lunes, 24 de febrero de 2014

Egoísmo bien entendido

Mi mente es perezosa.
Con frecuencia, no hacer nada
es mi más beneficioso modo de trabajar.
Virginia Wolf

—Tengo problemas con Dios… —entra como un vendaval en la consulta.
—Uh, uh….
—¿Se ríe de mí?
—En absoluto, tener problemas con Dios es peor que tener problemas con cualquier otra cosa.

Tomó unos apuntes rápidos en la ficha, se repanchingó en la butaca y miró con curiosidad a su interlocutora. Luego le preguntó:

—Y dígame, ¿qué problemas tiene exactamente con Dios?
—Bueno, doctora, esperaba que Ud me aclarase este punto…
—Señora Mateos, no he estado presente en sus discusiones con dios; malamente puedo aclarar extremos de los que no conozco ni su existencia —y se quedó tan ancha.
—No me escucha, no me contesta a lo que le pregunto, no me da lo que le pido y el caos parece invadir el mundo entero, la crisis nos come, la corrupción nos invade, la juventud está sin empleo y Él no hace nada. Es egoísta, prepotente y narcisista. Y muy poco comunicativo, como todos los de su calaña.
—Defina calaña…
—Hombres.
—¡Qué interesante eso que dice! ¿Ud. cree que dios es hombre?

Ella mira a la doctora casi escandalizada.

—¿Usted no? ¿No será una de esas modernas que creen que Dios es la Diosa Madre, Todopoderosa Nutridora, Atenta Cuidadora, en resumen: mujer? Porque no tiene ninguna pinta de ser una de nosotras...
—Pues lo cierto es que nunca me he entretenido en intentar definir a dios, pero vamos a lo suyo, que es lo importante. ¿Qué problema tiene con él, exactamente?
—Bueno, no es un problema concreto; son muchos, todos los que le he dicho.
—¿Qué idea tenía usted de dios que parece haberla defraudado? ¿Qué cree Ud que debería ser dios para que no tuviera problemas con él? ¿Cómo sería Ud si fuera dios? —la doctora seguía mirándola atentamente; parecía fascinada con ella.
—Pues lo tengo muy claro: todos, absolutamente todos seríamos iguales, absolutamente iguales, ¡eso lo primero!
—¡Qué interesante! ¿Y qué más? ¿No le parece que todos somos ya iguales?
—¿A usted se lo parece? Jóvenes que parecen modelos y levantan la envidia de las que no se saben maquillar; hombres multimillonarios que no saben qué hacer con tanto dinero pero no dan de comer a los pobres negritos que mueren como chinches en esos países tan desoladores; mujeres elegantes que cuando se deshacen de sus trapos los tiran en lugar de darlos para que nadie vuelva a llevar lo que ellas llevaron; profesores que abusan de niños; padres y madres que se dedican a podar a sus hijos a su conveniencia y según sus estados de ánimo... Rubios que matan por ser morenos; pobres que matan por ser menos pobres... 
—O sea, que está siendo literal: todos absolutamente iguales en el mismo sentido...
—Sí, así es —tomó aire y prosiguió—. En segundo lugar, trataría a todos mis hijos de la misma manera: con justicia perfecta, amor infinito, les daría libertard absoluta y dejaría que tomasen sus propias decisiones según sus gustos y sus creencias...
—Eso ya no sería posible: todos decidirían hacer lo mismo y tomarían las mismas decisiones a la vez, puesto que todos –al ser absolutamente iguales— tendrían las mismas creencias y gustos y, por lo tanto, se encontrarían todos en el mismo punto exacto del tiempo y del espacio a la vez… Aunque tiemblo al pensar en esas corrientes masivas de población migratoria cada vez que cambiase el deseo común, que ya serían un problema serio si el destino fuese, por ejemplo, Rusia, Estados Unidos, Canadá, China o Sudamérica entera. Pero, ¿qué pasaría si todos quisiésemos vivir alegremente en Menorca, por ejemplo?
—Bueno, pues agrandaría Menorca, porque soy Dios y puedo.
—Bien, punto aclarado. La felicito por su imaginación expansiva. Es innegable que ha pensado en todo este asunto muy detenidamente. Prosiga, por favor.
—Por cierto, doctora, quiero aclararle que el orden en que enumero estos puntos es para aclararme yo, no porque unos puntos sean más importantes que otros; todos son básicos e innegociables, por supuesto...
—Por supuesto.
—Bien. En tercer lugar, eliminaría el paro; es más, no lo habría creado.
—El paro no sería problema, pues le recuerdo que los ha creado a todos iguales: todos trabajan o todos en paro. Si fuera así no se llamaría paro, así que ¡eliminado el paro! O no creado, como dice usted.
—Eso es, todos tendrían trabajo; un trabajo digno y bien remunerado.
—Todos trabajarían en lo mismo, ya que todos tienen las mismas creencias y deseos y gustos. Defina un trabajo digno y bien remunerado. ¿A qué los dedicaría? ¿Todos ingenieros industriales? ¿Todos médicos? ¿Todos agricultores? ¿Todos presidentes de gobierno?
—Todos dignos y bien pagados, haciendo lo que les guste. Por encima de todo, la ética.
—Propone usted una idea original de sociedad; original y enormemente justa. Si lo he entendido bien, habría usted creado una Menorca enormemente expandida habitada por seis mil quinientos millones de dignos profesores de ética, todos rubios y muy bien remunerados, amados incondicionalmente por usted que es dios, que los mantiene a salvo de todo contratiempo ¿es así?
—Por ejemplo.
—Bien, y dígame, ¿dónde gastarían esos mil millones de profesores de ética su digna remuneración? Porque no hay más que profesores de ética: no hay agricultores, ni recolectores, ni fabricantes de mermelada, ni de lavadoras, ni arquitectos, ni mezcladores de cemento, ni…
—¡Basta! Yo arreglaría cualquier pega que pudiera surgir: crearía las casas de la nada, las hortalizas surgirían de la tierra por mandato mío (todos seríamos vegetarianos) de tal forma que no hiciera falta sembrarlas, cocinarlas ni tratarlas. Porque, señora mía, al ser todos profesores de ética, no habría productores de abonos químicos que envenenaran a mis hijos.
—¡Guau! Es alucinante.
—¿Qué le parece? ¿No sería eso lo justo? Mi mundo sería perfecto, no esta chapuza de mundo creada por un prepotente y descuidado egoísta, de naturaleza narcisista y poco comunicativo ser que se mantiene alejado de sus hijos a los que miente diciéndoles que pidan y se les dará y luego los deja preguntándose que qué es lo que han hecho mal para pedir y que no se les conceda… ESE es el problema: que miente como un bellaco.
—Uh, uh… Y dígame, ¿cómo es su padre?
—¿El terrenal?
—Sí, sí, el terrenal. Su padre biológico.
—Es inteligente, divertido, trabajador, adora a sus hijos y a su mujer, y nos lo ha dado todo.
—Por suerte, su padre no se parece a dios, ¿eh? Aunque hubiera estado genial que dios sí se pareciera a su padre, ¿no?…
—¡Desde luego! Y usted, doctora, ¿qué haría si fuera Dios?
—Uuummm…
—Venga, ¿cómo lo haría? No es tan difícil, usted sabrá cómo es su mundo ideal, ¿no?
—Bueno, este no me parece malo, la verdad. Aunque sí mejorable, claro…
—¿Entonces? ¿Cómo puedo arreglar el mundo, doctora? Me estoy volviendo loca con este mundo que me parece que no es el mío. Injusto, imperfecto, competitivo, ignorante…

La doctora miró a su paciente fijamente, mientras se decía que no iba a consentir que esta loca se subiera por las nubes y se quedara atascada allí. Había llegado el momento de ponerle las cosas claras y los pies en el suelo. Iría con cuidado pero sería firme:

—¿Y por qué no se arregla usted primero?
—¿Cómo dice?
—Mire, señora Mateos, déjese de zarandajas y de arreglar el mundo, que es algo que no puede hacer. Ocúpese de usted, de forma egoísta, poniéndose la primera de la fila en sus prioridades. Cuando haga eso con maestría, podrá hacer algo por el mundo, sin duda.
—¿Me está usted diciendo que hay que ser egoísta? Por Dios bendito…
—Sí, egoísta, porque mientras esté jodida no puede arreglar nada que no sea usted misma, ¿es que no lo ve? Si cada uno nos ponemos los primeros de nuestra propia fila, se acaban los problemas. NO SE INQUIETE. Relájese. Haga cosas que le gustan, disfrute de su casa, sus amigos, cómase un trozo de su tarta preferida y déle gracias a su dios por todo eso.
—Sí, eso es muy fácil decirlo, pero ¿cómo evitarlo? —lloriqueó, derrumbándose.
—Sencillamente, no se inquiete. ¿Qué parte de no se inquiete no ha entendido? Deje que su dios se ocupe del mundo mientras usted se ocupa de usted y disfrute, que luego podrá echarle una mano, si lo desea (y a lo mejor se queda tan fascinada con su propia vida que no lo deseará, y a su dios le parecerá bien, créame).
—Doctora, ¿usted cree en Dios?
—En su caso concreto, dios me parece una buena idea…
—¿Eh?
—Sí, porque está usted ahora en un momento delicado de su vida y tiene que aprender a pensar de forma que la beneficie a usted antes de querer beneficiar al universo entero, deje esos trabajos de Hércules. ¿Y qué le beneficia más: creer que está sola en el mundo, abandonada a su mala suerte? ¿O que hay algo más grande que usted que la sostiene en todo momento y se ocupa de usted? Definitivamente, señora Mateos: dios es una buena idea en su caso. Y no se meta presión con esto, métasela a él, que tiene espaldas anchas.
—Pero…
—Pero nada, que tiene que creer en dios y se acabó. Que a usted eso le conviene, créame que sé de lo que hablo. Mi colega Jung y yo pensamos que nuestros pacientes solo rematan su curación cuando hacen las paces con su dios, sea su dios el que sea.  Y como terapia le recomiendo que ande media hora a diario y escriba tres carillas cada día con todo lo que se le pase por la cabeza en ese momento: sin filtros, sin intentar hilarlo o poner las tildes donde corresponden. Sencillamente, escribiendo sin levantar el boli del papel. Y no se preocupe, que dios no se va a ofender por nada de lo que escriba. Le han dicho ya de todo y no se ha derrumbado nunca. Confíe.
—¡Pero si no sé redactar ni la lista de la compra!
—Hágalo. A lo loco. Déjese llevar.

*   *   *   *   *


—¿Qué te ha dicho la doctora? —le pregunta su amiga Cari en su conversación telefónica de la tarde.
—Que me meta solo en mis asuntos, básicamente. 
—¡Qué raro! Yo creía que tu doctora era menos sensata.
—De todos modos, a mí me parece un tratamiento muy simple; creo que no me toma en serio.
—Que sí, mujer, ¿cómo no te va a tomar en serio? Tú hazle caso, que ella sabe. ¡Ha hecho la carrera de eso!
—Ya, pero tú no has hecho ninguna carrera y me dices lo mismo. Cada día.
—Bueno, seguro que lo mío es casualidad...

jueves, 13 de febrero de 2014

El síndrome del Bonsai

Las explosiones de violencia son producto de
nuestra incapacidad de comunicarnos. Es necesario poner énfasis
en la prevención y visibilizar los efectos de la violencia.
Debe enseñarse que  la violencia no es parte de la naturaleza del hombre.
(Angélica Valenzuela, directora de CICAM Guatemala)



En su blog Jardines y Plantas (about.com), el artista puertorriqueño Andrés Fortuño cuenta "su primera vez" con los bonsais:


"Recuerdo la primera vez que compré uno. Lo llevé a casa y lo coloqué en la mesa de centro (en el medio de la sala). Se veía fenomenal. Era la pieza más comentada en todas las visitas. Claro está, mientras se mantuvo con vida.

En realidad no llegó a morir del todo, ya que logré rescatarlo una vez lo saqué al patio. Pero estando dentro de la casa se le notaba a simple vista el decaimiento. Terminó casi sin hojas y visualmente no muy atractivo. Pero una vez comenzó a recibir agua de lluvia, sol y sereno, el pequeño árbol volvió a ser el espectáculo que fue en un principio."


¿Qué es un bonsái?

Según la definición de Bonsai Empire, "la palabra bon-sai es un término japonés que, traducido literalmente, significa “plantado en una maceta”. El objetivo final del arte del Bonsái es crear una representación miniaturizada pero realista de una parte de la naturaleza, concretamente de un árbol. Los bonsáis no son plantas genéticamente enanas, de hecho, casi cualquier especie puede ser usada para formar uno de ellos."

Así que, básicamente, el bonsai es un árbol de crecimiento atrofiado por manipulación externa, ya sea intencionadamente  --por parte del hombre-- o al azar por la propia Naturaleza, explica Andrés Fortuño. 


Es decir, lo que convierte un árbol en bonsai no es el propio árbol o su genética sino su proceso de formación. Si sus semillas caen en un terreno rocoso, por lo general ventoso, donde hay animales que mordisquean continuamente su copa, o el crecimiento de sus raíces y ramas se ve restringido por el terreno y/o el clima, y el el árbol al crecer se adapta a estas condiciones, se crea un bonsái de forma natural. 

O puede impedírsele crecer en toda su gloria con técnicas meticulosas que requieren de una gran paciencia y atención: se le van podando las ramas y raíces con el único fin de manipular su desarrollo natural, se puede decir que a capricho de quien lo cultiva. Pero al mismo tiempo se atienden sus necesidades para mantenerlo con vida: se riega y cuida con esmero, porque el verdadero placer es que crezca bajo el control de tus manos. Y así obtienes 'tu obra'. Es decir, la misma persona que va 'destrozando' la planta es la persona que le permite seguir viviendo.

Según los expertos, los bonsáis crecen mejor en el exterior, y para crear uno hay que escoger el tipo de planta adecuada (aunque prácticamente todos los árboles pueden convertirse en bonsáis). Es conveniente, a la hora de elegir, que sea de crecimiento rápido y que produzca muchas ramas, y ponerlo en el tiesto adecuado: un recipiente ancho y poco profundo --o incluso tipo bandeja--, con agujeros en el fondo para restringir el crecimiento de las raíces. Antes de plantarlo, hay que limpiar las raíces de la tierra antigua, con cuidado y mucha delicadeza para no matarlas. A continuación, se alambran (se amarran con alambre) las raíces y el tronco a los boquetes del tiesto para que no se mueva y quede bien sujeto y erguido. Terminado de alambrar, se le pone la tierra, bien distribuida a todo su alrededor cubriendo el pie del árbol y teniendo cuidado de rellenar los espacios entre las raíces no dejando bolsas de aire. Por último, poda el exceso de ramas dándole la forma que deseas (la más utilizada es la triangular) y ya está listo para exposición. Cubre de agua hasta el pie y déjalo hidratándose unos 15 ó 20 minutos, tiempo en que alcanza su punto perfecto de saturación.

Sácalo al exterior, a un lugar donde reciba sol y aire en abundancia.

Y no te preocupes, da muchísimas satisfacciones. En cuanto vayas aprendiendo su comportamiento y conozcas cuáles son sus necesidades básicas sin matarlo, no podrás esperar para crear otro. 

*****

Comiendo ayer con la psicóloga Encarna Nouvilas, me habló de pasada del síndrome del Bonsai, y al explicarme lo que era de inmediato me pareció un nombre taaaaannn bien puesto... que me dió miedo. 

Es el síndrome que sufren las personas maltratadas psicológicamente a manos de otra concreta, siempre muy cercana (un  padre o una madre maltratados o controladores,  un esposo o una esposa prepotentes, un jefe perfeccionista bien intencionado...), que se dedica sistemáticamente a podar y recortar a su gusto las cualidades de su bonsái en forma de aislamiento de la familia de la víctima, ninguneo, crítica humorística o "cariñosa" en público, actitud supuestamente compasiva a las espaldas de su víctima y otras lindezas por el estilo.

Una de estas formas "compasivas" muy habituales se da en los divorcios, cuando padre o madre bienintencionados le dicen al hijo: Ahora que ya no estaré yo para hacerlo, vela por mamá, la pobre no sabe cuidarse sola; o algo como Papá se va a sentir muy solo, no puedes permitirlo, es un hombre inseguro e indefenso. Con lo que dejan en las espaldas de un hijo -en muchas ocasiones todavía en edad de jugar- con una mochila que no debería portar. ¡Hala, ya han creado otro podador !

Estos jardineros de la especie humana recortan tanto y tanto que, en un no muy largo lapso de tiempo, la víctima acaba por creer que nunca tuvo esas ramas (y lo que es peor: que no existe la posibilidad de que vuelvan a crecer en ella). Pero cuando estos jardineros bienintencionados ven que el pequeño bonsái está moribundo, lo alimentan para revivirlo lo justo: una palmadita en la espalda por algo bien hecho (no demasiado importante, quizás una jugosa tortilla), unas palabras de verdadero cariño, un acto de contricción o una pequeña disculpa (por ejemplo, cansancio por el trabajo: esa es buena y habitual)... Hasta que el arbolito ha revivido un poco y se ha vuelto a confiar, momento en que todo vuelve a su verdadero ser y recibe de nuevo una severa poda "a cruces".

Me contaba Encarna que siempre, siempre este maltrato psicológico tiene su orígen en la educación o el propio maltrato sufrido por el "podador". Que incluso se hace en ocasiones con buena intención (si te lo digo por tu bien), "sin querer". Pero eso a mí no me sirve de excusa, porque todo humano que llega a la edad de crear bonsáis de su propia especie, ha pasado por la edad de pensar con la cabeza en lugar de hacerlo con el trasero.

El supuesto amor con violencia no es amor turbulento y apasionado; es violencia sin más. Y la víctima se ve en la necesidad de defenderse a su mejor entender.

Crear una relación de afecto con el agresor es una estrategia activa de supervivencia de estos pequeños y elegantes arbolitos, ante los riesgos que implicaría tratar de separarse: el incremento de violencia e incluso la muerte. Llega incluso a ser considerado esto, por parte de la víctima, una respuesta normal ante una situación anormal.

La víctima se esfuerza por mantener contento al agresor (aunque nunca termina de conseguirlo, ¡peligro!) volviéndose hipersensible y estando siempre alerta para detectar las necesidades y estados de ánimo del podador. La víctima niega su rabia y crea un vínculo con el lado positivo del agresor, con la esperanza de que la deje vivir... Suena fuerte, ¿eh? Pues existe, y existe en todo tipo de estrato social, y cuanto más alto el nivel social, más refinado y sibilino es el maltrato.

Creo que esto ya lo he dicho, pero no me cansaré de repetirlo. Siempre advertí a mis hijas de que ni el primer grito ni la primera hostia ni la primera humillación son nunca los últimos, y que nadie mejor que ellas pueden saber/juzgar/decidir lo que más les conviene. Nadie. Porque a ninguno nos gusta que nos poden ni nos recorten a su manera, no nos da felicidad y luego puede que sea demasiado tarde... Como para las chinas y japonesas a las que les vendaban los pies y luego quisieron desvendárselos: los tenían podridos y, sin vendas, dolían a rabiar.

Conviene dejar eso bien grabado, aun a riesgo de aburrir a tu público menudo (al que, sin duda, aburrirás).


jueves, 6 de febrero de 2014

My Way: Infelicidad instantánea.

No hay nada más tonto que seguir haciendo las cosas
de la misma forma una y otra vez esperando resultados diferentes.
Epicteto de Frigia


Mientras nos llega o no nos llega la felicidad, queremos ser felices. Y cuanto antes mejor. Y llevamos toda la razón al querer serlo, porque sabemos que es posible si hacemos todo lo que podamos para conseguirlo.

Nos conviene recordar que es difícil que lo que ha costado decenas de años alcanzar a religiosas de clausura y varias reencarnaciones al Dalai Lama nos vaya a llegar a nosotros por ciencia infusa o lotería cósmica el próximo lunes. Y nos conviene recordarlo porque cuando amanezcamos el miércoles y nos demos cuenta de que todavía no somos felices-perdices para siempre jamás, podemos sentir cierta frustración y nos veamos tentados a tirar nuestro proyecto de felicidad sostenible por la ventana del baño.

Como ya sabemos, la frustración es una herramienta muy poco útil excepto para amargarte la vida, destruir tu autoconfianza, echarle a Dios o a otros culpas que no tienen y pegar portazos. Y ninguno de estos resultados son sexys, glamurosos, dadores de energía o provocadores de felicidad. La frustración es paridora de pensamientos altamente peligrosos (para ti y para otros), acciones inadecuadas y muy  malísimos modales.

¿Qué hacer?

Debes saber que, oficialmente, la frustración es una forma muy pobre y poco amable de expresar la realidad: tu rabia por algo que crees que no controlas. La frustración es esperar que el mundo y sus habitantes sean de la forma en que tú quieres que sean porque tú lo dices y lo vales. En realidad, las cosas son como son y ningún grito que pegues a tus hijos o patadas que le des a la papelera va a cambiar eso en este momento. Lo único que en realidad puede cambiar eso que te frustra es tu perspectiva del asunto. Y hay pasos útiles y probados que te ayudarán a manejarte en este espinoso tema. Por desgracia para todos, como el resto de asuntos concernientes a la felicidad, son pasos que no se dan solos y tenemos que trabajarlos hasta que los hacemos hábito en nosotros:


  • Lo primero de todo, la base, es saber qué es lo que está causando tu frustación. Dar patadas al gato o hacer un comentario sarcástico sobre la habilidad de tu hijo jugando fútbol no te dará pistas y sí la infelicidad instantánea. Tienes que buscar una alternativa saludable para ti, el gato y tu hijo. Quizás te ayude saber que los motivos más comunes causantes de frustración son: la impaciencia por la lentitud de otras personas, el sistema o Dios. La poca o lenta comprensión que otros muestran de los hechos o la situación en liza. La falta de fiabilidad --a tu parecer-- de otra persona, de la información o del sistema. Sentido general de traición o injusticia acerca de las cosas que están ocurriendo en tu triste vida. El sentimiento resultante de no haber hecho algo o de no haberlo hecho a tiempo. Querer que las cosas se hagan siempre a tu manera...
  • Reflexiona bien sobre las respuestas que te lleguen al respecto del punto 1 y encuentra un "contra-pensamiento" que relaje tu frustración. Por ejemplo, si estás rabioso porque odias los lunes y, además, está lloviendo y el agua te deja el pelo hecho un asco, la gente choca contigo en la calle y tu taxi llega con retraso (tienes una reunión a la que llegas tarde) no hay nada que puedas hacer al respecto más que aceptar los hechos (si es con humor, mejor). Decide que la próxima vez cogerás un paraguas y llamarás un taxi con más tiempo. En cuanto al pelo, quizás quieras dejártelo rizado de aquí en adelante...
  • Cuando veas que la frustración se acerca (en cuanto te fijes de forma consciente en cómo te sientes, aprenderás enseguida a notarlo), respira profundamente y cuenta despacio hasta diez. Esta es una buena forma de crear tu reacción en lugar de simplemente reaccionar y crear tu frustración. Al llegar a diez, estarás preparado para, tranquilamente, hacerte algunas preguntas que te ayudarán a manejar el momento: ¿Son las cosas realmente y al ciento por ciento tal y como yo las estoy percibiendo ahora? ¿Qué tipo de reacción puedo ofrecer que exprese de forma adecuada mi preocupación, mi pasmo y mis deseos en este asunto? ¿Qué palabras puedo utilizar para expresar mi necesidad de ver las cosas también a mi manera? ¿Estoy mirando también las cosas desde el punto de vista del otro?
  • Recuerda que la frustración nace siempre de tu deseo de que las cosas o la gente sean de la forma en que las tienes grabadas en tu cabeza. ¿Es la única forma correcta en que la gente o las cosas deban ser? Esta es una pregunta más importante de lo que parece, sobre todo para tu bienestar... Conocí a una mujer que aseveraba con rotundidad que las cosas solo se pueden hacer de dos formas: bien o mal. Teniendo en cuenta que somos casi siete mil millones de humanos en este planeta, da miedo pensar que solo se pueden fregar los platos de una manera: la correcta. ¿Con guantes o sin guantes? ¿Empiezo por los vasos o por los platos de postre? ¿Con estropajo o con esponja? ¿Las sartenes lo último o lo primero? ¿Sujeto los cacharros con la izquierda aunque sea diestro, o con la derecha? ¿Mucha o poca espuma? ¿Los aclaro en la pila o directamente bajo el grifo?...
  • Practica el hablar contigo mismo cada vez que la frustración amenace con aparecer. Con el tiempo, tu razonamiento será de forma automática beneficioso para tu salud emocional. Como todo, cuanto más se practica más se sabe sobre este asunto.
  • Si nada de esto te da resultado, dale otra patada al gato... Quizás esta vez funcione. 
La felicidad llega muchas veces cuando menos te la esperas. Pero siempre que llega ya te lo estabas pasando bien...

lunes, 27 de enero de 2014

Objetivos... ¿te rompen la cabeza y te quitan el sueño?

¡Qué vida tan maravillosa tuve!
Ojalá me hubiera dado cuenta antes.
Collette.

Un día dejaré de alisarme el pelo, no andaré en todo momento en zapatillas de deporte y no comeré lo mismo a diario. Me acordaré del cumpleaños de mis amigos, aprenderé photoshop, no dejaré que mis hijos vean la tele mientras desayunan (o cenan) y leeré finalmente a Shakespeare. Reiré más, pasaré más tiempo divirtiéndome, haré ejercicio tres veces por semana, seré más amable, visitaré una vez al mes un museo y no conduciré con la cabeza en otro lado...

Si has pensado en todos estos objetivos de forma imprecisa, como lo hemos hecho todos, y luego te flagelas porque no te pones a ello, te gustará saber que hay solución. Y no es tan difícil como parece. Basta concretar, como decía el otro día, y tener claro el objetivo y sus beneficios. Pero, además, ésto se puede hacer con facilidad y comodidad...

*****

Una mañana lluviosa de abril de hace unos años, mientras se dirigía al otro lado de su ciudad -Nueva York-,  Gretchen Rubin fué atacada por la pregunta: "¿Qué es lo que quiero de la vida?". Y la respuesta fué tan imprecisa como contundente: "Quiero ser feliz"...

No era infeliz. De hecho, tenía muchas cosas para ser feliz: estaba casada con el amor de su vida, tenía dos hijas preciosas y encantadoras, trabajaba en lo que le gustaba (era escritora y antes había sido abogada), vivía en Nueva York -su ciudad favorita de todo el mundo-. Tenía una relación magnífica con sus padres, hermana y suegros, estrecha de verdad. Gozaba de salud, tenía buenos amigos y no necesitaba teñirse el pelo... Pero nunca había pensado en qué cosas la hacían feliz o en cómo serlo mas.

Pero, ¿es esto todo lo que hay?, se preguntó. Y la respuesta que le llegó fue: "Sí, así es". 

Y decidió que no sería así. ¿Cómo podría aprender a ser más feliz, consciente y consistentemente más feliz?

Mientras el autobús avanzaba hacia su destino, se dijo que tenía que ocuparse de ello. En cuanto tuviera un poco de tiempo libre empezaría un plan de felicidad...

No encontraba el momento, eso era lo malo.

Pero un día cayó en la cuenta de dos cosas: 1) No era tan feliz como podría y debería; y 2) su vida no iba a cambiar a no ser que la cambiara ella.

Recuerdo mi momento "Ajá!" con un encogimiento de estómago. Porque ese momento es lo mejor y lo peor que te puede pasar nunca. Lo mejor, porque es la revelación más importante de tu vida; y lo peor porque una vez que caes en ello ya no hay marcha atrás. Y tienes que ponerte a trabajar en el objetivo: ser feliz (y si no lo haces, eres un poco menos feliz todavía que antes del "¡ajá!", y eso da muchísima lata, como ya os he contado. Requiere mucha investigación, como sabéis).

De todo su magnífico proyecto de felicidad, el descubrimiento más importante de Gretchen Rubin para mi gusto fue la serie de trucos que descubrió para cumplir sus objetivos. Sirven para trabajar con y alcanzar cualquier objetivo, incluidos los de ser feliz o manejar un país con eficacia. Son sencillos y manejables, nada angustiosos y gratis. Y ahí van:

  • Pon por escrito tu objetivo
  • Haz una larga lista de cosas-a-hacer para alcanzar tu objetivo (de este modo te regalas a ti mismo  una sensación de progreso según vas tachando los pasos dados hacia tu objetivo).
  • Divide la tarea principal en tareas menores y más manejables, y comienza por las más fáciles. Si continuamente nos fijamos en las tareas que podemos llevar a cabo, pronto descubriremos qué pocas son las que no podemos hacer.
  • Ponte una fecha límite para cada una de las tareas.
  • No tires la toalla si algo interfiere en esa fecha límite; vuelve a ponerla.
  • Pide consejo y apoyo a la gente que sepas que puede ayudarte en los pasos que estás dando. 
  • Familiarízate con el trabajo de otros, así no tendrás que reinventar el fuego. Pero huye de los que te digan que es imposible, difícil o incluso "algo complicado".
  • A veces ayuda mantener el bastión bajo, de forma que no te preocupe el hecho de cometer errores. Y a veces ayuda mantener el bastión alto, de forma que no tengas excusa para...
  • No dejes que lo perfecto sea enemigo de lo bueno: siempre, siempre es mejor hacer algo de forma imperfecta que no hacer nada a la perfección (de esto ya hemos hablado :-D).
  • Recuerda siempre que un objetivo cumplido, por pequeño que sea, es una de las grandes satisfacciones de la vida. ¡Aunque lo hayas cumplido regular! :-D
  • La perfección es el enemigo; ponle un puente de plata.

Piensa siempre en lo que tienes que hacer como algo sencillo, y se convertirá en sencillo. (Émile Coué)





domingo, 29 de diciembre de 2013

Año Nuevo: Lista de deseos y buenos propósitos

Considero más valiente al que conquista sus deseos
que al que conquista a sus enemigos,
ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.
Aristóteles


Cada año viejo estamos dispuestos -o casi- a hacer del nuevo año algo mucho mejor. Decidimos, cada final de Diciembre, que el próximo año será distinto.

Revisamos nuestros buenos propósitos y redactamos mentalmente nuestra nueva lista de deseos; yo incluso la escribo. Parecen dos cosas desiguales, pero ¿lo son?

Si las repasamos bien veremos que ambas están entrelazadas de forma muy estrecha. Y, además, casualmente se parecen mucho, pero mucho -ohhhhh...- a las del año anterior. Y así cada año de dios.

En realidad nuestro buenos propósitos se basan, siempre, en nuestra lista de deseos a corto y medio lazo. Por ejemplo, ese propósito anual de medio planeta de dejar de fumar -y del 1 de enero no pasa- esconde el deseo de llevar una vida más sana, física o social: evitar un enfisema o una embolia pulmonar, o dejar de ser un paria social, ése único miembro del grupo que todavía fuma y se va a la cocina en medio de la más interesante de las conversaciones. O ese otro tan popular de empezar a hacer ejercicio (más vida sana): correr, nadar o ir al gym, como llaman ahora al polideportivo del barrio.

Si nos fijamos bien, los buenos propósitos y los deseos de nuestra lista son intercambiables y reversibles, y con frecuencia son los mismos año tras año. Porque los humanos pedimos, una y otra vez, año tras año, dejar de fumar, poner orden en nuestra casa (y a ser posible en nuestra vida), escuchar más atentamente a nuestra pareja (si se decide a hablar; con suerte, ese será su propósito de este fin de año), ir en junio sin excusas a la función de fin de curso del niño, meditar y/o establecer media hora al día para nosotros mismos, perder esos ocho kilitos de más, salir un poco antes del despacho, cenar en familia a diario, una cita mensual a solas con nuestro cónyuge, hacernos un corte de pelo decente, divorciarnos o casarnos (de este año no pasa), aceptar lo que no podemos cambiar (y procesar de la mejor manera posible el hecho de que no podemos cambiarlo), llamar con más frecuencia a nuestros padres y hermanos, etc.

Algo no funciona, año tras año, y los buenos propósitos se quedan en propósitos y los deseos se quedan sin cumplir. ¿Qué será, será?

He descubierto la razón, y es muy sencilla: nos planteamos una idea romántica de nuestra nueva vida maravillosa... en la que pensamos sólo de vez en cuando y de forma muy vaga, sin concretar.

Y esa visión bucólica de nuestra vida por venir no la haremos realidad solo con pensamientos y ensoñaciones espasmódicos con los que disfrutamos un rato cada fin de semana, pensando: "¿No sería maravilloso si....?", pero sin hacer nada REAL al respecto. No tomamos la acción necesaria porque no sabemos por dónde empezar a caminar desde donde estamos hasta esa escena maravillosa en la que sería estupendo estar, por ejemplo, el martes que viene.

Creo que no sabemos por dónde empezar porque no tenemos una visión clara y rotunda, casi obsesiva, de esa nueva vida feliz. Sencillamente pensamos que sería maravilloso, pero en realidad no nos lo creemos y, en consecuencia, no hacemos nada al respecto (o hacemos todo lo contrario a lo que aconseja el sentido común, como por ejemplo comer más o comprar mucho bonito y barato), volviendo a la realidad y desechando nuestra visión por imposible.

Pues hay buenas noticias: esas visiones personales no son ninguna tontería imposible, sino que son reales, posibles y, cuando perseveramos, se cumplen. George Washington soñó con una Norteamérica unida, Marting Luther King con la igualdad entre blancos y negros, Mandela con una Sudáfrica libre del apartheid y Bill Gates con un ordenador en cada casa del planeta... Unos han tardado más que otros en cumplirse, pero todos esos deseos y grandiosas visiones personales se cumplieron, respaldados por la confianza, la fe de sus soñadores y el trabajo de los mismos en pos de su visión.

¿No podríamos perseverar en la nuestra que, con seguridad, será más humilde que las de arriba pero no por ello menos valiosa? (al menos para nosotros, sino para el mundo entero, eh?). ¿No traerá a nuestra vida más felicidad una idea firme y enfocada de nuestra relación de pareja satisfactoria, los ojos brillantes de nuestros hijos al vernos entre los espectadores de su función, un cuerpo más ágil y sano, una jornada laboral menos estresante o la alegría de nuestros padres al oír nuestra voz al teléfono cuando lo que espera es publicidad de móviles? ¡Al menos tenemos garantizados los buenos ratos que pasaremos visionando esos resultados!

A los que nos cuesta perseverar, sea por descreímiento o pereza, nos hacen falta algunas ayudas extras, y es importante que las busquemos. Una de las más satisfactorias y divertidas que yo he encontrado es hacer un tablero que represente nuestra visión personal, lo que queremos que entre en nuestras vidas (sea lo que sea, es posible). Los americanos lo llaman vision board.

Es importante, al empezar, que basemos nuestras elecciones en lo que nos haga sentir más felices y más "sueltos" (¡libres?) y no en cómo pensamos que debería ser o parecer una vida ideal general. Hay que concretar.

Cárgate de revistas y folletos que tengas por casa, o mira imágenes por internet; necesitarás también unas tijeras, un pliego grande de papel (de embalar, por ejemplo) y una barra de pegamento. Pega o pincha el enorme pliego de papel en la pared, en un lugar en el que lo veas bien y a menudo (¿enfrente de tu escritorio?), porque ese es tu tablero donde pegarás todos tus deseos y sueños, a todo color. En el centro de tu tablero, pega una foto tuya en la que se te vea con claridad. Cada tanto, cuando te apetezca, dedica un rato a tu tablero.

Según vayas hojeando las revista o folletos, ve recortando de ellos "estampas" de lo que represente una parte o el todo de esa visión (de momento, futura) que tienes, y ve pegándolas alrededor de tu excelsa figura en el papel de embalar, colocándolas a tu gusto, más cerca o más lejos dependiendo de la prisa que tengas por hacer realidad esa área concreta de tu visión (¿el masseratti antes que la moto, el nuevo trabajo que te apasiona antes que la casa de tus sueños, o al revés?).

Si esta receta dispara tu incredulidad y tu cinismo, te entiendo perfectamente. A mí me pasó exactamente eso la primera vez que lo leí. Pero, le di una oportunidad. Y resultó que funcionaba. Y aunque estoy aún algo lejos de haber cumplido todas mis visiones, también es cierto que muchas de ellas se cumplieron ya.

Además, lo paso rebién eligiendo cuidadosamente las estampas (con la costumbre, te vas haciendo más selectivo) que recorto (son tantas que ya no las pego, las meto en una caja grande y las miro una y otra vez). He acabado por aceptar que algunos de esos deseos tardan más de un mes en cumplirse :-D... pero llegan. 

Esta estrategia funciona no porque tu tablero visionario impacte por sí mismo tu realidad y tu futuro, sino porque impactan tu cerebro al seleccionar las imágenes, las que a su vez quedan grabadas en tu subconsciente y lo llevarán a guiarte hacia las acciones que más ayuden a hacer realidad esa visión tuya. En resumen: este tablero visionario te ayuda a enfocarte en tu deseo, lo hace cada vez más fuerte y más posible a tus ojos (te familiarizas con él y finalmente no lo consideras algo tan lejano o imposible), casi te obsesionas con él y acabas dando por hecho que lo conseguirás. Y así será.

Mientra jugamos al visionario, es importante que tengamos en cuenta tres cosas:

1.- Hay que dejar marchar lo que no funciona: no te aferres a hábitos, personas o cosas que debilitan tu visión.

2.- No temas al fracaso ni te preocupes por los errores que puedas cometer (los cometerás). De esa forma te paralizarás y no harás nada en tu beneficio, todo seguirá igual y tu lista del año que viene ser parecerá horrorosamente a la de este. El éxito está construido de esos pequeños o grandes errores, y si te relajas al respecto pronto aprenderás a "hacer las cosas bien". Bien o mal, hazlo!

3.- Presta atención y prioridad absoluta a lo que de verdad sea importante para ti. No tengas en cuenta las prioridades de otros a la hora de tomar decisiones sobre lo que quieres en tu vida. Relájate porque al principio puede que te cueste hacerlo así, pero pronto descubrirás que si vives tu propia vida los otros no tendrán más remedio que hacer lo propio con las suyas, y todos tan contentos. Los códigos de alerta máxima de otros no son prioritarios para ti. Nunca. Y no estoy hablando de elegir entre emergencias médicas de hijos o padres ancianos o irte al gym, o de irte a cenar con las chicas si tu cónyuge necesita hacerte una consulta vital. Esos son códigos de alerta máxima compartidos...

Y con todo esto te deseo una larga lista de deseos, cumplidos y por cumplir, para 2014.

¡Felices y prósperos propósitos nuevos!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Jingle Bells, Jingle Bells....

La Navidad no es un momento ni una estación,
sino un estado de la mente.  (Calvin Coolidge)


Época complicada, eh?

Y muy especial. Algunos temen la Navidad, otros la odian, definitivamente; y muchos, muchos más, la amamos y esperamos de esta época, cada año, que se cumplan esos deseos, materiales y no materiales, que llevamos tiempo anhelando...

Según estudios sociológicos variados, al entrar en fechas navideñas, nuestra mente hace un click, a veces de forma inesperada, y nuestros sentimientos -durante esta época- se transforman en deseos universales de paz y alegría, y esas mismas expectativas hacen que nuestra actitud, a lo largo de estos días, se conviertan en un paréntesis de anhelos generosos y sinceros de bien común y felicidad universal.

Además de nuestros deseos de salud para nuestros seres queridos que no la tengan en ese momento en su punto más álgido (la petición con más votos) deseamos con todo nuestro corazón que los hambrientos no lo estén, que paren las guerras, que se arreglen los problemas familiares y -en contra de todo lo que creemos el resto del año- pensamos que todo eso es posible y, además, que se puede arreglar durante estos días.

Todos sabemos que no todo se arregla todas las Navidades, ni para nuestros seres queridos ni para la totalidad de la Humanidad, pero lo importante de estas fechas es ese sentimiento de bien común y deseos de felicidad para todos porque esa actitud, la fuerza de ese anhelo, asegura que muchos de esos deseos, muchos, sí se cumplirán este año.

La nostalgia, que no la tristeza, también es un sentimiento navideño, y hace años que dejó de asustarme. Tenemos derecho a ello, nuestro corazón echa de menos a los que ya no están; recordamos la euforia de estos días en nuestra infancia y procuramos ofrecérsela a nuestros hijos; cocinamos con pasión esas comidas festivas que compartimos con nuestras familias o amigos; hacemos largas cartas a los Reyes Magos, en las que aún pedimos que tengan pan y alegría aquellos que no los tienen aún y pedimos por nuestros padres y nuestros hijos, y pedimos consuelo para aquellos que pasan su primera Navidad sin sus parejas, sin un hijo o sin un padre o madre.

También es un buen momento para aceptar y dejar de luchas contra lo que hemos perdido y que sabemos que ya no volverá, y seguir adelante alegremente en la seguridad de que quedan muchas personas y muchas cosas que llegarán a nuestras vidas compensando, en parte, nuestras pérdidas.

Ahora mismo hay gente que dedica estos días a apoyar a hijos que tienen un progenitor enfermo (tengo una amiga gigante que se ha llevado a su casa a su ex marido enfermo para que sus hijas puedan pasar con él sus últimas Navidades); gente que está consolando a personas que han perdido a un ser querido y muy cercano; gente que está cocinando para algún pariente o amigo menos favorecido...

Pero al final el aire festivo es contagioso y puede con todo y, al menos durante unos minutos, si dejamos esa puerta abierta, sentiremos ese espíritu navideño que invade todo el planeta (la Navidad es una época alegre y de expectativas para el 97,3% de la raza humana, lo creas o no). Dejémonos arrastrar por él.

Tanta energía aunada en tantos puntos del globo tiene tal fuerza que podría iluminar (gratis) cualquier país del mundo durante todo el mes de Diciembre. ¿No es una locura que, cuando acaban las Navidades, dejemos -por desidia o falta de tiempo, tanto da- que todo eso se apague?

Decía Harlan Miller que ojalá el espíritu de la Navidad pudiera ser embotellado y decidiéramos abrir un bote de Navidad cada mes del año... 

Hagamos con alegría y agradecimiento nuestras listas de deseos, cocinemos para los nuestros con la intención de darles un festín.  Pongamos música y cantemos villancicos. Brindemos con champán por nuestras bendiciones. Pasemos ratos de sofá y manta viendo pelis navideñas en la tele en compañía de nuestros hijos. Salgamos a pasear al frío, hagamos nuestras compras con sensatez y reverencia. Y hagamos que estos días sean memorables por un sinfín de motivos, que existen y que agradeceremos al recordar.

Y deseemos que todos y cada uno de los niños, mujeres y hombres que pisan en este momento el planeta pueda sentir alegría durante estos días. No podemos dar de comer ni podemos cobijar personalmente a todos y cada uno de nuestros congéneres, pero sí podemos ofrecer a quien corresponda el agradecimiento que sentimos por nuestros privilegios, disfrutándolos sin culpa. Podemos donar todo aquello que no utilizamos. Podemos regalar parte de nuestro tiempo en comedores sociales o residencias de ancianos. Podemos cocinar para algún familiar o conocido que se encuentre en situación precaria, ya sea de salud, económica o con falta de ánimo.

Aunque no es obligatorio ni motivo de culpa el no hacerlo, es una opción que está ahí y podemos elegir.

Recuerdo mi comida con la psicóloga Encarna Nouvilas. Recuerdo en cómo me insistía  en que uno de los procuradores más efectivos de felicidad para el ser humano es dedicar tiempo y alegría a algo más grande que tú, a algo más allá de tu propio ombligo.

Estoy por creerla. Y creo que estos días de buenos propósitos y anhelos festivos podría ser un buen momento -quizás el mejor- para darle una vuelta a esa posibilidad.

¡Felicísima Navidad a todos!

lunes, 2 de diciembre de 2013

Comer, comer, comer...

Hay tanto placer en preparar y compartir una buena comida...
Ard Bia Cookbook

Como he decidido llegar a Navidad con un par de kilos menos para no salir de ella con cuatro kilos más, no dejo de pensar en la comida.
Ard Bia at Nimmo´s

Desde que hace unos días, durante mi estancia en Altea y Cartagena, tomé la decisión de bajar esos kilitos, he hecho tres cursos de cocina (ninguno light), no paro de leer y releer mis amadísimos libros sobre el asunto de los comeres y cocino de forma furibunda y entusiasta cosas llenas de mantequilla, nata (light, eso sí), harina, rellenos variados, fritos y rebozados...

No sé si os pasa lo mismo pero es empezar a sopesar la idea de ponerme a dieta y me aparece de inmediato un letrero -luminoso- en la mente que dice: COMER, COMER, COMER.

Así que es posible que durante un tiempo parlotee sobre uno de los mayores placeres de la vida, uno de esos que me producen contento de verdad: cocinar.

*     *     *

Hasta donde alcanza mi memoria, siempre me ha gustado cocinar. A excepción de esa temporada en que los hijos solo quieren macarrones con tomate y filetes empanados, que para mi fué de frustración y desgana, siempre he disfrutado entre los fogones.

Para inspirarme, empiezo por repasar mis libros de recetas. Tengo una buena colección de ellos pero mi absoluto favorito desde mi último cumple el pasado enero es el que me regaló mi hija mayor con motivo de tan importante evento: Ard Bia Cookbook: Morning, Lunchtime, Afternoon, Evening, After Dinner & Pantry, reza el título.

Desde hace tres años, mi hija mayor vive en Galway, una preciosa ciudad costera irlandesa, donde imparte clases en el máster de interpretación de la Universidad Nacional de Irlanda. Ard Bia at Nimmos es uno de sus restaurantes favoritos. Es una encantadora mezcla de pub irlandés y restaurante, pegado al Spanish Arch al borde urbano del Atlántico. Allí me llevó un día mi hija a desayunar y me enamoré también del sitio. (Y de su roibos con miel, aunque no me gusta la miel).

Y el Ard Bia Cookbook es su libro de recetas. En él encuentro todo lo que tienen en su carta, cualquier receta de sus desayunos, su platos fuertes, las salsas y siropes con que riegan o acompañan sus panes o sus ensaladas, sus Patrick´s potatos (ñam, ñam) y una información detallada sobre especias conocidas y no tan conocidas que es una delicia repasar y en la que me entretengo más de la cuenta.

Total, que cada vez que voy a buscar una receta, me repaso el libro entero porque entre las fotos, la información que da sobre alguno de los ingredientes, el comentario personal de la autora sobre la receta o la pequeña historia que te cuenta para convertirte a la bonanza de la ecología en la alimentación, te dan las dos de la tarde y al final tienes que hacer deprisa y corriendo lo de siempre...

Como hoy que, después de haber descubierto que el cardamomo es un arbusto de hasta 4 metros, que su mayor productor mundial actual es Guatemala, que es digestivo, carminativo y templador de nervios, tengo que ponerme a hacer los filetes rebozados de mi suegra. Desde que los probé hace ya muuuuuchos años, jamás he vuelto a empanar un filete.


FILETES REBOZADOS DE ROSARIO:

-Filetes finos (de ternera, cinta de lomo o pollo)
-Harina fina de trigo
-1 ó 2 Huevos batidos con (o sin) perejil picado.
-Aceite, sal, pimienta

  1. Salpimentar los filetes (poca pimienta). 
  2. Pasarlos por harina, y sacudir el exceso.
  3. Pasarlos por el huevo y freír en aceite bien caliente (que no humee, un poco menos), dorando por los dos lados.


Servir con ensalada y patatas fritas.
Chuparte los dedos y querer repetir. (Pero no quedan)

Después de probar los filetes rebozados de Rosario, nunca volví a empanar una carne. Rebozados salen jugosos y muchos más tiernos que envueltos en pan. La próxima vez querrás hacer más de los necesarios: dejarás los que sobren en la encimera de la cocina y, a lo largo de la tarde, irán desapareciendo -miseriosamente- por trozos. Cuando vayas a picar tú un trocito, ya no habrá. Tienes que espabilar.

Un consejo útil: La próxima vez que los hagas, deja unas tijeras de cocina en la bandeja de los filetes que sobraron; los cortarán en lugar de arancarles trozos, con lo que el aspecto de las sobras será menos horrible. Y acuérdate de guardar uno de los filetes sobrantes en tu armario. Bajo llave. ¡Seguro que ahí no los encontrarán!