domingo, 5 de julio de 2015

¿Puede hacernos infelices la búsqueda de la felicidad? (II)


--La que quiere presumir tiene que sufrir --sentenciaba mi abuela Blasa mientras yo berreaba y ella me daba tirones horripilantes con el peine--. ¿Lo ves? Estás mucho más guapa con las trenzas bien hechas que con pelajos.

A veces me amenazaba con cortarme el pelo al rape y yo lloraba más sentidamente aún. No por que pudiese cumplir un día la amenaza sino porque no la cumplía nunca. Impotente, le increpaba:

--Además, ¡¡no sé lo que es un rape!! --ella se echaba a reír y yo lloraba más.

Pasar por todo el proceso de desenredo y trenzado de mi pelo --que odiaba, y que mi padre no dejaba que nos cortasen a las chicas de la familia--, me decidió a ser chico.Con mi primer sueldo, me corté el pelo. Estaba horrible, sí; pero se acabó la pesadilla. Mi padre estuvo una semana sin hablarme, pero valió la pena.

¿Es necesario pasar por la infelicidad para llegar a la felicidad? Pues depende. Si eres consciente de lo infeliz que eres o si, simplemente, quieres ser más feliz de lo que ya eres, tienes que ponerte las pilas. Es una decisión que se toma... o que no se toma. Y la mayoría de las decisiones no requieren una profundísima investigación, aunque somos muy aficionados a no hacer nada hasta sentirnos exhaustos por darle vueltas al (cualquier) asunto y, al final, tomamos la decisión en un golpe de rabia, desesperación o impaciencia. Con las consecuencias que todos conocemos.

Es mejor darle al asunto una vuelta sin implicarnos emocionalmente con el resultado, intentando recopilar todos los datos y, tranquilamente, tomar la decisión que mejor pinta tenga. Porque, queridos, los datos no cambian por muchas más vueltas que les des. Y eso es un secreto que descubrí no hace mucho.

Se aprende a cantar cantando; se aprende a nadar nadando; y se aprende a ser feliz siendo feliz. 

Se feliz, como cualquier otra habilidad, lo que requiere es práctica. Aunque sea incompetente y torpe en el resto de las modalidades de vida que no me interesan, mi pericia con la felicidad será resultado exclusivamente de haber entrenado con regularidad durante un periodo prolongado de tiempo, a ser posible toda la vida.

Durante el período de entrenamiento claro que tendré, y ya he tenido, segmentos temporales en los que el fastidio, la incompetencia (mía o de otros), la frustración, la tentación de abandonar el objetivo y la impaciencia por la tardía llegada a la meta me hacen infeliz. Pero he descubierto que sólo me siento infeliz si en esos momentos caigo en la cuenta de ello; mientras he llegado a ese punto he estado a lo mío, es decir: intentando ser feliz y eso ya me hace un poquito más feliz. No me gusta hacer camas, no me gusta fregotear con lejía ni empaquetar ropa y libros con los que no sé qué hacer, no me gusta limpiar armarios, pero si no pienso en ello "durante" no me siento infeliz. Y cuando acabo y contemplo mi obra, la Nueva Rosa Ordenada se siente feliz como una perdiz. Encima, el orgullo por la tarea bien hecha es una experiencia relativamente nueva para mí ya que soy por naturaleza --o hábito-- bastante chapuzas y amiga de los atajos. Un puntazo más.

¿El inconveniente? Pues que normalmente no sabemos (solo lo imaginamos cuando lo vemos en otro) lo que realmente nos hace felices y enseguida se nos acaban las opciones.

¿La solución? Llevar a cabo un estudio serio y completo de lo que te hace feliz y no dejarte engañar por lo que crees que te hará feliz. Porque gran parte de las cosas/experiencias/personas que creemos que nos harán felices no lo hacen; para averiguarlo el sistema mejor es el clásico: prueba y error. Y es gratis.

Por ejemplo, recuerdo que hace unos años fui por primera vez a ver bailar flamenco a mi hermana pequeña al festival de fin de curso de la escuela de Beatriz González Barroso. Cuando contemplé el espectáculo inenarrable de todas aquellas elegantes mujeres zapateando con una mano levantando su falda de volantes y la otra en alto supe sin ninguna duda de que yo sería feliz si supiera zapatear así. Mi madre siempre decía que yo era una andaluza descastáh; le demostraría que no llevaba razón.

Tardé un año en animarme a ir a la clase de Beatriz. Y duré un trimestre. Porque sí es cierto que me haría muy feliz saber zapatear de aquellas maneras pero las cualidades de trabajo físico, empeño y perseverancia que requiere aprender a hacerlo no son mías. Lamentablemente. En realidad, descubrí, lo que me haría feliz sería levantarme una mañana y, por arte de birlibirloque, saber ya zapatear como mi hermana.

Y como la mayoría de las cosas no funcionan por el birlibirloque, sigo en la búsqueda de la minoría que sí lo hacen. Algunas no me satisfacen. Otras sí.

Cocinar, escribir, ser madre, hacer un buen jabón de glicerina, andar con mi grupo de martes y jueves, acudir a mis talleres de lectura y escritura, enseñar desbloqueo creativo a quien lo necesite y quiera y, más recientemente, ordenar mi casa y la Astronomía, son las cosas que, de momento y por el birlibirloque, sí me salen bien y me aferro a ellas porque me producen una felicidad (a veces a tropezones) que nunca falla.

Cuando mis hijas iban al colegio me espantaba oír a las madres contar todas las actividades extraescolares a las que sometían a sus hijos y así mismas por la fuerza. En aquella época estaban de moda el kárate, el ballet, la gimnasia rítmica, la pintura y el futbito. Luego, las sensatas: el kúmon (que no me enteré muy bien de lo que era; con ese nombre ni loca las llevaría), el inglés (ese era importante para mí), música (mi asignatura pendiente), modelado en barro (que influía no sé como en la psicomotricidad) y otras por el estilo. Había tanta variedad que me mareaba cuando intentaba decidir. Y la perspectiva de cruzarme medio Madrid lunes, miércoles y viernes por la tarde para que mis hijas aprendieran guitarra o esgrima me ponía los pelos de punta.

Mi sensata pereza se impuso: Podéis elegir dos actividades, pero una tiene que ser física y otra intelectual (presioné para que fuera inglés), pero tenéis que durar un mes completo en las que queráis probar, les dije. ¡Ah! Y tienen que ser actividades de las que hay en el colegio a la hora de la comida, que tenéis que tener tiempo para jugar.

Y así lo hicimos. Tan ricamente.

He descubierto que, por regla general, acabas siendo excelente en aquello que te atrae mucho, aquello por lo que te inclinas de forma natural. No nacemos expertos en ello pero creo que el hecho de que algo te guste mucho es una pista importante por donde empezar. Y si, además, luego te puedes dedicar profesionalmente a ello, otra ventaja más. Una de mis hijas se aficionó a los idiomas y hoy es Intérprete y Traductora jurada que escribe y habla la mar de bien lenguas variadas, y además da clases de lo suyo en un máster universitario. 

Aunque a veces esa pista resulte falsa. Como la del zapateao en mi caso. O mi otra hija, que se aficionó a la gimnasia rítmica y... hizo Bellas Artes. Pero esas son paradojas de la vida.

La vida misma.

domingo, 28 de junio de 2015

Haz algo


Cuando estoy preocupada, triste, desorientada o rabiosa necesito ponerme medallas, y para ello siempre acudo a mi fórmula mágica.

Es una fórmula que te saca del oscurantismo momentáneo en un pis pas. Es una fórmula sabia, sensata y eficaz como no conozco otra. No das un salto cuántico de la sensación de vacío a la alegría infinita y duradera (eso no existe) pero es el primer paso. El primer paso y el definitivo.

Dice un principio hermético que "Arriba es como abajo; afuera es como adentro" (pasaré de puntillas por la sintaxis del hermetismo). Digo yo que será un principio también reversible: si cambio el abajo y el adentro, cambiaré el arriba y el afuera.

Es, además, una fórmula muy sencilla de empezar a practicar y, una vez coges carrerilla, te viene a la cabeza cuando necesitas moverte en alguna dirección y no sabes por dónde meter el pie.

Reza así:

Haz hoy algo por ti
Haz hoy algo por tu casa
Haz hoy algo por otro


No tengo ganas ni inspiración para escribir hoy sobre la felicidad así que haré algo más práctico que desarrollar o estudiar teorías. Haré algo por mí, haré algo por mi casa (¿ordenar el milésimo armario?) y haré algo por otro; posiblemente por mis hijas, que son muy agradecidas. Hoy quiero que alguien me cuelgue unas cuantas medallas y con las niñas, almas generosas, hoy eso lo tengo garantizado.

Buen domingo.
Hazlo AHORA.

domingo, 21 de junio de 2015

¿Puede hacernos infelices la búsqueda de la felicidad? (I)


Pocas cosas parecen tan naturales y prácticas como el deseo de ser feliz. La felicidad es un ingrediente clave de nuestro bienestar por lo que es razonable esperar que fijarnos como objetivo nuestra propia felicidad arrojará resultados positivos y beneficiosos para nosotros, ¿no? 

Entre los expedientes Nouvilas encuentro un estudio titulado "La búsqueda de la felicidad puede hacernos sentir solos", estudio llevado a cabo por investigadores e las universidades de Denver, California en Berkeley, Colorado, la Universidad Hebrea y el Boston College en el que se proponen demostar que, contra toda apariencia, valorar al alza la felicidad propia puede tener consecuencias negativas sorprendentes.

What???

¿Felices pero solos?
¿La causa? Estos investigadores plantean, específicamente, que esto es causado porque el esfuerzo de alcanzar mejoras y beneficios personales puede dañar las conexiones con los otros. Como la felicidad se define habitualmente en términos de sentimientos positivos (beneficio personal) en el contexto occidental, de ahí resultaría que esforzarnos por ser felices podría hacernos sentir solos al concentrarnos en esa nuestra búsqueda.

What???

Al leer la sugerencia que hace el estudio de que cuanto más valor le damos a nuestra felicidad personal más solitarios nos sentiremos en nuestro día a día, me viene a la cabeza la primera pregunta:

¿No es esta afirmación un contrasentido? ¿O es que los investigadores nos toman por tontos?

Si uno de los pilares de la felicidad es nuestra red de relaciones (familiares, sociales, de amistad), y eso todos lo sabemos, digo yo que ya nos guardaremos de aislarnos. A menos, claro, que nuestra felicidad consista en una vida de meditación y retiro; lo cual, si nos da la felicidad, también es perfectamente válido. Por fortuna, hay gente para todo y todos tenemos el derecho inalienable a ser felices.

Sigo con el estudio y veo que los investigadores de este equipo reconocen que esta hipótesis no ha sido todavía demostrada empíricamente (ya me extrañaba). Aún así, el asunto ha picado mi curiosidad y sigo leyendo...

Los investigadores trabajan en este estudio comparando los niveles de sentimientos de soledad de los participantes con los niveles hormonales, concretamente con niveles de progesterona y cortisol. Eligen personas (por cierto, solo mujeres) que hayan tenido una pérdida traumática a lo largo de los seis meses anteriores al estudio. Para evaluar los sentimientos de soledad se valen de autoinformes diarios de los participantes, y para evaluar los niveles hormonales de los mismos se valen de un chicle. Así mismo: les suministran chicles con cero por ciento de azúcar para obtener 5 ml de saliva que recogen en viales estériles de politileno, muestras que son inmediatamente congeladas después de cada sesión.

Los resultados que arroja este primer y brevísimo estudio pareen indicar que el estado de ánimo (state of affect) de los participantes no cuenta a los efectos de sentirse más feliz a la hora de valorar en más o en menos la propia felicidad; pero sí cuentan a la hora de sentirse más o menos solo.

What???

En general, nuestros valores determinan lo que queremos conseguir; lo que, a su vez, nos llevará a trabajar en dirección a esos objetivos.

Por ejemplo, alguien que atribuye un enorme valor a la excelencia académica querrá conseguir las mejores calificaciones para su expediente y ello le llevará a estudiar duro para alcanzarlas (y esa misma disposición le llevará a conseguirlas antes o después). Aplicando la misma lógica, valorar como importante nuestro nivel de felicidad debería dar como resultado una mayor felicidad, ¿no?

Pues un segundo estudio llevado a cabo poco después de éste por prácticamente el mismo equipo, arroja de nuevo dudas sobre los efectos paradójicos de que nuestra felicidad nos importe. Qué empeño, oye...

¿Puede la búsqueda de nuestra felicidad hacernos infelices?

Creo que puede ocurrir esporádicamente, y por espacios concretos de tiempo. Pero esa infelicidad temporal siempre será por un bien mayor (la felicidad tal y como la concebimos cada uno). Por ejemplo, supongo que los deportistas de élite preferirían, como tú y como yo, estar tomando el sol o unas copas en lugar de entrenar ocho horas diarias. ¿La diferencia? Conseguir acceder a un campeonato --y no te digo ya ganarlo-- es su idea de la felicidad, aunque a nosotros nos parezca una locura y, desde luego, no sea nuestro ideal de felicidad.

Y solo la conseguirán entrenando doloridos ocho horas diarias.

Pero, ¿entonces?

sábado, 13 de junio de 2015

¿Existir o ser?, esa es la pregunta

Anna Quindlen


Hacía tiempo --mucho-- que no repasaba los escritos de Anna Quindlen y hace unos días, haciendo limpieza frenética de papeles, me topé con su pequeño A short life to a happy life


No recordaba de qué trataba así que me senté entre un montón de bolsas de basura llenas de borradores, catálogos y mapas y sillones y mesitas atestadas de papeles que intentaba clasificar con poco éxito. Le eché un ojo en diagonal mientras mi mente se aferraba al tema orden de mi despacho.

Sus sensatísimas palabras y su estilo natural, humilde y de pocos aspavientos captaron mi atención y el orden pasó a segundo plano. Por supuesto, la mía es una traducción apresurada de sus palabras y espero que una interpretación certera de las mismas. De cualquier manera, en inglés o en español, este fragmento no tiene desperdicio en referencia al tema que más nos importa: nuestra felicidad.

Disfrutad este manojo de sabias palabras.

"...Pero eres la única persona en el mundo que tiene la custodia de su propia vida. Tu vida excepcional. Toda tu vida. No solo tu vida en un despacho, o tu vida en el autobús, o en el coche o frente al ordenador. No solo la vida de tu mente sino la vida de tu corazón. No solo tu cuenta corriente sino tu alma. 

La gente no habla ya mucho acerca del alma. Es mucho más fácil escribir un currículum que elaborar artesanalmente un espíritu. Pero un currículum es un frío consuelo en una noche de invierno, o cuando estás triste, o roto, o cuando te sientes solo, o cuando te dan los resultados de una radiografía y no son buenas noticias, o cuando el doctor escribe en tu ficha: pronóstico, grave

Este es mi currículum. No es lo que dice mi biografía profesional, a pesar de que estoy orgullosa de ella:

Soy una buena madre de tres hijos buenos.  Nunca ha sido mi intención dejar que mi profesión sea un obstáculo en mi camino como madre. Ya no me considero el centro del universo. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír. 

Soy una buena amiga para mi marido. He intentado que mis votos matrimoniales signifiquen lo que dicen. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír.

Soy una buena amiga para mis amigos y ellos lo son para mi. Sin ellos no tendría nada interesante de lo que hablar con nadie porque sin ellos yo sería un trozo de cartulina en blanco. Pero les llamo por teléfono y quedo con ellos para comer. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír.

En el mejor de los casos, sería mediocre en mi trabajo si todas esas otras cosas no fueran verdad. Nunca podrás ser excelente en tu trabajo si tu trabajo es todo lo que eres. Así que supongo que el mejor consejo que puedo darle a cualquiera es muy simple: consíguete una vida. Una vida real, no una maníaca persecución del próximo ascenso, la mejor paga, la casa más grande. ¿Crees que esas cosas te importarían tanto si una tarde desarrollaras un aneurisma o hubieras encontrado un bulto en tu pecho mientras te duchabas?

Consíguete una vida en la que notes el olor del agua salada impulsándose con la brisa sobre las dunas; una vida en la que te pares y mires como un halcón de cresta roja planea sobre un estanque o un pinar. Consíguete una vida en la que prestes atención al niño que frunce el ceño concentrándose en alcanzar una Oreo del estante de la cocina.

Apaga tu teléfono móvil. O tu teléfono fijo, igual da. Mantente tranquilo. Estate presente.

Consíguete una vida en la que no estés solo. Encuentra gente que te ame y a quien ames. Y recuerda que el amor no es ocio sino trabajo. Cada vez que contemplo mi diploma recuerdo que aún soy estudiante, todavía aprendiendo a diario cómo ser humana. Envía un e-mail. Escribe una carta. Besa a tu madre. Abraza a tu padre.

Consíguete una vida en la que seas generoso. Mira cómo las azaleas crean capullos estrellados de color fucsia a tu alrededor cada primavera; mira la luna llena vestida de plata en un cielo negro durante una noche fría. Y entiende que la vida es gloriosa y que no puedes darla por sentada. Cuida con tanto esmero sus bondades que quieras desplegarla a todo tu alrededor.

Toma el dinero que hubieras gastado en tomarte unas cervezas en el bar y entrégalo a una buena causa. Trabaja como voluntaria en un comedor social. Da clases a un niño de séptimo curso.

Todos nosotros sin excepción queremos hacerlo bien pero si no hacemos también el bien hacerlo bien nunca nos parecerá suficiente.

Exprime hasta el más pequeño momento; vívelo porque, bueno o malo, nunca volverá de forma idéntica.

La vida es corta. Recuerda ésto también. Nos resulta tan fácil malgastar nuestras vidas: nuestros días, nuestras horas, nuestros minutos no disfrutados.

Cuando empieces a vivir de esta manera habrá un antes y un después en cada uno de tus días..."


Ahí es nada.

Sigo con mi orden en casa; ahora mismo ese orden es una parte importante de esa vida que quiero conseguir para mí.

Haré acto de presencia. Escucharé. Intentaré reír. Aunque por el momento un contenedor medio lleno de papeles, a la puerta del jardín, sea el único testigo de ello. Junto conmigo.

Feliz fin de semana. 

sábado, 30 de mayo de 2015

Felcidad y Amistad

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad
Francis Bacon

Encuentro entre los papeles que tan generosamente me regaló la profesora de Psicología Encarna Nouvilas unos que hablan de la amistad y su relación con la felicidad en nuestras vidas. Me pongo con ellos de inmediato, sin revisar el resto (ains, ¿qué me estaré perdiendo esta vez?).

Porque, ¿puede haber algo más interesante que descubrir en qué medida impacta e influye la amistad en nuestro grado de felicidad diaria? ¿Qué tendrá que ver la amistad con la felicidad sostenible?

Siendo la felicidad la suma de la satisfacción global de la propia vida más la presencia de afectos positivos y la ausencia de afectos negativos en ella,  nadie pone en duda la asociación amistad-felicidad. ¿O sí?

Décadas de investigación empírica han demostrado que tener amigos y experimentar relaciones amistosas íntimas y sus consecuencias lógicas (como son, entre otras, el apoyo, las interacciones  estrechas o reírse juntos) auguran mucha felicidad. De hecho, el papel de la amistad en nuestra felicidad se ha venido a llamar en estos estudios  the deep truth ("la profunda verdad").

La asociación entre amistad y felicidad es indiscutible e indiscutida. Todos tenemos amigos, queremos mantenerlos y, aun cuando nos hacen una gran faena, nos cuesta alejarlos de nuestras vidas; por lo general, andamos como locos buscando excusas para perdonar y olvidar. Y nos sentimos felices cuando encontramos una y podemos hacer borrón y cuenta nueva si ese amigo traidor era un buen amigo y un amigo de mucho tiempo. Yo he oído a amigas mías decir que les dolió más romper con un/a amigo/a que con un marido. Nunca he roto con ninguno de tanta importancia en mi vida pero, de ocurrir, estoy segura de que me dolería más que mi divorcio (uy, cuando recuerdo que estuve casada me parece otra vida). 

El roce amistoso y bienintencionado hace el cariño, y ese cariño lleva a la intimidad emocional; borrar eso se nos hace tan cuesta arriba... porque él era nuestro amigo.

Pero ¿qué es la amistad?

"La amistad es una relación cualitativa de interdependencia voluntaria entre dos personas enfocada a facilitar los objetivos socio-emocionales de los participantes y que pueden implicar diversos tipos y grados de compañía, intimidad, afecto y ayuda mutua." (Hays, 1988).

Jo, qué mal suena dicho así, pero así es en realidad. Los participantes en una relación de amistad sincera somos voluntarios sometidos a un objetivo común de facilitar las cosas al otro en la medida de lo que podamos, hacerle reír, escucharle, quererle y charlar de intereses comunes y no comunes a todo meter. Necesitamos comunicarnos con nuestros mejores amigos a todos los niveles y nos sentimos agradecidos de tenerlos en nuestras vidas (aunque pocas veces se lo digamos). ¿Cuántas horas nos tiramos al teléfono con una amiga a la que acabamos de dejar en la puerta de su casa o a la que vamos a ver mañana? ¿Cuántos minutos, si hay alguno, aparcamos la sonrisa durante una conversación con una amiga o amigo íntimos? ¿Cuántas veces ha aguantado con paciencia infinita que rehagas cada día de la última semana el plano de tu nueva cocina y se lo cuentes otra vez? ¡Pero si los buenos amigos, los de verdad, sirven hasta para poder coquetear con ellos sin peligro! 

La calidad y el grado de interdependencia de esta relación diferencia un punto esencial en el grado de "cercanía" (emocional) entre amigos.

Todos, o casi todos, tenemos más de un amigo y el grado o nivel de esa interdependencia, mutua y voluntaria, marca el hecho de lo que llamamos "mejor amigo", "buen amigo" y "es amigo mío". Las investigaciones y sus resultados establecen sin dudas que los humanos tienen relaciones de más alta calidad con un "mejor amigo" que con el resto de sus amistades, sin que este resto deje por ello de ser importante y satisfactorio en nuestra vida. Pero ese mejor amigo mantiene un lugar especial en nuestra red de relaciones amistosas.

Recibir apoyo de un amigo en tiempos de necesidad, bien sea apoyo físico tangible bien apoyo instrumental, y experimentar la intimidad de la amistad verdadera e incondicional tienen el potencial indiscutible de influir --y mucho-- en nuestro bienestar. Igualmente, el simple hecho de pasar un rato con nuestros amigos en tiempos de vino y rosas e implicarnos con ellos en actividades placenteras y/o divertidas, contribuye también a nuestra felicidad (en medida parecida, que no mayor). Y los estudios que existen acerca de este tema dejan claro que esta relación de amistad-felicidad se da no solo con nuestros mejores amigos sino que existe igualmente con los tres grados de amistad que todos los humanos mantenemos (mejor amigo, buen amigo, amigo).

Entre otros aspectos de la amistad cercana, quizás el más importante para ambos componentes de la relación amistosa es la percepción de la importancia que tenemos en la vida del otro.


Esta percepción de nuestra importancia en la vida de nuestro amigo se refiere al sentimiento de que contamos y marcamos una diferencia en la vida de otra persona (o en una comunidad en general, por ejemplo una familia, un grupo de música, de lectura o escritura, un proyecto en el que participamos con amigos), y es un aspecto importante del concepto que tenemos y formamos acerca de nosotros mismos.

Hay muchos trabajos teóricos de investigación que nos sugieren que percibirnos como importantes --o al menos significativos-- para otros es una predicción indiscutible de bienestar psicológico. Para todos sin excepciones, sentirnos importantes en la vida de alguien importante para nosotros es... importante.Apoyando estos estudios teóricos hay numerosas investigaciones empíricas que demuestran que tener importancia en la vida de nuestros importantes está directamente asociado con más altos niveles de autoestima (sea eso finalmente lo que sea), menores niveles de depresión, mejor concepto de nosotros mismos, mayor satisfacción en nuestras relaciones y una mejor percepción del apoyo social que recibimos, del que no siempre somos conscientes porque lo damos por sentado (y sigue de pie).

Si te dieran a elegir ¿qué elegirías: la eterna juventud o una amistad eterna? Porque siendo eternamente joven y bella puedo sentirme sola eternamente pero teniendo un amigo eterno eso nunca ocurrirá; ni siquiera cuando esté arrugada como una pasa.

Creo que, contrariando al filósofo insigne, el divino tesoro es la amistad, no la juventud.

viernes, 15 de mayo de 2015

Experiencias y Felicidad

En lo que mi amiga Paloma llama el terrible cotidiano -terrible por lo repetitivo- experimentamos casi de continuo acontecimientos físicos que, a su vez, desencadenan en nosotros acontecimientos emocionales y psicológicos de tamaño y  peso variado. Si no nos andamos ojo avizor pueden convertirse en automáticos.

Esto no es malo per se. De hecho, esto en en muchos casos una ventaja. Por ejemplo, es una ventaja que respiremos automáticamente, que sonriamos ante una sorpresa; es buenísimo que no tengamos que controlar de forma consciente y personal la circulación de nuestra sangre o la filtración de nuestros riñones, y es fenomenal que no tengamos que recordar mantener una saludable ritmia de nuestro corazón o un sensato crecimiento de las uñas de nuestros pies... 

La Naturaleza es sabia y compasiva, y nos ha facilitado todas estas tareas apartando nuestra consciencia de hechos que no podríamos controlar aunque quisiéramos (por falta de tiempo, más que nada) para que nos sintamos libres de ser, hacer y tener otras cosas mucho más divertidas y menos cotidianas que sí podemos controlar, como comprarnos ese bolso o apuntarnos a una clase particular de botánica en El Escorial.

El automatismo deriva de lo bien que hacemos algo por haberlo hecho muchas veces seguidas, como conducir de casa al trabajo, preparar el desayuno del niño o tender la ropa; actividades que nos permiten, por su automatismo, pensar en otras cosas mientras las llevamos a cabo. Peeeeero... El automatismo no es tan bueno -de hecho es perjudicial para la salud- cuando nos proporciona vía libre al automachaque y autoflagelo con actividades mentales que desembocan en cosas muy poquísimo divertidas como el terror autoinducido.

Mi episodio más escandaloso de este tipo de actividades mentales automáticas ocurrió (bueno, lo ocurrí yo) durante una mamografía (primera y última, no me vuelven a pillar) en la que me prensaron los pechos con la misma facilidad con que aplastamos una flor entre dos secantes. Cuando empecé a vestirme de nuevo,  la enfermera me dió el alto y me dijo que esperara diez minutos porque me tenían que repetir la última "toma".

Desde la sala de rayos salté directamente y sin atajos a la escena en que decido que tengo cáncer, sí, pero a mí no me quitan un trozo de Rosa ni de coña. De ahí salté de inmediato a las tristísimas escenas consecutivas de despedirme de las niñas y darles instrucciones sobre mi funeral --discreto, por supuesto--, pidiéndoles entereza y madurez. El automatismo me llevó luego a preguntarme cómo se las apañarían las pobres tan pequeñas, solas, y a planificar cuidadosamente con quién vivirían cuando ya no estuviera yo.

Todo eso en cinco minutos, sola y a medio vestir en una habitación llena de máquinas donde hacía un frío que pelaba.

Las lágrimas de apenada madre corrían por mis mejillas que daba gusto cuando escuché un "Perdone, señora, todo está bien, el doctor no ve ninguna anomalía". De repente sentí dos emociones encontradas clarísimas: por un lado, un alivio superbestia, por supuesto; por el otro, una rabia desatada; después de todo lo que había tenido que "arreglar" y "decidir" ante tan dolorosa situación, ¿ahora resultaba que no tenía nada? ¡Amos anda!

Reflexionando más tarde sobre el asunto me quedé pasmada ante el caudal generosísimo de imaginación que desarrollé en dos minutos encaminándome directa a lo peor. ¿Por qué no se me ocurrió "automáticamente" que podía ser un perfeccionismo del médico que a mí, en realidad, no tenía por qué afectarme? Pero con la guardia baja me afectó...

¿Por qué los automatismos pueden ser tan buenos y tan malos? 

En los automatismos que afectan de forma directa a las emociones yo tengo que estar alerta; aunque mis impulsos de ir cuesta abajo y a toda velocidad han disminuído considerablemente, no me fío todavía de ellos ni un pelo.

¿Mi truco? Dar mentalmente un paso atrás ante cualquier situación de "al borde del abismo" y mirarlo como si no fuese conmigo. Es más fácil de lo que parece y da resultados espectaculares. Y lo sigo haciendo una y otra vez, hasta que se haya convertido en automatismo y no tenga que pensar en ello siquiera...

Me voy a terminar de trasladar la cocina al salón que mañana temprano vienen a instalarme el suelo nuevo. Pero estoy tranquila: en lugar de imaginarme la que me van a armar a las 8 de la mañana y lo que luego me tocará limpiar, rascar, levantar y volver a bajar, me imagino directamente las 8 de la tarde con todo nuevo, limpio y, sobre todo, recolocado con sensatez. 

¡Feliz finde de San Torcuato! (me toca más de cerca que san Isidro).

domingo, 26 de abril de 2015

El mito de la felicidad, o la felicidad del mito, de ser uno mismo (II)

No malgastes tu vida tratando de impresionar a otros;
si has de malgastarla, hazlo tratanto de impresionarte a ti mismo.


Merecemos ser felices; merecemos vivir una vida que nos excite o, al menos, que nos interese un poco. Cuando dejamos que las opiniones de otros importen más que las nuestras, cuando esas opiniones ajenas se convierten en certezas propias, nos encontramos en un lugar en el que nuestras expectativas acerca de cómo vivir nuestra vida se emborronan hasta que acaban por desaparecer.
Demasiado a menudo, y en aras de la paz familiar o por aguantar el tirón cuando otro está pasando un mal rato o por inseguridad personal o por cualquier otro motivo que no es nuestro, jugamos al trueque. El hoy por ti, mañana por mí se convierte en la única alternativa; nos ofrecemos en sacrificio esperando que mañana lo haga el otro por nosotros (y lo mejor de este juego es que sabemos de antemano que el otro no lo hará). Nos hemos puesto la máscara de santidad, con corona y todo. Y cuando llega nuestro momento el otro no cumple sino que, inexplicablemente, espera que seas tú quien vuelva a hacerlo. Juas, como diría mi amiga Rakel.
Pero no estamos en este mundo para vivir conforme a lo que otros quieren, creen o desean, ni para que otros hagan lo que nosotros creemos, deseamos o pensamos. Estamos aquí para vivir a nuestra única y particular manera en pos de nuestro propio éxito, signifique eso lo que signifique para cada uno. Para mi el éxito no es otra cosa que comer las perdices que yo misma he perseguido, cazado y guisado; otro no lo hará por mi, aunque yo antes le haya cocinado un faisán mil y una veces.
La verdadera fuerza no está en nuestros músculos sino en nuestro espíritu (o alma, si lo llamamos así), nuestra voluntad y nuestro respeto por nosotros mismos; nuestra fuerza está en nuestra fe y nuestra confianza en quiénes somos y en nuestra voluntad de actuar de acuerdo a esa creencia. Tenemos que decidir en este instante no volver a suplicar el amor, la atención y el respeto de otros y actuar de forma que nos ofrezcamos ese amor, atención y respeto a nosotros mismos. Y que los otros arreen con los suyos. 
Tenemos que atrevernos a ser nosotros mismos (y averiguar qué es eso), seguir nuestras propias intuiciones y deseos respecto a la vida que queremos vivir. Por muy extraño o aterrador que pueda parecer o resultar (y lo parecerá al principio, créeme) nos merecemos hacer ese esfuerzo por nosotros, esfuerzo que siempre, siempre acaba resultando bien a la larga, a la corta y a la de enmedio. Es importante ser amable con los demás, pero es más importante aún ser amable con uno mismo.
Es imperativo que dejemos de compararnos con lo que otros son o han conseguido porque eso no tiene nada que ver con nosotros. Amar y respetar a otros significa dejar que los otros sean lo que son y permitirles seguir su propio camino a su aire. Y lo mismo mismito sirve para nosotros.
Pero, ¿cómo conseguirlo? Bueno, hay algunas ideas básicas que podemos contemplar: no esperes que otros te respeten más de lo que tú te respetas. No esperes que otros encajen en tu idea de lo que ellos deberían ser. No esperes que otros te adivinen el pensamiento. Deja de esperar y necesitar gustarle a todo el mundo (no ocurrirá; a ti tampoco te gusta el mundo entero). Deja de esperar y necesitar que los otros cambien repentina y  milagrosamente (esto tampoco ocurrirá). Deja de esperar que el otro esté siempre contento para tu alivio pero no permitas que su angustia, insatisfacción, frustraciones y malhumor marquen tu camino.
¿Y cómo amar y respetar a otros sin dejarnos pisar los juanetes? I wondered. 
Me costó tiempo, esfuerzo y una gran dosis de buena voluntad llegar a la amable conclusión de que todo el mundo está luchando su propia batalla, al igual que yo. En ocasiones, y aunque no lo parezca, se sienten desolados, aislados y  aterrados, al igual que yo. Con frecuencia se hacen los fuertes mientras les tiemblan las piernas, al igual que yo.
Y aún así, me sonríen cuando me venden la barra de pan...
Sé que cada sonrisa y cada signo de fuerza esconde una lucha interior tan compleja y singular como la mía propia. Cuando caemos en esa cuenta, no nos cuesta la vida ser amable con los otros --incluso más de lo necesario a veces-- porque apoyar, compartir y contribuir a la felicidad de otros es uno de los mayores premios, según todas las estadísticas; si lo permitimos, tendremos la oportunidad de hacerle a otro el camino de su vida un poco más fácil porque todos compartimos los mismos sueños, necesidades gemelas y dudas parecidas.
Una vez que vemos esto con más claridad, el mundo se convierte en un lugar más amigable; un lugar en el que podremos quitarnos la máscara y sin pudor decirle al otro mirándolo a la cara: "en este momento me siento perdido". Y es muy posible que el otro asienta con la cabeza y nos diga "yo también". Porque perseguir nuestra felicidad no nos hace felices cada minuto de nuestros días; y eso es perfectamente válido. Salimos adelante. Y los otros también, sin que tengamos que dejar nuestra vida para vivir la de otro.
Seguir nuestro propio camino y mantenernos fieles a nuestros singulares deseos y propósitos puede que nos cree muchas antipatías y menos invitaciones a fiestas pero nos brindará nuestra admiración por nosotros mismos y unas relaciones sanas (aunque quizás escasas :-D). Y eso vale un potosí.
¿No piamos siempre por tener el control de nuestras vidas? Pues eso...



domingo, 19 de abril de 2015

El mito de la felicidad, o la felicidad del mito, de ser uno mismo (I)

Persigue tu felicidad sin miedo y las puertas se te abrirán donde menos lo esperas.
Joseph Cambell


Me interesan las biografías, las teorías y las prácticas de felicidad de otra gente. De hecho, con mi primer sueldo, allá por mis años muy mozos, recuerdo que compré por correo la colección Grandes Biografías de la editorial Planeta; y me quedé sin dinero cuatro semanas larguíiiiiiisimas sin poder comprar tabaco ni el libro semanal de la colección de Agatha Christie en el quiosco de abajo. Ains.

Pero es que siempre me admiró cómo otras personas usan su cabeza y su corazón, cómo salen adelante de dramas en apariencia insuperables, y sé que observando y leyendo a otros se aprende mucho. Recuerdo la mala cara de mi madre cuando, aún en mis años escolares, me paraba a preguntarle a Felipe, el portero del edificio, acerca de su vida privada; mi curiosidad acerca de la vida de otros era insaciable... e imperdonable.

Como me quedé sin novelas ni biografías que leer todavía muy joven, y achuchada --a regañadientes-- por mi madre, me metí pronto en el mundo de las teorías psicológicas y filosóficas, metafísicas y espirituales que, consideradas como "ciencias ocultas", predicaban la posibilidad real de una felicidad sostenible y sostenida. En principio, me llamaron cero la atención los símbolos míticos y los roles representativos de los grandes personajes de las leyendas; nunca había hilado la relación de los personajes universalmente conocidos (dioses y héroes) con nuestro comportamiento, pobres seres terrenales; pero en cuanto me metí en materia un poco más en serio, me obsesioné con el asunto. Luego aprendí inglés leyendo novelas americanas (yo era de francés) y se me volvió a abrir el mundo, ya con otra perspectiva mucho más amplia porque podía hilar (a veces) una cosa con la otra y eso me producía una enorme satisfacción (terrenal, tipo soberbia). 

Desde que los conocí, le he tenido una manía especial a Freud y sus teorías, y no sabría explicar por qué. Bueno, en realidad, sí lo sé. Sus teorías sobre la mujer me parecen simplistas, sin nada de magia y completamente idiotas, muy poco sexys: envidia del pene que nos hace sentirnos inferiores ya desde los tres o cuatro años (mare mía, ¿qué hubiera hecho yo con un pene a esa edad?) y su dictamen final para no seguir estudiándonos: las mujeres son más misteriosas e insinceras. Y consideraba que las intenciones del humano no eran tan limpias como deberían. Y siempre tenía el ceño fruncido. Y fue el pilar de la psiquiatría durante un montón de tiempo. Vaya tela...

La cuestión del propósito de la vida ha sido discutida en incontables ocasiones;
la respuesta nunca ha sido satisfactoria y quizás es que no admite ninguna... Quizás debamos volvernos a la cuestión menos ambiciosa de qué es lo que demuestra el hombre,  mediante su comportamiento, acerca del propósito y la intención de su vida.
Sigmund Freud

En cambio me encantan las teorías de Jung, William James, Joseph Campbell y las del poeta irlandés William B. Yeats y su esposa Georgie Hayde-Lees porque no hacen (mucho) hincapié en la diferencia de sexos, sino que habla del ser humano, así, en general (lo cual es de agradecer) y tienen siempre en cuenta el pensamiento, el sentimiento, lo trascendente y el mito, que a mí me suena magiquísimo y fundamental para contemplar con algo de esperanza un posible éxito en la búsqueda de la felicidad. De hecho, Pathways to Bliss, una de las obras cumbres de Campbell, está dedicada casi exclusivamente a este asuntillo. Bien por él.

Joseph Campbell, como yo, tenía una debilidad especial por mi Billy Yeats, quizás porque sus teorías sobre la felicidad humana tenían mucho que ver con las suyas propias, basadas en los símbolos y los mitos, las máscaras y todo eso.

William Butler Yeats

William Butler Yeats nació en Sandymound, condado de Dublín, Irlanda, el 13 de junio de 1865 y cursó sus estudios en Irlanda y Londres, siendo artista en activo desde muy joven y convirtiéndose en uno de los pilares de las literaturas tanto irlandesa como inglesa. Estudió teatro y poesía desde niño y pronto quedó fascinado por las leyendas de su país y "lo oculto".

En 1923, le concedieron el Premio Nobel de Literatura por lo que el Comité del Nobel consideró "una obra poética inspirada que expresa de forma altamente artística el espíritu de una nación entera ".

Mi Billy es considerado, además, uno de los pocos premios Nobel que llevaron a cabo sus mejores trabajos después de llevarse el codiciado premio; por ejemplo, La Torre (1928) y La escalera de caracol y otros poemas (1929) son posteriores al premio. Fue amigo del poeta americano expatriado Ezra Pound  (The Cantos) y de Rabindranath Tagore.

Yeats tenía ya 57 añitos cuando se casó  con una joven llamada Georgie Hayde-Lees, a la que llamaban George, con la que tuvo dos hijos. A pesar de las críticas de amigos y familiares de ella y de los sentimientos de culpa y remordimientos de él durante la luna de miel por la diferencia de edad, el matrimonio fue un éxito para ellos (que es lo importante).

Poco después de la boda, la esposa de Yeats empezó con la escritura automática, escribiendo lo que llegaba a sus dedos sin pasar de forma consciente por su cerebro. Y así fue cómo ella empezó a escribir la filosofía de vida completa de Yeats, de la que él aún no sabía casi nada. Según Joseph Campbell, esa es la clase de chica con la que tiene que casarse un hombre :-D

Lo que escribió George fue algo muy misterioso. Yeats era una especie de ocultista y, al parecer, recibía esta información por parte de seres invisibles; información que acabó siendo su "libro de libros" (según sus propias palabras): A Vision, una visión de la realidad creada por Yeats y su esposa basada en sus experiencias esotéricas.

A Vision es liosa y complicada pero tiene su importancia en referencia a la simbología del comportamiento humano. La visión de Yeats habla de lo que él llama las máscaras, la máscara que, en cada momento, tienes que ponerte con objeto de poder vivir. Nos ponemos una máscara, un disfraz, para ser algo, o parecer que eres algo, a cualquier precio.

En su libro, Yeats habla de lo que él llama la máscara primaria, que es el rol que la sociedad espera que representes: Tras tu nacimiento, tus padres empiezan a comunicarte patrones de vida que definen la sociedad que cada padre particular desea. Y esperan que las enseñanzas de tu infancia te vayan guiando en la vida. La primera mitad de la vida trata acerca del compromiso individual con el mundo; aquí la imaginería de tu cultura local te atrae hacia el mundo de forma que eliges entrar en él. La sociedad y tus padres te animan  a que hagas un esfuerzo para vivir de acuerdo con las posibilidades que tu sociedad reconoce en ti. Un juego típico de esa imaginería es el de "¿Y qué vas a ser de mayor?"...

Hay una segunda máscara que los Yeats denominan la máscara opuesta o de contraste. Y aquí es donde la cosa empieza a ser excitante. Justo a mitad de la adolescencia, cuando nos dirigimos sin remedio ya a la madurez, comenzamos a pensar en nuestras propias perspectivas y expectativas de vida, que nunca son las mismas que la sociedad nos había adjudicado :-D.

Ellos no me conocen, ¡jamás me han visto!, Soy un ser único y diferente. Hay grandes cosas en mí y por mis muertos que voy a descubrir cuáles son esas grandes cosas, nos decimos. Y así es como descubrimos el problema de encontrar nuestro propio mito y nuestro propio camino... Y ya tenemos el lío.

Mi conclusión acerca de esto es que la madurez nos sirve para algo, y los tropiezos de la vida ayudan también a aclararnos en esa búsqueda. No tenemos necesariamente que quedarnos con la máscara primigenia a menos que nos cuadre bien y nos haga sentir cómodos; y tampoco tenemos necesariamente que rebelarnos porque sí y buscar una máscara opuesta que no nos haga felices.

Con ese cerebro que se nos ha dado, llegados a cierta edad ya podemos pensar con cierta claridad (aunque éste no es un estado permanente, ya lo sabemos) y podemos decidir ser nosotros mismos. Sé Rosa, me digo ante las dudas.

Y luego viene el siguiente problema que nunca se arregla con otra máscara: Sí, vale, pero ¿qué es exactamente ser Rosa?

A lo mejor es en esa pregunta donde está la respuesta que Freud nunca encontró acerca de propósitos, caminos y eso... Tenemos que estudiar esto a fondo, que es lo mismo que estudiarnos a nosotros mismos, estudiar nuestras intenciones y nuestros verdaderos deseos. Pero eso será la semana que viene.

¡Feliz último domingo con máscara!

sábado, 11 de abril de 2015

¿Qué hace perder el sueño tan a menudo a las mujeres?

Dormir es como comer, follar, escribir y defecar: imprescindible.
James Joyce

Dormir mal nos pone de mal humor, estamos cansadas y tenemos menos reflejos; nos falla la memoria y la concentración, así como la capacidad de disfrutar del día. En resumen: nos hace infelices, aunque solo sea por unos días.

Nos extrañamos de no dormir bien. ¿Por qué?, nos preguntamos al ver la hora en el reloj después de de dar cien vueltas en la cama. Y repasamos nuestras desgracias: Bueno, concluimos, tampoco nos han pasado tantas cosas horribles; la vida es un asco pero eso no me ha impedido tener muchas buenas noches de sueño...


¡Atención! El sueño lo perdemos, aparte de por muchas causas evidentes más que justificadísimas (reestructuración de la plantilla de nuestro departamento, menopausia con sofocones, exámenes, un padre o un hijo enfermo, un diagnóstico médico puto...), por otras causas escondidas que se nos escapan. Por malos hábitos nocturnos que no consideramos tales pero lo son. Aquí van algunas ideas que puede que te den una pista y te ayuden a mejorar este asunto (si quieres):

Necesitas tiempo para ti. Sí, lo necesitas con desesperación y, además, lo mereces tanto como un buen tinte de pelo pero cuando lo coges de donde no debes, no te luce. Cuando tu noche está tan petada de actividades como tu día, aunque estas actividades sean beneficiosas para tí pueden tener efecto rebote y jorobarte la noche entera. Una vez que los niños se han acostado y la casa, por fin, respira paz, ¿qué haces? ¿lees tu correo electrónico, haces manualidades, llamas a tu amiga que vive al otro lado del mundo, tienes esa charla importante con tu churri? Pues ya estás lista para no pegar ojo.

¿Qué hacer? Los expertos aconsejan que planificar ese tiempo propio a pequeños bocados es más sano y cunde más en lo que respecta a tu sueño y puede satisfacer tanto o más que comértelo del tirón. Una manera de hacerlo es levantarse 15 minutos antes que el resto de la familia, por ejemplo, y reservarse otros 15 minutos a la hora del almuerzo. Utiliza el temporizador de tu móvil para esas tareas que se comen tus noches, y haz que se implique toda la familia: mientras miras el correo o llamas a tu amiga, los niños pueden sacar el lavaplatos, tu marido puede hacer la cena o preparar las mochilas de los niños...

La tablet, el iphone, el portátil... Tanto si es por trabajo como si es por adicción al Candy Crush, Facebook, Instagram, Pinterest o Twitter, una pantalla retro-iluminada puede convertir en casi imposible la tarea de conciliar el sueño (o que lo poco que duermas lo duermas bien). Mirar vídeos, fotos o jugar en este tipo de pantallas te mantiene espabilado porque es estimulante, y la luz azul de onda corta que emiten suprime la melatonina, que es tu hormona inductora del sueño. Hasta los libros electrónicos han pasado ya a la lista de saboteadores del sueño: según un estudio del Hospital de Mujeres de Boston los lectores que leen en libros electrónicos con iluminación propia se sienten más atontados por la tarde, les lleva más tiempo conciliar el sueño y están más adormilados y menos alerta a la mañana siguiente que los lectores de libro tradicional, incluso después de haber dormido ocho horas.

¿Qué hacer? Después de dos horas de estar expuestos a la luz azul la melatonina cae en picado un 23%, según las investigaciones del Instituto Politécnico Rensselaer, así que apaga todos los dispositivos electrónicos al menos una hora antes de acostarte (y si son dos, mejor).

No puedes apagar tu mente. Te es difícil desconectar y olvidar que tienes que pasar la ITV, llamar al fontanero, pedir hora con el pediatra y hacer la tarta de cumple que le prometiste al niño. En el momento en que apagas la luz, enciendes tu lista de tareas pendientes, angustiada ante la inmensidad que tienes por delante: hacer en tres horas lo que normalmente lleva tres días. O quizás vuelves a revivir culpabilidades, como desear no haberle pegado un grito al niño cuando te pidió ayuda con las mates. O tal vez te preocupa algo que tiene que hacerse ya --o algo que quisieras no haber hecho--... Todas estas cositas disparan el insomnio en las mujeres, por ejemplo, y puede reforzar la angustia por no dormir: cuanto más te angustias, menos duermes y cuanto menos duermes más te angustias. El estrés está asociado con un disparadero de neurotransmisores que tienden a ponerte en alerta más que en modo sueño, creando un ciclo negativo que es difícil de romper.

¿Qué hacer? La meditación te ayuda a salir de ese agujero, haciendo que tu cerebro se desplace de las ondas beta propias del estado de alerta a las ondas alfa y theta propias del estado relajado y de sueño. Cualquier tipo de meditación que se concentre en la respiración puede ayudarte a dormir con facilidad. Y si te despiertas a medianoche, puedes volver a hacerlo. Incluso cinco minutos de meditación son beneficiosos, aunque diez son mejores y quince son excelentes. :))

Además, puedes tomar un vaso de leche de almendras templada: su alto contenido en calcio eleva la producción de melatonina de tu cuerpo, induciendo el sueño. También te ayudará una infusión de camomila: este tradicional brebaje contiene apigenina, un sedativo natural. O una de pasiflora, que eso tumba a la más dura.

Y renuncia a las copas: el alcohol puede interferir en las fases tardías del sueño durante las que descansamos más y mejor.

¡Felices sueños!  :-D

(Información y trucos rescatados por una servidora de la revista Good Housekeeping de Marzo de 2014) 

sábado, 28 de marzo de 2015

¿El hábito hace al monje? (II)

El hábito es el enorme volante de inercia que mueve a la sociedad,
su más valioso agente de conservación
William James

Defensores. Inquisidores. Complacientes. Insurgentes.

¿Cómo respondemos a las expectativas? Ya sea de forma consciente o por hábito, todos respondemos a cualquier expectativa de forma muy particular; ya sea una expectativa interna (dejar de fumar, comer más sano) o externa (plazos de entrega, atención al cliente, cumplir una promesa). Conocer esa nuestra forma particular de hacerlo es fundamental, entre otras cosas, para dejar de lado los hábitos que no nos complacen y formar los nuevos hábitos que hemos decidido tomar. :-D

Entender cómo respondemos cada uno a esas expectativas y estudiar cómo nos enfrentamos a ambas nos dará una perspectiva cierta y amplia de nosotros mismos, con lo que podremos hacer con nuestra voluntad auténticas virguerías.

También es importante saber que nuestra tendencia a cumplir expectativas de una u otra forma colorea la forma en que vemos el mundo y, por lo tanto, tiene consecuencias enormes para nuestros hábitos. Dependiendo de ello, como comentaba la pasada semana, casi todo el mundo pertenece a uno de los cuatro grandes grupos de "habituales" (y ninguno es  mejor que otro, por cierto):

Los Defensores responden de inmediato tanto a expectativas internas como externas y cumplen con ambas de forma diligente sin chistar. Cuando se levantan por la mañana sacan su lista de "Pendiente para hoy". Les gusta saber qué se espera de ellos y cumplir con esas expectativas propias y ajenas. Evitan cometer errores y odian dejar tiradas a otras personas o incumplir con ellos mismos. Cualquiera puede confiar en un habitual del tipo defensor, y el defensor puede tranquilamente confiar en sí mismo. Al defensor le gusta entender las reglas, mantener sus propósitos y cumplir con sus compromisos. En los casos de fecha de entrega, muchas veces acaban antes del plazo límite. En el caso del arte o de la ética, por ejemplo, además de las ya establecidas buscan las reglas más allá de las reglas. Sintiendo una obligación real hacia el cumplimiento de sus expectativas internas, los defensores tienen un fuerte instinto de auto-preservación, y esto los ayuda a protegerse de su tendencia a cumplir también las expectativas de otros; y así equilibran pesas. 

Los Inquisidores se cuestionan cada expectativa, sea propia o ajena, y responden a ella únicamente si concluyen que la expectativa tiene sentido o es beneficiosa de algún modo. Los inquisidores están motivados por la razón, la lógica y la imparcialidad. Por ello, es raro que pierdan los nervios. "¿Qué hay que hacer hoy, y por qué? ¿Es conveniente?". Ellos son los que deciden si algo es una buena idea y se resisten a hacer cualquier cosa que para ellos no tenga sentido, propósito o beneficio. Pueden saltarse muchas o todas las normas que consideren arbitrarias pero siguen a rajatabla las reglas que consideren están basadas en la moralidad, la ética o la razón. En esencia, convierten todas las expectativas en expectativas internas. Como los inquisidores aman tomar decisiones después de considerar bien las alternativas y llegar a sus propias conclusiones, están muy comprometidos intelectualmente, y siempre dispuestos a llevar a cabo una investigación exhaustiva antes de decidir si esa expectativa tiene una base sólida para comprometerse con ella; si no llegan a esa conclusión, no cumplirán esa expectativa. Los inquisidores, si están convencidos, rechazarán la opinión de los expertos a favor de sus propias conclusiones.

Los Complacientes cumplen sin problema las expectativas externas pero tienen dificultades para cumplir sus expectativas internas. Están motivados por una especie de contabilidad exterior. Su pregunta es: "Qué tengo que hacer hoy?"... Los complacientes son extraordinarios a la hora de cumplir con las demandas ajenas y plazos de entrega y recorren grandes distancias para hacerse cargo de sus responsabilidades, son colegas, amigos y familiares maravillosos.  Pero como se resisten a sus propias expectativas les cuesta una barbaridad automotivarse. Como dependen de la "contabilidad exterior" en gran medida, los complacientes a veces sufren las consecuencias de pago de honorarios retrasados, fechas límite vencidas o el miedo de dejar tirados a otros (con las propias consecuencias de ésto: ansiedad).  Para un complaciente las promesas hechas a sí mismo se pueden romper; las promesas hechas a otros, nunca. Los complacientes necesitan contabilidad exterior incluso para actividades que quieren hacer: cuando no puedan sacar tiempo para leer, por ejemplo, se unirán a un club de lectura para hacerlo ya que allí se espera que se lean los libros acordados. Además, encuentran formas muy ingeniosas para convertir sus expectativas internas en ajenas y, de ese modo, asegurarse de cumplirlas. :-D  No son listos ni náh...

Los Insurgentes (o rebeldes) se resisten a todo tipo de expectativas, tanto internas como externas (son lo contrario de los defensores). Necesitan actuar desde un sentido de la elección libre.  Cuando se levantan, se preguntan: "¿Qué quiero hacer hoy?". Se resisten al control, incluso al autocontrol, y disfrutan esquivando reglas y expectativas. Los insurgentes trabajan en pos de sus propios objetivos, a su propia manera (their way, como Sinatra) y mientras rechazan hacer lo que se supone que deberían hacer pueden cumplir sus propios objetivos. Lo que tienen siempre en la cabeza, para cualquier cosa, es "en mis propios términos y condiciones". Los insurgentes le atribuyen un enorme valor a la autenticidad y autodeterminación, y aportan un desatado espíritu a todo lo que hacen. En ocasiones, la resistencia del insurgente a la autoridad tiene un enorme valor sociológico, y su mejor activo es su voz disidente; y no deberíamos escolarizarlos para ser de otra forma, aislarlos socialmente o avergonzarlos en público ya que el insurgente está ahí para protegernos a todos. Lo que no impide que los rebeldes a menudo frustren a otros porque no se les puede pedir que hagan algo. No les importa lo que la gente piense de su forma de actuar, ni que les digan que se comprometió a hacerlo, o que sus padres se sentirán defraudados... De hecho, pedirle a un rebelde o esperar de él que haga algo a menudo les lleva a hacer lo contrario. "Mira, de hecho pensaba hacerlo pero ahora que vienes y me lo pides, no lo haré. Así que no". Es conveniente que la gente que rodea a los rebeldes se guarden de encender de forma accidental sus  espíritus de oposición; esto es un reto especialmente duro para padres de infantes insurgentes :)). En ocasiones los rebeldes se frustran a sí mismos porque no pueden decirse qué hacer, ya que se resisten al compromiso con ferocidad (saben que elegir A es renunciar al resto del alfabeto), pero muchos saben canalizar su energía rebelde de formas muy constructiva y creativas (aunque se resisten a las jerarquías y las reglas sin contemplaciones).

Y, dicho esto, una vez conozcamos nuestra tendencia habitual podremos cambiarnos de hábito mucho más cómodamente.

¡Feliz finde de autoconocimiento!