, pienso de forma automática mirando la foto. Y los Cadillacs viejos son blancos. Decido pintar las dos cosas en cuanto llegue. 

Porque desde luego que acepto mi legado y la condición que pone el tío Emilio, faltaría más.

Y antes de darme cuenta, ya he tomado posesión de mi casa de jengibre y he pintado el viejo Caddy y mis bicicletas.

Por la tarde instalo mi máquina de escribir en el porche, mirando al mar y a los matojos de flores, y me siento allí con un té helado --de hibisco--, que me acaba de preparar Sabine, mi nueva cocinera mestiza.

-El té es un obsequio de bienvenida de su vecina, la señora Elenjélen -me dice poniendo el té en la mesa.

¿Elenjélen será nombre o apellido?

Paso allí la tarde, sin pulsar ni una tecla, en el porche de mi casa de adobe (sea eso lo que sea), mirando el mar a través de mi jardín. He repintado también la vallita y la cancela de blanco, aquí me cunde mucho más el tiempo. Y mañana empezaré a pensar en plantar otra buganvilla -esta rojo fuego y de flor doble- y quizás poner un parterre de hierbas aromáticas a la puerta de la cocina..."

Paso unas tardes estupendas en el porche de mi casita en Barbuda, a las afueras de un pueblo que quizás se llame La Chantalle, o La Moyenne...

*     *     *

La ventaja de la imaginación es que me traslado de continente en cuanto lo pienso y nunca estoy cansada después del viaje: no registro los cambios horarios en el sueño ni tengo que comer a mis horas y a las del país a donde voy, inconvenientes de la vida real que siempre acaban pagando mis caderas.

En esas vidas no como ni duermo ni voy al toilet. En cuanto añoro mi loft en Nueva York o mi casa de Princes Street en Edimburgo, me puedo trasladar allí ipso facto desde Barbuda o Papeete sin necesidad de hacer reservas, preparar maletas, facturar, ser revisada de arriba abajo con aparatos que seguro emiten radiaciones malignas, renovar pasaporte cuando me viene peor, llevar agendas locas o arruinarme la vida y el bolsillo en billetes de primera clase (en mis otras vidas no existe la clase turista en ningún aspecto de mi vida). Tampoco tengo que lidiar con la adolescencia de los hijos, las fracturas de caderas de los padres ni las discusiones con uno o varios maridos. No tengo que contratar alarmas contra ladrones y asesinos porque en una de esas vidas el psicópata soy yo (siglo XVII en Edimburgo) y me las sé todas.

Este ejercicio de desbloqueo creativo (que es lo que en realidad es) te hace pasar muchísimos buenos ratos sin tener que plantearte si será bueno o malo para tus hijos, tu profesión o tu matrimonio, sin sentirte culpable por viajar siempre en primera o coleccionar viviendas como si fueran conchas marinas... Nada; en cuestión de desventajas no tiene ni una.

La imaginación al poder; no recuerdo quién lo dijo, pero ¡cuánta razón llevaba!

¿Qué otras cinco o seis vidas te gustaría vivir? Coge un papel y un boli y haz la lista. Luego, elige la que más te atraiga en ese momento y diséñala. No hay limite de dinero, tiempo, espacio, etc. Regodéate en los detalles, grandes  y pequeños, que adornan esa otra vida que estás diseñando. Busca fotos, recórtalas y haz un collage de esa vida. Vive un rato en ella de vez en cuando o a diario, como prefieras. Otra gente medita, reza, o hace yoga para recomponerse... ¿Por qué no vas tú a poder vivir en una pagoda japonesa una tarde? ¿O presentarte a un concurso de bailes de salón y ganar?

Además de egoísta soy bastante perezosa, y como vivir otras vidas mías no requiere ningún esfuerzo físico que me agote, esta actividad me encanta; estar sudorosa y sin aliento no es parte de mi felicidad. No me produce satisfacción, no me siento más realizada ni mejor persona; solo me pone de mal humor.

Y, lo mejor: este ejercicio tiene un tremendo poder terapéutico para ponerte de buen humor y alegrarte el día. Escribiendo este artículo he vuelto a sorprenderme cuando he encontrado en el buzón una carta que no era de Movistar, he sentido de nuevo la pena (muy poca) por la muerte del tío Emilio y el alegrón por la herencia ha vuelto a ser de aúpa. He vuelto a quedarme sin aliento al ver por primera vez mi casita de Barbuda desde el otro lado de la valla; de nuevo sin respiración cuando he vuelto a ver el mar desde el porche. Por no hablar del aroma del té de hibisco rojo sangre que no me he tenido que preparar yo (para variar)... Vamos, que me he quedado lista para el resto del día.

Creo que la imaginación es una herramienta fundamental en el asunto de nuestra felicidad. No solo por la posibilidad que te ofrece de vivir esas otras vidas ilusorias que te alegran el día, sino porque te brinda la oportunidad de vivir esta vida real de forma mucho más satisfactoria. Y la satisfacción es un punto básico en el esqueleto de nuestra felicidad.

Y hay muchas formas de utilizar la imaginación. No dejes de probar cuáles son las más adecuadas para ti.










domingo, 6 de julio de 2014

Pinto, pinto, gorgorito...

Las decisiones importantes siempre me provocan sueño,
quizás porque sé que tendré que tomarlas por instinto,
aunque los otros siempre me dicen que he de tomarlas reflexionando.
Lillian Hellman


Nunca he visto clara la relación reflexionar-inteligencia, o reflexión-madurez, o reflexionar-tener-éxito-seguro. Es más, en muchas ocasiones en que he reflexionado más de una tarde sobre la toma de una decisión he acabado con una lista de ventajas de dos líneas y una lista de desventajas de cincuenta renglones... Y no he hecho nada al respecto, o he tomado la que me parecía más segura y que resultó ser la equivocada. Como consecuencia, lo único que cambiaba en mi vida era mi desesperación y malestar, que crecían proporcionalmente al rato que pasaba contemplando en mi imaginación todas las aterradoras posibilidades de cualquiera de las alternativas.

Un día llegué a la conclusión de que morir de terror cada vez que pensaba en la posibilidad de un cambio importante en mi vida era muchísimo peor que aterrarme únicamente en el momento del cambio real. Sigo viva  y contenta. (Y eso no significa que no haya metido la pata, pero no he vuelto a sufrir esas repetidas agonías interminables. Me he recompuesto y he seguido adelante echando mano de la resiliencia humana que todos llevamos incorporada en mayor o menor grado).

Siempre sabemos lo que tenemos que hacer. Aunque nos resistamos a hacerlo.

Cinco segundos antes de que se nos plantee cualquier dilema sabemos cuál es la elección correcta, pero hemos aprendido a no fiarnos de nuestra intuición, de la inteligencia natural (y animal) que traemos de fábrica y que hemos dejado de lado, despectivamente, como "cosas de mujeres".

Dejando de lado nuestra inteligencia intuitiva hemos perdido no solo las mujeres -en el intento de que no traten despectivamente nuestro supuesto intelecto cultivado-; los hombres han perdido, y mucho, porque ellos también traen esa inteligencia de fábrica y la niegan setenta veces siete, no vaya a ser que los tomen (y tachen) de nenazas... A pesar de que esa inteligencia es la que les permitió salir por patas de las fauces de un león, de probar a ver qué pasaba si se frotaban dos piedras, o un chico con una chica, sacarle punta a un palo largo y lanzarlo al corazón del enemigo, etc.

El humano tiende a buscar su lugar en el mundo y a establecerse. Excepto para las personas aventureras y necesitadas de cambios continuos y excitantes, para el resto de los humanos la tendencia es hallar nuestro propio "cuartel general de operaciones" desde el que movernos todo lo que queramos y al que luego poder volver (si queremos).

Pero, pero, pero... Cuando mantenernos en un mismo lugar afecta continuamente nuestra salud y nuestra felicidad, debemos mirar de cerca el por qué real de mantenernos donde estamos a cualquier precio.

La vida es un perpetuo acto de equilibrio entre guardar y tirar, agarrar y dejar ir, quedarnos donde estamos y mudarnos a otro lugar (sea éste físico, mental, emocional o todos a la vez). Y para ello nos esforzamos sinceramente en hacer las elecciones correctas para nosotros. Pero... ¿cómo sabemos cuándo es realmente el momento de dar un paso hacia adelante en nuestro camino? ¿O hacia la izquierda o derecha?

Una gran parte de nuestras relaciones, trabajos e incluso las ciudades donde vivimos tienen fechas de caducidad. Algunas veces nos quedamos donde estamos -aún sabiendo que ya es hora de moverse- por temor a no ser capaces de adaptarnos a los cambios necesarios que implicarían tomar otro camino hacia unlugar mejor. Por desgracia, es muy popular y siempre damos por cierto el dicho de más vale pájaro en mano que ciento volando y, en consecuencia, el resultado sigue siendo el mismo: más dolor, más frustración y... arrepentimiento.

Aunque la regla general es que si algo te da mucho la lata es hora de cambio y que el primer pensamiento es el que vale, si tienes una cierta tendencia al perfeccionismo y deseas un mínimo de seguridad de que el resultado será el adecuado, hay maneras de corroborar lo que nos dice nuestra intuición.

Tenemos una mente consciente que nos ayuda a resolver de forma eficaz, desde nuestra propia lógica (que es la importante para nosotros), lo que nos dice nuestra sabia intuición. Sólo tenemos que hacernos un par de reflexiones y tomaremos las decisiones correcta para nosotros: 

¿Son nuestras dudas las que nos están forzando a quedarnos donde estamos (y como estamos)? El hecho de que tengamos miedo al cambio no significa que estemos en peligro; solo significa que tememos el cambio, salir de nuestra zona de confort (tan de moda ahora) y no saber el resultado final en este mismo instante. El hecho de que temas fracasar o fallar no significa que lo vayas a hacer; solo significa que temes meter la pata. Mira más allá de tus dudas y miedos; a pesar de lo que te cueste salir adelante, nunca tires la toalla contigo mismo, nunca. Eres más valiente de lo que crees, más fuerte de lo que pareces, más hábil de lo que piensas y dos veces más capaz de lo que nunca hayas imaginado. Y eso es una verdad incontestable (pero el temor te hace sentir vulnerable, débil y torpe; por eso el miedo paraliza siempre).

¿Están el resentimiento o la envidia jugando sucio con nosotros? El resentimiento aparece cuando sentimos que el mundo, la vida, o los otros nos deben algo y no nos lo dan. Por otro lado, el perdón (a nosotros mismo o a otros) aparece cuando tenemos la suficiente confianza como para utilizar nuestras piernas y dar un paso adelante. Para dar ese paso debemos saber por qué sentimos de la forma que sentimos en este momento, aceptarlo y dejarlo ir; ya no necesitamos ese rencor o envidia. Tenemos nuestra propia vida que vivir; no la entorpezcamos pensando en la vida de otros. Dejemos atrás el pasado después de haberlo aceptado, que ya pasó. Dejémoslo ir y empujemos a nuestro espíritu hacia adelante reclamando nuestros sueños y estableciendo nuestras buenas intenciones de forma clara y decidida sabiendo que son buenas.

¿Hacemos lo que hacemos basándonos con frecuencia en las expectativas de otros? Merecemos ser felices por el mero hecho de ser y estar vivos; no necesitamos más laudes que esos. Merecemos vivir una vida que nos provoque sentimientos de curiosidad, excitación, pasión, alegría, vértigo y satisfacción. No podemos permitir que las opiniones de otros nos hagan olvidar eso. Si padres o maestros, o amigos o conocidos nos dijeron que no valíamos, que no llegaríamos, que la vida es un difícil valle de lágrimas que atravesar, tenemos que reconocer que eso no es cierto y dejar de ponernos obstáculos. Ellos no van a vivir nuestra vida así que tendremos que hacer lo necesario para vivirla nosotros de la manera más feliz según los deseos de nuestro corazón y no según los deseos de las mentes temerosas de otros. No estamos en este mundo para cumplir las expectativas de los demás y no debemos sentir que otros están en nuestra vida para cumplir las nuestras; es una carga demasiado pesada. No debemos nada a nadie y nadie nos debe nada. De hecho, cuanto más apruebes las decisiones que tomas acerca de tu propia vida, menos aprobación necesitas de cualquier otro.

¿Al sopesar nuestra toma de decisión somos más conscientes de los contras que de los pros? ¡Cuidado! Eso es peligroso. Todo tiene sus pros y sus contras y, si me dieran a elegir, me empeñaría en ver más los pros porque los contras tienen unos efectos secundarios devastadores: me llenan de miedo y me paralizan, me impiden ver las enormes posibilidades de la alternativa que estoy contemplando (son siempre muchas y buenas), hacen que no vea salida airosa posible de la situación y son los causantes de que, una vez tomada la decisión desde ese punto de vista, me arrepienta casi inmediatamente de lo que he elegido, llenándome de rencor hacia mí misma y causándome mucho más dolor del que conlleva per se una elección difícil...

Esas dudas, temores, resentimiento y envidias posiblemente vengan de un pasado al que aún estamos atados. No dejemos que nuestro pasado (que ya está pasado) dicte quiénes somos hoy; y el hoy es parte de quiénes seremos mañana, cuando ese hoy ya sea pasado también. No tenemos otra manera de saber lo que vendrá mañana más que soñándolo y trabajando por ello. Sin arrepentimientos, sin mirar atrás; sencillamente viviendo y yendo hacia adelante. Y eso es precisamente lo que hace que la vida sea, si así lo decidimos, un viaje excitante y valioso.

No te apegues a personas que no quieran estar contigo, a circunstancias que no sean las tuyas. Lo único que verdaderamente es valioso en nuestra vida son las personas que sabes (porque siempre lo sabes) que están contigo en los tiempos difíciles y que se ríen contigo cuando esos tiempos difíciles han pasado y las circunstancias que te dan verdadera alegría (y no solo ausencia de temor, como puedan ser los retos que te planteas y que deseas pero temes). El miedo solo se supera enfrentándolo. Y el nirvana para siempre jamás no existe, porque tus deseos y anhelos siempre serán más y más y siempre te producirán cierto vértigo al principio. Es ley de vida.

Así que para evitar el quedarte en situaciones tóxicas que ya no deseas pregúntate si algo de lo que has leído más arriba es aplicable a la toma de tus decisiones. Consulta con la almohada, como decían nuestras abuelas, y tendrás la respuesta.

Y, sea la que sea la decisión que tomes, una vez tomada deja de pensar si habrás hecho bien o no, qué habría sido de ti si hubieras tomado la otra, etc... Responsabilízate de ella y actúa de la mejor manera que puedas (la que te de más alegría y satisfacción dadas las circunstancias) recordando que siempre, siempre, puedes tomar otra decisión diferente en el momento en que lo desees y volver a cambiar tus circunstancias. Nada tiene que ser para siempre (y casi nunca lo es).

Aunque esto sea consuelo de tontos es consuelo al fin: ten por seguro que todos estamos en lo mismo, que todos pasamos por donde tú estás pasando ahora, que todos hemos sentido el mismo vértigo y nos hemos visto en la misma disyuntiva. Y seguimos vivos. :-D

Nadie ha muerto, que se sepa, por tomar una decisión (aparte de la de pegarse un tiro o no hacerlo); nadie ha sido condenado a perpetuidad a no volver a ser feliz por tomar una decisión; nadie ha perdido nada irreparable para siempre jamás por tomar una decisión. Todo es reparable, sustituíble y remediable. Todo.

Recuerda siempre: si no se hubieran tomado decisiones "arriesgadas", el hombre no andaría erguido; no existiría el fuego ni las pirámides de Egipto; no tendríamos agua corriente ni luz eléctrica; no se hubiera descubierto ningún nuevo mundo y no existirían las competiciones de salto con pértiga ni los puentes de Segovia y Brooklyn.

Y eso sería una lástima.