lunes, 28 de julio de 2014

Peleas, caminos y eso



El más importante descubrimiento de mi generación es el de que un ser humano puede cambiar su vida
cambiando su actitud mental.  (William James)


Si estás peleando con lo que sea, recuerda que otros muchos también lo estamos haciendo. Muchos, pero muchos de nosotros estamos justo donde tú te encuentras en estos momentos: trabajando duro para sentirnos mejor, pensar con más claridad y mantener nuestras vidas en marcha.

Durante esta semana reflexiona sobre ello. Quizás sea consuelo de tontos pero, como digo siempre, es consuelo al fin. Yo es que prefiero pasar por tonta que ser desgraciada pero única, ¿tú no? Así me siento menos sola en mi pesar XD...

Alguien ha pasado ya por ahí y finalmente ha llegado a destino. Muchos otros han estado ahí, bien atascados,... y lo han conseguido. Otros tantísimos siguen ahí... y lo conseguirán. Y tú y yo nos veremos otras veces en la misma disyuntiva: ¿sigo o tiro la toalla? 


Sigue. Piensa que para tirar la toalla siempre estamos a tiempo, ¿por qué precipitarnos? :-)

Recuerda el hábito diario que aumenta tu satisfacción y la sostiene, y practícalo:

  • Haz hoy algo por ti mismo
  • Haz hoy algo por tu casa
  • Haz hoy algo por otro

Ya sé, ya sé... Lo he dicho ya cuarenta veces, pero es que eso DA FELICIDAD. Es una verdad empírica (sea eso lo que sea XD).

Hay otras cosas que también puedes hacer para acumular pequeñas satisfacciones y orgullos personales día a día. Hoy se me ocurre esta:

Gasta a manos llenas todo el dinero que quieras, pero no tires ni un céntimo.


A veces no gastamos ni un euro pero acabamos despilfarrando cien. Cuando compramos cualquier cosa que no nos produce verdadera satisfacción y lo hacemos sin sentir especial alegría, estamos despilfarrando. Cuando nos privamos de comprar algo que nos podemos permitir sin problemas y que nos produciría verdadera alegría pero creemos que una cosa así "no está bien", también estamos despilfarrando: estamos tirando a la basura una oportunidad de sentirnos bien. 

Y disfruta de cualquier segundo que te de alegría, diversión, vértigo, tristeza, rabia o indignación. Eso es vivir. El nirvana, como también he dicho ya mil veces, no existe y no existirá jamás. Va contra todas las leyes humanas y divinas que se basan en el deseo y la consecución de más y más y más. Así es como se expande nuestro universo todo.

Así que desea, imagina, persigue y... remata. Lo estás haciendo bien, ni lo dudes. 

De esta forma construimos nuestro curriculum vitae y ampliamos nuestro curriculum felicitatis: viviendo bien, a nuestra propia imagen y semejanza.

Ni más ni menos.

¡Feliz semana!

P.S. Para obtener lo que verdaderamente deseas (por ejemplo, sentirte más que bien) hazte estas cuatro preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Por qué no yo? ¿Por qué no ahora?

Y contéstatelas. A corazón abierto.










domingo, 20 de julio de 2014

¿Verdad o mentira?

En este mundo cruel nada es verdad ni es mentira;
todo depende del color del cristal con que se mira.
Dicho popular


Una creencia no es más que un pensamiento que pensamos cien mil veces y, a base de repeticiones, se convierten en certezas para nosotros. Lo que no significa que sean verdades absolutas; de hecho, la mayor parte de nuestras creencias son mentiras, objetivamente hablando.

Nuestras creencias rigen nuestra vida. Queramos o no, nos guste o no, la ciencia ha demostrado que nuestro cuerpo y nuestro cerebro obedecen a nuestra voluntad consciente y nuestra mente es la vía. La mente consciente es la que da por válidas o no las afirmaciones que generan la observación de nuestro entorno y lo que sentimos hacia lo que percibimos en él. (Léete el Principio de Incetidumbre de Heisenberg, es interesantísimo).

Es la mente consciente el filtro que deja pasar o no a nuestro inconsciente lo que decidimos creer (porque siempre lo decidimos nosotros, sea a través de la curiosidad, el miedo, la conveniencia, o nuestra perseverancia). Y, una vez en el inconsciente, se convierten en esas creencias que, de forma automática, si las dejamos, dirigen nuestros pensamientos y actos que luego generan nuestras experiencias.

Y esto vale tanto para las creencias que llamamos positivas (las que nos apoyan y nos dan energía) como para las negativas (las que llenan nuestra imaginación de obstáculos, errores y horrores).

Los pensamientos se piensan solos; vienen y van a su aire, pasan por nuestra cabeza (o por donde sea que pasen) sin más propósito que lucirse y presentarnos propuestas y alternativas. Pero no tienen el poder de quedarse enganchados para siempre jamás a nosotros. Ese poder lo tenemos solo nosotros: enganchar el pensamiento que sea y quedárnoslo para darle forma, color, sentimiento y recrearnos en él dándole detalles a nuestro gusto.

Así pues, la buena noticia es que, como podemos elegir los pensamientos a los que quedarnos enganchados, las creencias (pensamientos que hemos repetido una y mil veces hasta que se hacen automáticos en nos) se pueden cambiar. Ningún niño nace pesimista ni resignado, aceptando su destino sin saber cuál es... Sólo hay que oír los gritos que pegan cuando tienen hambre, sueño o están mojados para darse cuenta del auténtico carácter de un bebé.

Una forma sencilla de hacernos con el control de nuestros pensamientos es ser conscientes del pensamiento negro en cuanto llega y pararnos para decir: "Ya sé lo que no quiero. ¿Qué es lo que quiero en realidad acerca de este asunto?". Y verbalizarlo claramente, en voz alta, de pensamiento o utilizando nuestra increíble capacidad para imaginar lo que de verdad deseamos. Y si el pensamiento que pillamos en un momento dado es alegre, divertido o amable, pararnos a hacerle fiestas y pensar "¡¡¡Síiiiiiiii, esto es lo que quiero!!!" es también una magnífica idea.

Normalmente, lo que deseamos de verdad en el aspecto que sea es justo lo contrario de lo que estábamos pensando en el momento de pillarnos in fraganti con una idea negra entre las manos. Así que es fácil. Haciendo esto una y otra vez, llega un momento en que los pensamientos negros pasan de largo sin dejarnos paralizados de miedo y nos permitimos a nosotros mismos avanzar en la dirección que realmente deseamos. Doy fe.

Pero muchos somos perezosos mentalmente, y además ilusos. Creemos que un día nos caerá del cielo ese momento en que no aparecerá ningún pensamiento que nos atormente y ya no volverá a ocurrir. Y esperamos -y esto es lo mejor de todo- no tener que poner nada de nuestra parte para que eso ocurra.

Falso. Falsísimo.

Llevamos tanto tiempo sosteniendo y observando deleitados esos pensamientos machacadores que se nos ha grabado una creencia que solo podemos modificar o eliminar de forma consciente, prestando atención. Pero vale la pena.

Tenemos un arma increíble para ayudarnos en esto: nuestra imaginación. Lo que de verdad nos diferencia de los animales es que nosotros podemos recordar el pasado, imaginar el futuro y destrozarnos el presente si no empleamos nuestra imaginación a nuestro favor. Lo que hasta ahora nos decían sin más explicaciones y sonaba misterioso de "ser consciente de uno mismo" es solo eso; y no hay ningún misterio.

Nuestros temores no se cumplirán a menos que nos regodeemos en ellos una y otra vez. Nuestros verdaderos deseos no se cumplirán a menos que nos regodeemos en ellos una y otra vez.

Ahora que en verano tenemos más tiempo y por lo general estamos más libres de estrés, prisas y carreras a colegios o despachos, aprovechemos los ratitos de playa y siesta para empezar a ser conscientes de lo que nos pasa por la cabeza, cuestionarlo, y rechazarlo o aceptarlo, según convenga a nuestra felicidad. Si nos ejercitamos en ello notaremos taaaaaaaannnnta diferencia a la vuelta de las vacaciones que nos parecerá absurdo no haberlo hecho veinte años antes. Prometido.

Las creencias más falsas de todas en cuanto a conseguir llevar una vida feliz:

No puedo
Me es imposible evitarlo
No sé
No tengo imaginación (¡esta es estupenda!)
No me lo permiten mis circunstancias (o padres, maestros, cónyuges, jefes...)

Las creencias que sí son verdades:

Puedo
Es posible cambiar
Sí sé
Tengo mucha imaginación
Lo haré

Lo único que tenemos que plantearnos, y ser sinceros con nosotros mismos, es:

¿Verdaderamente quiero conseguirlo y estoy dispuesto a hacer el esfuerzo que requiera?.YA estás haciendo muchísimo esfuerzo y gastando mucha energía en no hacerlo, así que la energía la tienes y el esfuerzo está a tu disposición y sabes cómo emplearlo; piensa en ello.

¿Estoy dispuesto a emplear mi imaginación para cambiar lo necesario y conseguir lo que de verdad deseo?. YA estás empleando la mucha imaginación que tienes en destrozar tu sueño, así que la imaginación la tienes. Empléala al revés.  XD

¿Lo haré?

Una vez hayamos decidido que sí, que cambiaremos nuestro tren pensante porque sí nos compensa, sólo tenemos que enfocarnos en el resultado de lo que queremos obtener. Visualíza ese resultado, no te permitas durante el rato que dediques a ello pensamientos contradictorios, haz como si te lo creyeras durante cinco o diez minutos (no más), créetelo durante ese ratito... y luego vuelve a tus quehaceres.

Si quieres convencerte a ti mismo a más velocidad de tu nuevo yo, da algún paso físico que apoye la nueva creencia o el nuevo hábito que quieres crear para que se quede en tu vida. Por ejemplo, si crees que eres tímido, te sientes solo o poco valioso, sonríe cada día a alguien y dile algo amable, sea conocido o no. Si crees que eres debilucho físicamente, haz veinte flexiones en algún momento del día. Si crees que jamás saldrás de la pobreza triste que invade tu vida y tu casa, compra algo un poquito más caro de lo que te permitirías normalmente pagar por eso mismo en versión bazar chino. Si te sientes solo y poco querido, pasa un ratito con alguien que sepas sin ninguna duda que te quiere (todos tenemos a alguien, no pongas excusas, estáte en guardia acerca de tus vergüenzas mal entendidas).

Y hazlo con la intención consciente de que estás creando tu nuevo y verdadero yo. Pronto verás que es más fácil de lo que te parecía (siempre lo es; todo) y también muy pronto verás que lo haces de corazón y que buscas oportunidades para hacerlo más a menudo.

Nunca se pierde nada siendo optimista, deseando y esperando triunfar en lo que soñamos; siendo pesimista perdemos con absoluta seguridad la oportunidad de conseguirlo. El optimismo da la energía necesaria para acometer cualquier cosa; el pesimismo nos roba el 99% de la energía y nos deja la justa para no hacer nada.

¿Nos vamos a dejar acojonar por dos o tres pensamientos que ya sabemos que no son verdades absolutas? ¿De verdad? ¡Venga ya!




domingo, 13 de julio de 2014

Placeres sencillos que no cuestan dinero

La felicidad es el espacio que hay entre dónde estás y dónde quieres estar.
Solo tienes que tomar una decisión: recorrer ese tramo haciéndolo cada vez más corto.

La vida está llena de placeres sencillos que nos ocurren de cuando en cuando. Son regalos inesperados que cada uno celebramos a nuestra propia y única manera. Pero podemos buscarlos a propósito y los encontraremos prestando atención.

La felicidad se elige; no es un accidente, una racha de buena suerte o algo que te regalan el día de tu cumpleaños. Si verdaderamente deseas ser feliz, lo eliges y haces lo necesario para alcanzarlo cada día. Cada minuto.

Y este deseo y necesidad de encontrar la alegría nos convierte en detectives y meticulosos observadores que se dedican a buscar cosas, personas, situaciones y actividades que nos la brinden. 

Cuando voy a fiestas o reuniones me pongo pesada y hablo y pregunto sobre la felicidad, a todo el que se deja. Con más frecuencia de la que espero consigo que la gente opine sobre el tema y casi todos, antes o después, me confiesan que los verdaderos placeres de su vida son gratis. Luego, me cantan voluntariamente una lista de ellos, con los ojos brillantes y una vaga sonrisa en la boca. Algunas personas se saben de memoria hasta treinta de sus placeres favoritos y los recitan sin respirar.

He coleccionado estos placeres como tesoros, y hacen una larguísima lista en mi cuaderno de notas.

Aquí os paso algunos, por si queréis echarles una ojeada y ver si podrían formar parte de vuestros favoritos... o ya lo hacen. Pensad en ellos con fruición y, aunque no sean vuestros, los disfrutaréis. 

  • Dormir al lado de la persona que amas.
  • Reír con tantas ganas que ni siquiera haces ruido.
  • El momento en que entiendes algo que no conseguías entender.
  • Un abrazo de tu hijo recién bañado.
  • Canciones que te hacen volver a un gran momento de tu vida.
  • Cuando oyes a alguien accidentalmente hablar bien de ti.
  • Despertar y caer en la cuenta de que ya es fin de semana... y volver a acurrucarte.
  • El momento agridulce e inevitable en que acabas un libro que no querías terminar.
  • Cuando un grupo de amigos se ríen con ganas de tu chiste estrella... por centésima vez.
  • Ese día en que te sientes atractivo o tienes el pelo justo como querías.
  • Un olor especial que te trae un recuerdo especial.
  • El primer chapuzon del año en el mar, a solas y muy temprano.
  • Volver a dormir en tu propia cama después de haber estado fuera dos o tres semanas.
  • Cuando alguien te dice "sí" (y esperabas que te dijera "no").
  • Acariciar a tu gato.
  • Un paseo a solas por la mañana temprano.
  • El silencio repentino que se hace en tu coche cuando atraviesas un puente un día de lluvia torrencial.
  • Cuando tu padre, finalmente, te confiesa en tu 40 cumpleaños que los Reyes Magos son los padres.
  • Cuando te das cuenta de que has estado sonriendo todo el rato mientras hablabas por teléfono.
  • Hacer la foto perfecta.
  • Un cumplido inesperado de alguien inesperado.
  • Escuchar el latido del corazón de otro.
  • Ser el siguiente de la lista o de la cola.
  • Un paseo en bicicleta a dos. 
  • Cuando triunfas en algo en lo que alguien te había dicho que no conseguirías.
  • Escuchar una canción nueva que te encanta y luego descargarla y escucharla una y otra vez.
  • Tachar cosas de tu lista de "Pendientes".
  • Darle a alguien una noticia realmente buena para él (o ella).
  • Quedarte dormido leyendo a la hora de la siesta en fin de semana.
  • Leer un día entero tirado en el sofá, bajo una manta, mientras fuera llueve o nieva.
  • El contacto visual imprevisto con un desconocido.
  • Una comida de amigas (de las de verdad).
  • Meterte en una bañera llena de agua caliente cuando llegas de la calle con frío.
  • Esa gente que te hace sonreír solo con pensar en ella.
  • Un buen abrazo espontáneo.
  • Estar en la playa de noche.
  • Tener una segunda oportunidad.
  • Las mariposas en el estómago cuando comienzas una nueva relación romántica.
  • Una relación honesta. Sin secretos. Sin mentiras.
  • Cuando tu compañero de piso se va fuera el fin de semana y lo tienes entero para ti.
  • Sacar un 10 en lo que sea.
  • Acertar el 100% de las respuestas en un programa que sigues en la tele.
  • Enamorarte de alguien.
  • Ver arcoiris a través del agua de la manguera cuando riegas el jardín o el patio.
  • Cuando el semáforo se pone en verde justo cuando estás llegando a él.

Y ahora te toca: ¿cuáles son tus placeres sencillos favoritos? Haz tu lista y tira de ella en caso de emergencia. En momentos bajos, es un arma estupenda para recuperar el aliento.

Te deseo un inesperado y felicísimo domingo.

domingo, 6 de julio de 2014

Pinto, pinto, gorgorito...

Las decisiones importantes siempre me provocan sueño,
quizás porque sé que tendré que tomarlas por instinto,
aunque los otros siempre me dicen que he de tomarlas reflexionando.
Lillian Hellman


Nunca he visto clara la relación reflexionar-inteligencia, o reflexión-madurez, o reflexionar-tener-éxito-seguro. Es más, en muchas ocasiones en que he reflexionado más de una tarde sobre la toma de una decisión he acabado con una lista de ventajas de dos líneas y una lista de desventajas de cincuenta renglones... Y no he hecho nada al respecto, o he tomado la que me parecía más segura y que resultó ser la equivocada. Como consecuencia, lo único que cambiaba en mi vida era mi desesperación y malestar, que crecían proporcionalmente al rato que pasaba contemplando en mi imaginación todas las aterradoras posibilidades de cualquiera de las alternativas.

Un día llegué a la conclusión de que morir de terror cada vez que pensaba en la posibilidad de un cambio importante en mi vida era muchísimo peor que aterrarme únicamente en el momento del cambio real. Sigo viva  y contenta. (Y eso no significa que no haya metido la pata, pero no he vuelto a sufrir esas repetidas agonías interminables. Me he recompuesto y he seguido adelante echando mano de la resiliencia humana que todos llevamos incorporada en mayor o menor grado).

Siempre sabemos lo que tenemos que hacer. Aunque nos resistamos a hacerlo.

Cinco segundos antes de que se nos plantee cualquier dilema sabemos cuál es la elección correcta, pero hemos aprendido a no fiarnos de nuestra intuición, de la inteligencia natural (y animal) que traemos de fábrica y que hemos dejado de lado, despectivamente, como "cosas de mujeres".

Dejando de lado nuestra inteligencia intuitiva hemos perdido no solo las mujeres -en el intento de que no traten despectivamente nuestro supuesto intelecto cultivado-; los hombres han perdido, y mucho, porque ellos también traen esa inteligencia de fábrica y la niegan setenta veces siete, no vaya a ser que los tomen (y tachen) de nenazas... A pesar de que esa inteligencia es la que les permitió salir por patas de las fauces de un león, de probar a ver qué pasaba si se frotaban dos piedras, o un chico con una chica, sacarle punta a un palo largo y lanzarlo al corazón del enemigo, etc.

El humano tiende a buscar su lugar en el mundo y a establecerse. Excepto para las personas aventureras y necesitadas de cambios continuos y excitantes, para el resto de los humanos la tendencia es hallar nuestro propio "cuartel general de operaciones" desde el que movernos todo lo que queramos y al que luego poder volver (si queremos).

Pero, pero, pero... Cuando mantenernos en un mismo lugar afecta continuamente nuestra salud y nuestra felicidad, debemos mirar de cerca el por qué real de mantenernos donde estamos a cualquier precio.

La vida es un perpetuo acto de equilibrio entre guardar y tirar, agarrar y dejar ir, quedarnos donde estamos y mudarnos a otro lugar (sea éste físico, mental, emocional o todos a la vez). Y para ello nos esforzamos sinceramente en hacer las elecciones correctas para nosotros. Pero... ¿cómo sabemos cuándo es realmente el momento de dar un paso hacia adelante en nuestro camino? ¿O hacia la izquierda o derecha?

Una gran parte de nuestras relaciones, trabajos e incluso las ciudades donde vivimos tienen fechas de caducidad. Algunas veces nos quedamos donde estamos -aún sabiendo que ya es hora de moverse- por temor a no ser capaces de adaptarnos a los cambios necesarios que implicarían tomar otro camino hacia unlugar mejor. Por desgracia, es muy popular y siempre damos por cierto el dicho de más vale pájaro en mano que ciento volando y, en consecuencia, el resultado sigue siendo el mismo: más dolor, más frustración y... arrepentimiento.

Aunque la regla general es que si algo te da mucho la lata es hora de cambio y que el primer pensamiento es el que vale, si tienes una cierta tendencia al perfeccionismo y deseas un mínimo de seguridad de que el resultado será el adecuado, hay maneras de corroborar lo que nos dice nuestra intuición.

Tenemos una mente consciente que nos ayuda a resolver de forma eficaz, desde nuestra propia lógica (que es la importante para nosotros), lo que nos dice nuestra sabia intuición. Sólo tenemos que hacernos un par de reflexiones y tomaremos las decisiones correcta para nosotros: 

¿Son nuestras dudas las que nos están forzando a quedarnos donde estamos (y como estamos)? El hecho de que tengamos miedo al cambio no significa que estemos en peligro; solo significa que tememos el cambio, salir de nuestra zona de confort (tan de moda ahora) y no saber el resultado final en este mismo instante. El hecho de que temas fracasar o fallar no significa que lo vayas a hacer; solo significa que temes meter la pata. Mira más allá de tus dudas y miedos; a pesar de lo que te cueste salir adelante, nunca tires la toalla contigo mismo, nunca. Eres más valiente de lo que crees, más fuerte de lo que pareces, más hábil de lo que piensas y dos veces más capaz de lo que nunca hayas imaginado. Y eso es una verdad incontestable (pero el temor te hace sentir vulnerable, débil y torpe; por eso el miedo paraliza siempre).

¿Están el resentimiento o la envidia jugando sucio con nosotros? El resentimiento aparece cuando sentimos que el mundo, la vida, o los otros nos deben algo y no nos lo dan. Por otro lado, el perdón (a nosotros mismo o a otros) aparece cuando tenemos la suficiente confianza como para utilizar nuestras piernas y dar un paso adelante. Para dar ese paso debemos saber por qué sentimos de la forma que sentimos en este momento, aceptarlo y dejarlo ir; ya no necesitamos ese rencor o envidia. Tenemos nuestra propia vida que vivir; no la entorpezcamos pensando en la vida de otros. Dejemos atrás el pasado después de haberlo aceptado, que ya pasó. Dejémoslo ir y empujemos a nuestro espíritu hacia adelante reclamando nuestros sueños y estableciendo nuestras buenas intenciones de forma clara y decidida sabiendo que son buenas.

¿Hacemos lo que hacemos basándonos con frecuencia en las expectativas de otros? Merecemos ser felices por el mero hecho de ser y estar vivos; no necesitamos más laudes que esos. Merecemos vivir una vida que nos provoque sentimientos de curiosidad, excitación, pasión, alegría, vértigo y satisfacción. No podemos permitir que las opiniones de otros nos hagan olvidar eso. Si padres o maestros, o amigos o conocidos nos dijeron que no valíamos, que no llegaríamos, que la vida es un difícil valle de lágrimas que atravesar, tenemos que reconocer que eso no es cierto y dejar de ponernos obstáculos. Ellos no van a vivir nuestra vida así que tendremos que hacer lo necesario para vivirla nosotros de la manera más feliz según los deseos de nuestro corazón y no según los deseos de las mentes temerosas de otros. No estamos en este mundo para cumplir las expectativas de los demás y no debemos sentir que otros están en nuestra vida para cumplir las nuestras; es una carga demasiado pesada. No debemos nada a nadie y nadie nos debe nada. De hecho, cuanto más apruebes las decisiones que tomas acerca de tu propia vida, menos aprobación necesitas de cualquier otro.

¿Al sopesar nuestra toma de decisión somos más conscientes de los contras que de los pros? ¡Cuidado! Eso es peligroso. Todo tiene sus pros y sus contras y, si me dieran a elegir, me empeñaría en ver más los pros porque los contras tienen unos efectos secundarios devastadores: me llenan de miedo y me paralizan, me impiden ver las enormes posibilidades de la alternativa que estoy contemplando (son siempre muchas y buenas), hacen que no vea salida airosa posible de la situación y son los causantes de que, una vez tomada la decisión desde ese punto de vista, me arrepienta casi inmediatamente de lo que he elegido, llenándome de rencor hacia mí misma y causándome mucho más dolor del que conlleva per se una elección difícil...

Esas dudas, temores, resentimiento y envidias posiblemente vengan de un pasado al que aún estamos atados. No dejemos que nuestro pasado (que ya está pasado) dicte quiénes somos hoy; y el hoy es parte de quiénes seremos mañana, cuando ese hoy ya sea pasado también. No tenemos otra manera de saber lo que vendrá mañana más que soñándolo y trabajando por ello. Sin arrepentimientos, sin mirar atrás; sencillamente viviendo y yendo hacia adelante. Y eso es precisamente lo que hace que la vida sea, si así lo decidimos, un viaje excitante y valioso.

No te apegues a personas que no quieran estar contigo, a circunstancias que no sean las tuyas. Lo único que verdaderamente es valioso en nuestra vida son las personas que sabes (porque siempre lo sabes) que están contigo en los tiempos difíciles y que se ríen contigo cuando esos tiempos difíciles han pasado y las circunstancias que te dan verdadera alegría (y no solo ausencia de temor, como puedan ser los retos que te planteas y que deseas pero temes). El miedo solo se supera enfrentándolo. Y el nirvana para siempre jamás no existe, porque tus deseos y anhelos siempre serán más y más y siempre te producirán cierto vértigo al principio. Es ley de vida.

Así que para evitar el quedarte en situaciones tóxicas que ya no deseas pregúntate si algo de lo que has leído más arriba es aplicable a la toma de tus decisiones. Consulta con la almohada, como decían nuestras abuelas, y tendrás la respuesta.

Y, sea la que sea la decisión que tomes, una vez tomada deja de pensar si habrás hecho bien o no, qué habría sido de ti si hubieras tomado la otra, etc... Responsabilízate de ella y actúa de la mejor manera que puedas (la que te de más alegría y satisfacción dadas las circunstancias) recordando que siempre, siempre, puedes tomar otra decisión diferente en el momento en que lo desees y volver a cambiar tus circunstancias. Nada tiene que ser para siempre (y casi nunca lo es).

Aunque esto sea consuelo de tontos es consuelo al fin: ten por seguro que todos estamos en lo mismo, que todos pasamos por donde tú estás pasando ahora, que todos hemos sentido el mismo vértigo y nos hemos visto en la misma disyuntiva. Y seguimos vivos. :-D

Nadie ha muerto, que se sepa, por tomar una decisión (aparte de la de pegarse un tiro o no hacerlo); nadie ha sido condenado a perpetuidad a no volver a ser feliz por tomar una decisión; nadie ha perdido nada irreparable para siempre jamás por tomar una decisión. Todo es reparable, sustituíble y remediable. Todo.

Recuerda siempre: si no se hubieran tomado decisiones "arriesgadas", el hombre no andaría erguido; no existiría el fuego ni las pirámides de Egipto; no tendríamos agua corriente ni luz eléctrica; no se hubiera descubierto ningún nuevo mundo y no existirían las competiciones de salto con pértiga ni los puentes de Segovia y Brooklyn.

Y eso sería una lástima.

domingo, 29 de junio de 2014

Dos cosas que la gente feliz no hace nunca

La felicidad no es algo que puedas posponer para un futuro, es algo que has de diseñar y disfrutar en el presente, cada día.

La gente feliz pasa tiempo, de forma consciente hasta que se vuelve automático, haciendo un montón de cosas que aumentan aún más esa felicidad. Cosas como cuidarse, alimentar sus relaciones importantes, practicar la amabilidad, cultivar el optimisto, expresar gratitud, comprometerse con sus propios objetivos,, saborear los pequeños placeres de la vida...

Y nunca hacen cosas que menoscaban esa felicidad, y por ello NUNCA:
SE OCUPAN de los asuntos de otros. Tenemos que olvidarnos de lo que otros andan haciendo o diciendo. Hay que dejar de mirar y sopesar dónde están situados los demás y qué tienen. Nadie lo está haciendo mejor que nosotros porque nadie puede hacerlo mejor que nosotros. Tú estás recorriendo tu propio camino, y yo el mío. Muchas veces, la razón por la que nos sentimos inseguros es porque comparamos nuestra situación privada con la imagen que dan los otros públicamente. Escuchamos el ruido exterior en lugar de nuestra propia voz, así que dejar de compararte! Ignora las distracciones; escucha tu propia voz interior (todos tenemos una, lo juro). Ocúpate de tus propios asuntos. 

Mantén tus deseos más queridos y tus objetivos más grandes cerca de tu corazón y dedícales tiempo cada día. No tengas miedo de andar solo, y no te asustes si lo disfrutas. No dejes que la ignorancia, amor por el drama o la negatividad de cualquier otro te impidan ser la mejor y más feliz versión de ti mismo cada día. Haz en todo momento lo que tú sabes de corazón que es lo correcto y adecuado para TI. Porque cuando nos enfocamos en un trabajo significativo para nosotros y estamos en línea con nosotros mismos, nada ni nadie puede hacerte temblar o asustarte. 

Y cuando digo trabajo significativo me estoy refiriendo a cualquier actividad, mental física o espiritual, que te sirva de apoyo, alegría, te de seguridad y acabe por convencerte no solo de que tus sueños son posibles sino de que mereces que se te cumplan. No dejes que otro estropee eso. ¿No buscamos el tener control sobre nuestra vida como posesos? Pues esa es la única manera: controlándola nosotros, no dejando que la opinión de cualquier otro te haga vacilar (incluídos cónyuges egoístas, padres exigentes, hijos adolescentes, jefes impacientes o gatos malhumorados). Está muy bien pedir opinión si deseas tener otro punto de vista sobre algo concrto, pero no tienes obligación de seguirla solo por haberla pedido.

BUSCAR LA APROBACIÓN DE LOS DEMÁS y tu validación a través de ellos es un trabajo de amor perdido. Nunca conseguirás que el resto del mundo, todos a una, piense que eres la octava maravilla ni el no va más. Cada uno tiene sus propósitos, por fortuna, y los tuyos les importan cero, también por fortuna. Otros lo han intentado, incluso han muerto intentándolo. Sin resultado.

Cuando tú estás contento siendo simplemente tú mismo, sin comparaciones ni competiciones con otros para impresionarlos o impresionarte a ti mismo, todo el mundo te respeta. Y más importante aún: te respetas tú mismo que, al fin y al cabo, es lo que importa.

¿De qué forma dejas que los otros te definan? ¿Que harías de forma diferente si supieras que nadie te juzgaría nunca, bajo ninguna circunstancia ni apariencia?

La realidad es que nadie tiene el derecho a juzgarte. La gente puede oír tus historias, puede pensar lo que quiera, tener las fantasías que prefieran respecto a ti, pero ni están en tu cabeza ni en tu corazón, así que no tienen todos los datos para opinar. No dejes que lo hagan, no dejes que lo que ellos crean de ti sea tu verdad porque no lo es bajo ninguna circunstancia. Sólo tu sabes lo que hay dentro de verdad, solo tú conoces tus sueños y los motivos por los que esos sueños se convirtieron en tuyos. Respétalos y no dejes que otros los pisoteen con un comentario descuidado o en un momento de mala uva, por una rabia que no es tuya. Ellos no están viviendo tu vida.

Céntrate y enfócate en cómo te sientes en cada momento y respeta esos sentimientos sin luchar contra ellos. Si los dejas en paz, se irán; si les haces la guerra, crecerán. Todo aquello en lo que piensas se hace más grande, así que es mejor que decidamos en cada momento qué es lo que queremos que crezca en nuestra vida.

Céntrate y sigue andando por el camino que mejor se adapte a tus pies. No hay nada como eso.

Ahora es tu turno:

¿Que NO deberías hacer si tuvieras el deseo desesperado de ser feliz?

domingo, 22 de junio de 2014

Pasiones desatadas: Culinaria


¿Alguna vez has servido o te han servido un plato donde las cebollas,
en tu opinión, podrían o deberían haberse cortado de otra manera?
Julian Barnes, El perfeccionista en la cocina


—¿Qué hay de comer?
Cada mañana, el primero de la familia que se tropezaba conmigo lanzaba esa pregunta con tono esperanzado…. ¿de qué? No entendía que a esas alturas, todavía dudasen de la respuesta. Cada mañana me levantaba contenta, y cada mañana esa pregunta me estropeaba el día.  Aún así, con calma le contestaba al incauto:
—Solomillo con patatas.
No protestaban, pero se les quedaba cara de: “¿Otra vez?”. Creo que a los dos meses de habernos quitado de encima a Victoria todos la echábamos terriblemente de menos. Y todos hubiéramos aguantado sin protestar otros cien años de robos, yo la primera.
Aburrida, decidí que tenía que haber más comidas en el mundo que el solomillo con patatas. De hecho, casi nunca me ponían eso de comer en casas ajenas. Y habría platos, con toda seguridad, que podría hacer yo sin temor al envenenamiento familiar masivo.
Como amo los atajos por la inmediatez de los resultados, empecé la casa por la buhardilla. A lo grande y en directa: dando cenas multitudinarias. La excusa podía ser cualquiera, y con tanto invitado mis experimentos pasaron por lo que no eran: cocina seria aunque “ecléctica” (¿existiría entonces esa palabra?).
Con absoluta falta de discernimiento apelotonaba en el salón de la casa familiar a todo tipo de animal social conocido de mi padre y resto de familia. Para mí el hecho de que los invitados no se conocieran entre ellos no era un problema; así se conocerían. Dicho y hecho.
Esas primeras veces,  de pie y con un plato lleno de comida variada en color y salsas en la mano,  un director de cine terminaba hablando de política con el Secretario de Comercio de Puerto Rico; un médico pionero en medicina nuclear y su novia azafata charlaban amigablemente con un amigo de la infancia de mi padre (muy querido y sin oficio que conociéramos);  un millonario de Albacete que conocía Nueva York por las esquinas que ocupan los grandes bancos en lugar de por sus calles piropeaba sin reparo a mi amiga Paloma mientras su  marido químico vigilaba con atención todo el proceso; mi novio opositor  escuchaba con una oreja al multimillonario de Albacete y con la otra a mi padre, y mis amigas del cole hablaban de moda ante unos amigos de mi hermano mayor que desconocían aún ese mundo misterioso de los trapos y la importancia que tiene en la vida de las mujeres (y que en su día la tendrían en sus presupuestos familiares).
Era la situación ideal para mi aprendizaje ya que era durante los momentos más acalorados de las conversaciones cuando, triunfante, colaba yo en la fista los resultados de mis cocineos primerizos: solomillo de cerdo en salsa de nata; arroz pilaf (exótica receta tunecina, creo recordar, de mi amiga Cristina; mucho más tarde me enteré de que pilaf significaba lo mismo que arroz); ensaladilla rusa (insistiendo en ella a pesar de que mis hermanos me rogaban que no hiciese más) y tomates troceados con aceite del bueno y sal gorda (se había puesto de moda y sustituía, en toda fiesta que se preciase, a la sal de toda la vida).
Cortaba pan de varios colores (empezaban a encontrarse panes integrales), le metía unos colines y triángulos de Bimbo tostados y —con mucho arte, eso sí— lo colocaba estratégicamente en la mesa enmantelada de encaje blanco, entre solomillos nadadores en nata, ensaladilla rusa llena de guisantes húmedos sobre lecho de lechuga, el arroz pilaf espolvoreado de pistachos rotos (¡qué difícil era encontrar pistachos entonces, por diosssss) y algún que otro platillo a rebosar de chorizo de cantimpalo, salchichón granaíno y… ¡tacháaaaaaannnn!... morcilla frita con tomate, que nos encantaba a toda la familia aunque fuera una ordinariez hacerlo público de esa manera.
La cosa se me fue de las manos pues, contra todo pronóstico, los invitados lo pasaban bomba y se despedían felicitándome por la cena, “todo riquísimo, se nota que tu madre te enseñó bien a cocinar; era una maestra” y comentando mi acierto al haber juntado a tan dispares personajes. Y todos expresaban su deseo de que “aquello se repitiera pronto”...
En fin, que no tuve más remedio que emplearme a fondo y al final, por amor propio, acabé interesándome por el asunto de dar de comer bien a la gente especializándome en esas cenas multitudinarias, todos de pie e incomodísimos, pero tan contentos.  La consecuencia ¿lógica? de aquello es que, todavía hoy, si me dejo llevar cocino para cien. No le he cogido el punto a cocinar para tres, o dos, y no digamos para uno…  Así que mi congelador revienta.
Me parece que cocinar para uno o para dos no es cocinar; son cantidades de juguete para muñecas. Y a mí ni de pequeña me gustó  jugar a eso; por dios bendito,  esas Nancys de prieta carne rosa, con los dedos de los pies unidos como palmípedos; esas melenas brillantes de cobre dorado, siempre despeinadas y siempre con enredones en las que no se podía hincar un peine…  ¿Y esos brazos y piernas rígidos que hacían imposible meterles el vestido  de plumeti o los pantaloncitos veraniegos de piqué? Prefería las chapas y patinar.
Lenta y dolorosamente, aprendí a cocinar. Lenta y dolorosamente también me fui haciendo con mis libros de cocina. El primero que tuve mío fue un regalo por mi cumpleaños, no recuerdo quién me lo hizo: el libro negro de cocina de la Sección Femenina, que todavía se consideraba el summum de la economía doméstica y que toda ama de casa que se preciase debía tener. Con ese bodegón pequeño y gritón sobre fondo negro más parecía un bolsito de playa que un recetario. Sus menús organizados por días y semanas para todo el año, sus listas de la compra según temporada, cortes de la vaca y el cerdo, instrucciones para desplumar un pollo o arrancarle limpiamente la piel a una lengua hacía tambalear mi propósito peligrosamente.
Empecé a comprármelos yo: primero compraba todo libro de recetas que llevase en su título las palabras “fácil” y/o “rápida”; el siguiente paso fue comprar libros por temas concretos: carnes, pescados, patatas, legumbres, etc.
No tardé mucho en convertirme en una “cocinera atrevida” y muy pronto ya nada me echaba para atrás. Mi entusiasmo superaba con creces mi arte… y mi presupuesto.
De esta aventura de hacerme con los primeros ejemplares de mi colección sobre culinaria aprendí tres cosas:
  • Es más difícil comprar un pescado que cocinarlo, al menos para mí. Los ojos de todos ellos siempre estaban brillantes en la pescadería (dato fundamental a tener en cuenta), aunque luego, al llegar a casa, ese pescado huela a huevos podridos.
  • Hay cosas que, por mucho que nos empeñemos, no seremos capaces de comer, o de guisar, o de ninguna de las dos cosas. Yo, por ejemplo,  ni abro ni como ostras crudas: me parecen un moco gigantesco. Palpitante. Insalubre. Saladísimo. Marítimo a más no poder. Pero las he comido sin hacerle ascos en Estados Unidos empanadas y fritas y metidas luego en un bocadillo rebosante de mayonesa, lechuga, tomate y cilantro…  Mi madre se negaba a asar un cochinillo porque le parecía que estaba asando un niño; pero si lo cocinaba otro y lo hacía bien, sí lo comía. Las tres hijas de mi madre manejamos las carnes picadas, el pollo y el pescado crudos con guantes de látex; es superior a nuestras fuerzas hacerlo a pelo.  Pero luego nos comemos los resultados de todo ello sin reparo. Incluso comemos el pescado en sashimi o tartar —y nos gusta muchísimo— aunque no hayamos podido montarlo sin guantes. Paradojas que tiene esta pasión.
  • Los libros de cocina, especialmente los “antiguos” y los muy modernos con bellísimas fotos, son inexactos en muchísimas áreas: tiempos de cocción, cantidades de ajo o cebolla, o intensidad del fuego a lo largo del proceso. Por no hablar de las temperaturas del horno, cada uno de su padre y de su madre (desbarrantes por completo cuando el horno es viejo). En especial las recetas de Martha Stewart en su revista Living (que me encanta por lo preciosísima y las guardo como oro en paño).

De todos los libros que tengo he de decir que los únicos, los únicos que de verdad puedes seguir al dedillo sin temor a que te salga algo diferente a lo prometido son el universal 1080 recetas de cocina, de Simone Ortega y el último regalo de cumpleaños de mi hija mayor, el Ard Bia cook book, libro de cocina en que la propietaria del restaurante irlandés Ard Bia (en Galway, pegado al Spanish Arch) escribe y explica con toda claridad y exactitud todas y cada una de las recetas que allí se sirven a diario. El resto de mis libros parecen contener variadas cantidades de creatividad personal del autor sin testar que hacen que tengas que poner tú una parte importante de cálculo e imaginación para que salga algo cercano al título de la receta (porque esa es otra: el momento de emplatar para fotos profesionales se parece cero a lo que consigues tú en tu casa).
 Es por eso que cuando de verdad me apasioné por la cocina fue cuando ya no necesitaba seguir la receta al dedillo porque muchas las había tenido que completar/alterar/rematar yo. Esa fue la gran revelación de mi camino a la cocina: que cualquier cosa, sea la que sea, la puedes hacer a tu manera. Y empecé a desobedecer todas la reglas con rotundo éxito… en lo salado. Pero los postres y meriendas nunca los conseguía. Mis intentos reposteros siempre achicaban y desdecían mi cada vez más grande arte culinario. Y eso me daba una rabia…
Porque, claro, con ese sistema de alterar cantidades y sustituir productos “a mi aire” no me suben bizcochos ni madalenas; los suflés no me obedecen y las pavlovas me odian. 
Así que corté por lo sano: fuera de mi vida y de mis planes de cenas bizcochos, merengues y cualquier otra cosa susceptible de no subir, caer, hundirse en el centro o autogenerar tanta burbuja de aire que se quede tiesa antes de tiempo manteniéndose a la vez, de forma inexplicable, cruda. Mis postres se limitaban a fruta natural o en almíbar (esta última escurrida y adornada con grandes gusanos serpenteantes de chantilly, como había visto en los restaurantes caros)
Pero la vida es generosa y, en sustitución de esas tartas y merengues me desveló una posibilidad que nunca se me había ocurrido: los helados caseros. Y no los había tenido antes en cuenta porque me da miedo, de toda la vida, lo que le puede hacer a mi organismo el huevo crudo y/o a mis caderas la nata agria.
Pero ahora, gracias a mi perseverancia en la búsqueda de nuevos horizontes culinarios y a Internet, he descubierto la leche de coco. Esa cosa que hasta hace nada era tan malísima para la salud y que resulta que ahora es lo mejor que puedas tomar de todo lo que tengas para elegir. Mi instinto ahora me dice que puedo hacer helados, sí,  pero sigue insistiendo en que mantenga los huevos crudos, sean enteros o no, lejos de mis cocinares.

Buscando, buscando, di con una jovencita inglesa , Aimée Ryan, que resultó ser una auténtica maestra repostera. A través de su delicioso blog www.wallflowergirl.co.uk he conocido y me he enamorado de su libro Coconut Milk Ice Cream y de todo lo que este libro contiene. 
Por supuesto, me lo compré de inmediato. Y admirada me entero de que ella es no solo la creadora de sus recetas sino también la fotógrafa de las mismas (magníficas fotos, por cierto, a todo color).
Todos los helados en el libro son creaciones suyas y están hechos con base de leche de coco en lugar de huevos y/o nata, por lo que —según los últimos estudios científicos sobre grasas— todos ellos son de lo más saludables y pueden tomarlos tanto vegetarianos puros (no llevan nada de grasa animal), celíacos (cero gluten) como el resto:  los que podemos con todo. La autora aconseja comprar una máquina de las que hacen helados (¿heladoras, heladeras?) para facilitarnos la vida, pero aún así explica con claridad la forma de hacerlos sin ella. De momento, no la voy a comprar; ya no cabemos más en la cocina.
Y así es como este nuevo paso en mi camino a la cocina ha aumentado, un poco más si cabe, el placer que me produce juntar, mezclar, batir y amasar para luego comer (o que coman otros) y abre nuevos horizontes con los que nunca me atreví a soñar antes. :)



NOTA: Me gustaría aclarar que ni la Sección Femenina ni Inés Ortega ni Wlaflowergirl me pagan por hacerles publicidad; y nunca me han invitado a comer en el restaurante Ard Bia… Pero las pasiones son asín de generosas (aunque objetivas). Ains.

sábado, 14 de junio de 2014

Pasiones: ¿Cooking es una ciudad china?

Y de la cocina cabía decir lo mismo que del sexo, la religión y la política; cuando empecé a averiguar cosas por mi cuenta, era demasiado tarde para preguntar a mis padres.

Julian Barnes, El perfeccionista en la cocina

También amo la cocina, y la amo física, metafísica y literalmente; la amo casi tanto como leer. La amo un poco menos que a mis hijas.
La amo, sin templanza, como concepto y espacio físico, como actividad pecaminosa y festiva, como afán íntimo desplegado a solas y como actividad lúdica y pública: yo cocino mientras mis amigos miran. La amo en los fogones y fuera de ellos, en forma de libro o revista, en forma de lustrosa receta arrancada de tremenda revista, o como pobre receta olvidada, arrugada y vuelta a encontrar. Y la practico con cualquier excusa y sin ella.

Me apasiona cortar, moler, mezclar, amasar, rallar y picar cualquier cosa tierna o crujiente que, mezclada de nuevo con otras, se pueda luego comer. Cocino a lo loco y sin medir, sin saber si tengo los ingredientes necesarios, pues todo lo que falte lo suplirá en el momento justo mi lujuriosa pasión. Cocino por impulsos eléctricos incontrolables, como dice mi hija mayor de casi todo lo que hago. Cocino sin saber qué va a salir y cocino siempre sin ser consciente de que empiezo a cocinar ni de que ya terminé de hacerlo.

Hago cursos de panes especiales, de técnicas orientales de salteado o técnicas francesas de pochado. Busco y pruebo ingredientes desconocidos, de esos de los que nunca antes había oído hablar. Mi colección de libros y y revistas de cocina es muy parecida, en cantidad y calidad, a mi colección de libros “normales”. Los acaricio y contemplo arrobada sus tapas, los leo luego embelesada, como si de novelas se tratasen, a la expectativa de descubrir una nueva pista; con el corazón en un puño y la esperanza de que algo nuevo —sea bueno o no— se me revele; estudio al personaje e imagino su ser, su vida, su rutina diaria, sus gustos, su alma y su pasión. Con rastros de harina y manchas de aceite los hago míos cada vez.

Por fortuna, no soy perfeccionista en la cocina y al placer que me produce desatar esta pasión se añade la alegría infinita que da la absoluta ausencia de culpa, casi siempre presente cuando leo a todo meter y sin descanso, o cuando sin descanso evito el escribir.

Pero mi amor por la cocina no fue siempre así de grande ni me dió felicidad...

* * *

Mi madre era una gran cocinera y sus tres hijas lo somos también, a más de uno de sus dos hijos varones.

Quizás, siendo la mayor, lo lógico habría sido saber cocinar “de siempre”, haberme pasado horas a su lado mientras mi madre le pinchaba Duque de Alba a un pavo desplumado, hacía conserva de moras para futuras tartas de invierno o troceaba tomates de su huerto. Pero no lo hice; no tuve por entonces el interés ni la paciencia de aprender el arte de los fogones, me parecía cosa a la que no le había llegado el momento en mi vida. Y supongo que mi madre, creyendo lo mismo, tampoco me empujó a ello.

Y cuando murió, de forma inesperada, me quedé al cargo de la logística de la casa, joven y soltera aún, con cuatro hermanos por debajo, un padre por encima y, enfrente, dos mucamas filipinas que esperaban órdenes que yo no sabía dar. Pero a los veinticinco años era tan inconsciente y eléctrica como a los doce y a los cuarenta así que decidí encargarme yo misma de los comeres familiares.


Tuve a la familia sometida durante casi un año a una severísima dieta diaria de patatas fritas [las hacía a montones] con solomillo de ternera [la única parte de la vaca que: 1) sabía comprar y 2) sabía que era buena carne], antes de que mi padre tomara delicadamente cartas en el asunto: se compró una olla electro-magnética (sea eso lo que sea) que cocinaba sola (gastando durante horas unas cantidades vergonzosas de electricidad). Los demás teníamos prohibido tocarla, a pesar de que era muy sencilla de utilizar: únicamente tenías que dejarla tranquila y no destaparla hasta que se encendiera la luz verde (unas cinco horas de cocción). Con este gesto mi padre ”echaba una mano en casa”.

Decidió estrenarse con unas lentejas (le apasionan) y a mí no me pareció mal; y quedamos en que al día siguiente él hacía la comida…

A las 9 de la mañana del día D, a punto de estrenar la olla mágica —¡qué nervios!—, estábamos él y yo ante el infernal aparatejo observándolo con reverencial temor cuando mi padre me tanteó: 

—Además del chorizo y las patatas que me como y veo, ¿qué llevan las lentejas que no veo?

Intenté adivinar. No me venía nada a la cabeza, así que eché a volar mi imaginación y, cruzándola con mi muy particular lógica, apelotoné ingredientes que me sonaban a “guiso casero" con otros que me gustaban mucho.

—Pues… Cebolla, ajo, aceite, pimiento, tomate, avecrem, chorizo, beicon, jamón creo que serrano. Y laurel, pimienta negra, guindilla, supongo. Ah, y un chorro de vinagre. Creo.

Me miró con suspicacia y pareció tomar una decisión: haría las lentejas a su manera. Un poco más sanas, con menos grasa.

La imaginación y la creatividad de mi padre siempre dejó cortísima la de sus cinco hijos juntos, y la usaba para todo: para inventar juegos de palabras y evitar que nos aburriéramos durante los interminables viajes a Almería —¡Dios mío, ese Despeñaperros!—, cómo arreglar un desgarrón en su pantalón de vestir favorito —esos escudos bordados autoadhesivos de las chaquetas escolares reforzados con superglú, por diosssss. Y a partir de aquel día la usó para cocinar.

Creó en un momento la que sería su receta estrella: Lentejas guisadas con mejillones en escabeche de lata (con su juguillo y todo). 

Yo no sé qué sintieron mis hermanos en el momento de sentarse a la mesa y ver trozos de algo naranja flotando entre el pimiento y el jamón, pero yo pensé: “Hoy no comemos”.

Para mi sorpresa, la de mis hermanos y la del propio autor del plato, estaban buenísimas. Chocantes, impactantes pero buenísimas. En el instante en que mi padre se vió aclamado [también] en su faceta cocineril, comenzó lentamente a perder su interés por la cocina.

Finalmente, ni tú ni yo: contratamos una cocinera —española— que nos robó todo lo que quiso pero que nos dio de comer estupendamente hasta su último día en nuestra casa. Mi padre entonces volvió a dedicar todas sus horas a su despacho y a rematar nuestra crianza y yo volví a lo que me gustaba de verdad: la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, aunque sin quitarle ojo al tema de la cocina. Más por culpa que por interés, empecé lentamente a fijarme en lo que hacía Victoria, nuestra nueva y flamante cocinera.

Después de un año y medio de darnos de comer a lo casero, robarnos mil litros de aceite y cuarenta toneladas de solomillo de ternera de Ávila, despedí a Victoria como pude y mejor supe (casi pidiendo perdón, qué mal rato para una jovencita). No sin antes haber aprendido a hacer una ensalada campera y alguna que otra cosa más.

Decidí volver a intentarlo, lo de hacerme cargo de la nutrición familiar, digo. Pero seguía sin ocurrírseme nada aparte de solomillo (ahora ya en versión ternera, buey y cerdo) con patatas fritas (a veces a lo pobre), lo que resultaba un problema pues a mi padre le había subido el ácido úrico a mil y le restringieron la carne como si se fuera a morir al solomillo siguiente.

Tenía que pensar algo, y rápido...

:-D


RECETA PATERNAL DE LENTEJAS CON MEJILLONES

1 kg de lentejas (lo juro)
2 cebollas grandes en dos trozos
5 ajos sin pelar
3 tomates cortados en trocitos
3 pimientos verdes
3 zanahorias
1 chorizo de cantimpalo
Béicon al gusto
2 latas grandes de mejillones en escabeche
Jamón serrano al gusto
Laurel, sal, pimentón picante
½ vasito de aceite de oliva virgen, chorretón de vinagre (del corriente)

Poner todos los ingredientes, menos los mejillones, en una olla (grande, que luego crece todo), cubrir de agua (como cuatro dedos por encima de los ingredientes). Cocer a fuego lento cuatro horas. Añadir los mejillones con su jugo y cocer otra hora más.


domingo, 8 de junio de 2014

Repetimos: el optimismo se puede reaprender.

El pesimismo paraliza y conduce a la debilidad,
el optimismo fortalece y conduce al poder.
William James


Antes de salir nos ponemos los rulos (o nos abrasamos el pelo con las planchas), nos ponemos los pantalones o la falda que mejor nos sientan (o eso creemos), nos coloreamos la cara para tener mejor aspecto, nos aseguramos de que nuestras uñas y nuestros zapatos estén limpios, respiramos hondo pensando en el día que tenemos por delante y nos decimos: “Vamos allá”, con una especie de temorcillo puto que nos encoge el estómago lo justo. Lo justo para permitirnos enfrentar el día como mejor podamos pero no lo suficiente para salir de casa reventones camino de esa reunión o esos tomates (que no saben a nada en Madrid desde hace ya décadas) decididos a hacernos con todo.

Pero lo importante de verdad no nos lo ponemos para salir. En realidad, no nos lo ponemos casi nunca

No caemos en que más importante que el maquillaje, los zapatos limpios o llevar el pelo impecable es ponernos nuestro optimismo. Nos olvidamos de buscarlo (porque está ahí, sin duda) y calzárnoslo antes de empezar nuestra rutina, enfrentar esa reunión de la que depende un trabajo o, simplemente, ir a la compra a por unos tomates que sepan a algo.

De que algo salga mal o bien siempre hay un cincuenta por ciento de posibilidades. ¿Por qué tirarnos al cincuenta por ciento que nos paraliza, nos encoge el estómago o nos impide disfrutar de esa reunión o esa visita a los puestos del mercado?

El optimismo es nuestro y lo hemos olvidado. Pero podemos recordarlo o incluso volver a aprenderlo. ¿Qué perdemos? Con una actitud relajada y expectante, nuestras posibilidades de que la cosa salga bien, o al menos no salga mal, aumentan en un 85%. ¿Qué, al final, no sale la cosa exactamente como deseábamos? Pues a otra cosa mariposa. Eso no ha salido a nuestro gusto hoy, pero puede salir mañana —o pasado, o el mes que viene— con la actitud adecuada: saber que llegará; que eso es nuestro y que lo único que tenemos que hacer es saber que llegará y seguir en nuestros asuntos haciendo lo que tengamos que hacer mientras llega.

La mala noticia, como ya anticipé tiempo atrás, es que es un trabajo de toda la vida...

Pero al igual que un día, hace ya mucho tiempo, nos habituamos a ver por adelantado el lado oscuro de las cosas :-D, podemos hoy elegir lo contrario y habituarnos a lo bueno. Puede que nos cueste algún tiempo y esfuerzo —es un trabajo de cada día, lo siento—, y es posible que sintamos en ocasiones la tentación de volver al camino viejo y cómodo (aunque puto). No lo hagas.

Lo importante en esos momentos es ser conscientes de esa tentación y resistirnos a ella. No seguir por el camino conocido, cómodo y oscuro tiene su recompensa: un día, en un momento dado, caemos en la cuenta de que hemos trillado una nueva vía de tanto pasar por ella. Una nueva vía que ahora nos lleva, sin esfuerzo, por ese otro cincuenta por ciento luminoso de nuestras posibilidades y expectativas. Y ese es el objetivo: crear día a día una nueva pista por la que deslizarnos sin esfuerzo. Ese es el camino que nos conviene.

Porque recuerda: pertenecemos a una especie cuyas cualidades principales son el coraje, el gusto y la curiosidad por tomar riesgos, el amor por aprender cosas nuevas, por probar nuevos sabores, por superar miedos (realmente infundados) con un valor que no sabíamos que era nuestro y porque intuimos que la empatía importante de verdad la tenemos que tener, ante todo, con nosotros mismos. ¿Llamarías tonto de remate o hijoputa a un amigo que ha fallado en un primer intento de algo importante para él? ¿O lo animarías a que siguiera una y otra vez, asegurándole que lo conseguiría?

Siempre, siempre, eliges tú... ¡Qué buena noticia! ¿Qué vas a hacer con ella? :-D

Te deseo una feliz y optimista semana de exámenes finales, bodas y comuniones, todo ello propio de junio. Inevitablemente. :-D