domingo, 25 de agosto de 2013

Relaciones (I): Yo, Mi, Me, Conmigo...

Todo hombre es tonto de remate al menos durante cinco minutos al día.
La sabiduría consiste en no rebasar el límite.
Elbert Hubbard (ensayista estadounidense)



Facebook ha decidido que este verano tengo una relación sentimental complicada. Y no le falta razón...

Anteayer leí en mi Facebook que varias amigas mías, sin novio conocido durane años, tienen pareja. Este verano han encontrado su media naranja; o, al menos, tienen la suficiente fe en haberlo hecho como para iniciar una relación y reflejarlo en su perfil de Facebook: María C. tiene una relación con Joaquín P; Elisa V. tiene una relación con Paco M.; Susana F-C tiene una relación con Maricarmen B. (¡¡¡sorpresa!!!); una querida amiga puertorriqueña se ha comprometido a la antigua usanza: brillantazo en el dedo anular; será su segunda boda... Todos estos anuncios en los perfiles vienen seguidos de un corazón rojo vivo. Incluso mi amiga de la infancia, Rosamari M., nos ha anunciado al grupo su boda para septiembre (no en Facebook; también será su segunda boda. Y mi amiga Mayte de Altea, cantante de ópera, ¡¡¡se ha casado again!!! Bueno, eso no ha sido taaaaan sorpresa, porque se ha casado con el que llevaba siendo su marido de hecho ¿veinte, veinticinco años? Hasta mi amiga Edi le dió el sí quiero a su churri el invierno pasado, después de cientos de años intentando convencerla, entre todos los que la queremos, de que lo hiciera (somos muchos).

O sea, que todos éstos últimos no son ligues de verano, parece que tienen la intención de seguir juntos por toda la eternidad (dure ésta lo que dure). Así sea amén Jesús.

Un poco envidiosa ante tanta buena noticia romancil -y algo preocupada por no tener reflejado en mi biografía mi status sentimental- , decido no ser menos y especificar mi realidad en Facebook (si no estás en las redes no existes; lo sabes, ¿verdad?). Aunque esa mi realidad pueda parecer triste a muchas mujeres deseosas de pareja estable, no lo es. Es... diferente.

Me meto en el apartijo Información y me voy a la casilla de "Situación sentimental..." (te dan a elegir varios modelos incluidos el de viuda y soltera) y luego a la de "con...." (y aquí rellenas con el nombre del amado/a). El corazón rojo sangre no aparece por ningún lado, se ve que la máquina lo añade luego a su discreción para darle más ínfulas de felicidad a tu estado, dependiendo del que sea tu estado.

Veamos, ¿tengo una relación importante, sí o no? Sí, la tengo. Así que pincho en "tiene una relación", y cuando estoy pinchando eso, veo que tengo la opción de poner la verdad ("tiene una relación abierta"). Me siento inclinada a la sinceridad en la red y pincho ésa, que se acerca mucho más a mi realidad verdadera :-D. Y llego al "con...". Oooops, ¿y cómo pongo "conmigo misma"? Pues así mismo, "conmigo misma". No me la acepta, y todo rebota automáticamente a EN BLANCO. Repito los pasos del 1 al 3. Mismo resultado. En blanco.

Pienso un poco y caigo: ¡claro! hay que ponerlo con mayúsculas. Repito el paso 3 y pongo "Migo Misma" y le doy a guardar. La máquina se lo piensa también un poco y toma una decisión. Vuelve a dejar la casilla EN BLANCO. ¿Jelóuuuuu?

Le doy al asunto otro par de vueltas, y vuelvo a caer: ¡tengo que poner nombre y apellidos reales! ¡Qué boba! (¿y cómo sabe la máquina que Migo Misma no es mi nombre y apellido real? I wonder. Decido no preocuparme por ese asunto). Muy contenta por mi perspicacia, relleno la casilla con el nombre de mi amado, Rosa H. Mula, y le doy a guardar. Posiblemente, al especificar el nombre de mi amado, me casque un corazón rojo pasión detrás de mi propio nombre :-D; me pongo tan contenta.

Pero la máquina no reacciona; está pensando. El simbolito de "Please wait", esa espiral azulita que da vueltas y vueltas cuando más prisa tienes, tarda más de lo esperado. ¿Y qué demonios pasa ahora? No exagero nada si digo que tardó en tomar su decisión unos dos minutos (lo que tardo en fumarme, impaciente, un cigarrillo). Bueno, ¡por fin! Le doy a guardar y cierro el ordenador. (Que lata, oye. Ya me acuerdo por qué no relleno la información de los perfiles que tengo en las redes). Me voy a dormir, que ya es hora.

No han pasado tres minutos y veo un aviso wasap en el móvil. Me pueden la curiosidad y el miedo, y lo miro. Desde que mi hija mayor vive fuera, hace ya seis años, tengo el móvil encendido día y noche. Por si acaso. 

¡Felicidades, pillina!, reza el mensaje de una amiga. Bueno, bueno, ya empiezan las felicitaciones de Santa Rosa de Lima. Además del clásico 31 de agosto de toda la vida, ahora la santa está en el 23 del mismo mes, después de haber pasado por el 28 más caluroso del año. Cierro el móvil y me voy a la cama, ya veré las felicitaciones dentro de un rato, cuando me levante al amanecer. Hoy ya lo he dado todo por Dios, por la patria y San José.

*     *     *

Con el primer café suena en mi móvil Duncan Dhu cantando Jardín de Rosas. Joeeeee, ¡no sé para qué me pongo alarmas si me levanto antes que ellas!

Al ir a apagar la dichosa alarma, que amenaza con despertar a todo El Sotillo, veo que tengo más mensajes de los habituales para esa hora (7.30 a.m.) en el móvil. En concreto, siete. ¿Les habrá pasado algo a las mis niñas? Enseguida lo descarto. Les tengo dicho que si es urgente o importante llamen por teléfono, no mensajes... ¡Ah, que es Santa Rosa y me felicitan!

Efectivamente, me felicitan. Pero, ¿por qué me llaman pillina, me dicen que ¡por fin! y pone "cacho perra" en uno de los mensajes? (¡Quelle élégance!, como diría mi nuero francés). No entiendo nada. Miro la hora de los mensajes y están todos entre las 2 y las 3 de la madrugáh. Incrédibol. ¿La gente emparejada está mirando Facebook a esa hora? ¿Y qué hace el novio? Sentado en la cama a su lado, ¿mira también su perfil? ¡Qué desperdicio de tiempo!

A las 11:05h me entra un wasap de mi hija mayor. Con mucha delicadeza y emoticonos de besos, risas y sorpresa me dice: "Uy, Mamu, qué es eso que te has puesto en Facebook de que estás en una relación complicada?"

¿¿Eeeehhhh??? Me voy corriendo al ordenador y abro Facebook. Y se desvela el misterio, esplendoroso...

ES COMPLICADO aparece en mi casilla de "Situación sentimental" como estado definitivo de mi relación amorosa conmigo misma. No aparecen mi nombre  ni apellido, y tampoco se me ha adjudicado un corazón rojo pasión al lado. Pero, ¿la puta máquina tampoco me hizo caso con mi nombre y apellido reales?

Desde luego el Facebook será sensible, incluso inteligente e intuitivo, pero sentido del humor tiene cero. También mi relación con él es algo complicada... Suspiro pensando en mi ovejero sueco (ex): esa sí que era una relación complicada. De las que te obligan a depilarte entera cuando ya no recuerdas cómo se hace. Pero, ¡taaaaan divertida! Sniff, sniff, trabajos de amor perdidos.

Me rindo y cierro asqueada el ordenador. Me preocupa que la máquina tenga sensibilidad humana, que intuya que mi relación conmigo misma es complicada, cosa que no le he confiado...

Hombre, a la máquina no le falta razón. Mi relación sentimental conmigo misma es complicada casi siempre. Desde que nací. Ni conmigo ni sin mí tienen mis males remedio.

Y creo que, por definición, es así para todo el mundo, al menos hasta que te hartas del asunto y dejas de pelear. Ejerce mucha presión saber -aunque no estemos conscientes de ello cada segundo- que ésa es la única relación que, para bien o para mal, durará todas las vidas (ésta y las del más allá). Es la única relación que, tarde o temprano, tienes que enfrentar y resolver de forma pacífica porque tú eres la única mujer, o el único marido, de los que nunca te podrás divorciar (¡qué agobio!). Es la única relación con la que, te guste o no, estás comprometido hasta las trancas y hasta la muerte, por toda la eternidad...  En fin, un dolor de cabeza cansino por lo persistente, y mucho más fuerte que un novio aburrido o un marido perverso.

Y lo más aterrador es que todas las demás relaciones que tengas y vayas a tener a lo largo del resto de tus vidas, están basadas en ésta, la básica. Cuando caí en la cuenta, sopesé la posibilidad de dejar de creer en la eternidad; si un matrimonio de veinte años me parece un imposible, un matrimonio eterno... Prefiero no pensar en ello. 

Decía Pablo Neruda que algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar te encontrarás a ti mismo, y ésa, y solo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas. Por lo general, no me gustan las sorpresas, y menos a la vuelta de una desconocida esquina en un momento ignoto.

Así que respecto a esto tomé decisiones importantes hace ya años, y las sigo a rajatabla. Creo que me hice un favor y se lo hice a todos los que me tratan. Te aconsejo que adoptes mi código de Relación Conmigo Misma, o alguno muy parecido; te facilitará la vida.

Mi relación conmigo misma es abierta. Siempre me doy la razón; respeto todo lo que pienso, digo y hago como si fuera realmente respetable; reconozco que he metido la pata cuando lo hago y a otra cosa mariposa (se pierde mucho tiempo buscando excusas para que cuadre una versión irreal de la historia, incluso ante mí misma); si el fallo es muy gordo, pienso que más se perdió en Cuba y me perdono de inmediato; luego, si creo que tiene arreglo, me pongo a ello.  

Si la vida es eterna, tengo muuuuuucho tiempo para hacerlo bien, y si no es eterna el problema quedará cerrado de forma definitiva en cuanto presente suela, como dice mi cuñado Juanjo. Yo creo en Dios, pero si luego no está donde dicen, pues no puedo hacer nada al respecto; pero, mientras tanto, he pensado durante toda mi vida que hubo alguien que me amó tanto que me creó. Nadie jamás me dirá lo que debo hacer, y así nunca podrá penar (o disfrutar) con la idea de que me jodió la vida :-D (esa es la verdadera caridad, aliviar la culpa de otros, juas).

Un buen amigo no tiene precio. Un buen rato tuyo jamás será a costa de un mal rato mío (esto es de mi madre), al menos de forma voluntaria por mi parte, por mucho que te quiera. La bruja que llevo dentro tiene derecho a existir, del mismo modo que lo tiene la bruja que llevas tú. Respeto lo que dices y lo que piensas respecto a cualquier cosa que no tenga que ver conmigo. Lo que tú piensas de mí dice más sobre ti mismo que sobre mi persona; siempre será asunto tuyo. Cada uno pensamos con nuestra cabeza y sentimos con nuestro corazón; saberlo y tenerlo en cuenta facilita mucho el entendimiento con otros. Estoy absolutamente de acuerdo con Ángeles Mastretta en que los maridos son un estado de ánimo, como Nueva York o el rock and roll.

No me preocupa ser o no empática, echo una mano si puedo donde puedo, pero no me mato por nadie; y nunca lo hago si no tengo ganas reales. Sacrificio significa, literalmente, hacer algo sagrado, sacralizar un acto por medio de la alegría; y no me produce ninguna empeñar mi vida -o la mañana- en correr para que otro llegue a tiempo a sus asuntos. Soy fanática en muchas cosas, pero el fanatismo en otros me da miedo; el mío me resulta familiar y lo controlo, el del prójimo no lo hago (ni quiero ni puedo), así que solo tolero mi propio fanatismo.

Ya no me asusta nada de lo que pienso, por muy bestia que pueda parecerme; sé que es algo que pienso, no algo que soy ni siquiera algo que me define. Ya se pasará. Y si no se pasa, peor para él.

Y sí, estoy enganchada al Candy Crush y al Apalabrados. ¿Y?

Hagamos que ésa inevitable (según el poeta) hora de nuestro propio descubrimiento sea una hora feliz... No lo compliquemos; por nuestro bien y por el de toda la Humanidad.

Claro que esto es un resumen, yo siempre atajo; es mi way, como diría mi Elvis... 







martes, 20 de agosto de 2013

Felicidad, musarañas e inspiración

Nada es más nocivo para la creatividad que el furor de la inspiración.
Umberto Ecco


Literalmente, inspirado significa estar habitado por el espíritu. Estar furiosamente inspirado significa estar habitado por el espíritu furiosamente disperso, supongo.

Cada vez que algo nos absorbe tanto que nos sale de un tirón (y no como ahora); cada vez que queremos bailar sin que siquiera suene la música; cada vez que miramos las musarañas y luego el reloj nos dice que hemos estado allí hora y media (y la comida sin hacer); cada vez que establecemos una intención clara acerca de algo o de alguien y suspiramos aliviados (sin necesidad de asesinar); cada vez que damos una clase magistral sin un tropiezo (y sin tener ni idea consciente de lo que estamos hablando); cada vez que nos cuadra una ecuación imposible; cada vez que nos sentamos en el porche de nuestra casa de Barbuda y miramos el mar; cada vez que escuchamos una canción que nos lleva a otro lugar o tiempo,  palante o patrás; cada vez que caemos en la cuenta de que aquella oración fue escuchada; cada vez que escribimos o pintamos algo y no somos capaces de saber de dónde salió eso; cada vez que cambiamos una receta porque nos falta un ingrediente y sale... 

Las cosas no siempre salen tal y como habíamos planeado; de hecho, en pocas ocasiones lo hacen. Por regla general, si nos hemos apartado a un lado después de hacer lo que teníamos que hacer y nos desentendemos del resultado final, éste es mucho mejor de lo que hubiéramos jamás imaginado.

San José, Parque Natural de Cabo de Gata (Almería)
A mí el espíritu me habita en San José, un pequeñísimo y encantador pueblo -que ni siquiera tiene ayuntamiento propio-, enclavado en el Parque Natural de Cabo de Gata (Almería).  Aquí, todos lo veranos, me pasa lo mismo, desde el primer día: cuando creo que tengo miles de horas para escribir por delante, me voy a las musarañas y... me quedo allí el mes de agosto entero. Cocino, leo muchísimo, voy poco a la playa (cada vez tengo menos paciencia con el sol), leo mucho más, escribo poco y miro mucho al vacío. También, cada verano hago, desde hace años, algo que ya se ha convertido en tradición (y cachondeo para mis amigos): escribo una  (o más) nueva versión del capitulo 1 de mi perseguida novela de misterio. No paso de ahí; empiezo a sospechar que será la primera novela en la historia que se compondrá de solo un montón de capitulos 1. El que escriba este año hará el número 19 exactamente... 

Puerto de San José
Creo que no me animo a escribir en serio la novela porque no me animo a hacer sufrir a mi Eloísa, la prota, peluquera de profesión a la que un golpe de ¿suerte? le brinda más de cien millones de euros con condiciones que pone la donante (uy, como me suenaaaa....). Creo que, finalmente, esa donante será su tía Luci, oficialmente echadora de cartas y vendedora de productos de santería en San José, aunque eso solo es una tapadera de algo mucho más complicado (no sé qué aún). La tía Luci también me cae muy bien, pero ya se ha muerto.

Y no me animo a hacer sufrir a la pelirroja Eloísa porque desde casi niña ha tenido una vida muy perra. Huérfana de un adorado padre, hermana de un bipolar prepotente y engreído, sufre la malquerencia de una madre, ex-bailarina y alcohólica, que suspira -aún enfadada- por su perdida oportunidad de danzar desnuda en el Madison Square Garden de Nueva York a causa de un embarazo no deseado que luego se llamó Eloísa. Y una novela de misterio (o de lo que sea) donde la protagonista no sufra ni pizca está condenada al fracaso más rotundo desde mucho antes de su alumbramiento... Así que sigo con mi capítulo 1 en un montón de versiones.


*     *     *

La playa del pueblo (lo juro) antes de las 6 a.m.
En el siglo XVIII se instala la batería costera San José en el promontorio más saliente de la que se llamaba por entonces Bahía del Sollarete. Su misión: vigilar las bahías de Genoveses (hoy una de las playas más codiciadas por el turismo de altos y bajos vuelos de todo el mundo) y de Cala Higuera,  dos fondeaderos naturales muy amados por los piratas berberiscos, donde se proveían de agua y alimentos.

Con el tiempo, y al abrigo de esta instalación militar, creció una pequeña población de pescadores a la que llamaron también San José y que, hasta hace unos años, tenía censados menos de cien habitantes (¡cómo ha cambiado la cosa!). Actualmente hay censada una población de unos 700 habitantes (lo juro), pero en agosto no se sabe cómo se multiplica esto; incalculable. Este año, además, han debido de venir muchos "nuevos" (San José es de muchos fieles y pocos novatos); le comentaba a mi hermana Paloma mientras desayúnabamos nuestra tostada en el Andrea, que encontraba mucho barullo este año y muy desordenado: guiris con todoterrenos en dirección prohibida por la calle principal; españoles con renolesmegán, también en dirección contraria en una de las vías más estrechas, empinadas y curvadas del pueblo, la que sube en dirección única a la playa de Sebastián (no se llama así, pero no sé su nombre verdadero y la llamamos así por el magnífico restaurante sin pretensiones que tiene encima) donde, además, no puedes dar la vuelta en  ningún sitio hasta que llegas casi a la Guardia Civil (a la izquierda, un picado de muchos metros por el que te caes al mar sin remedio). Hombres, mujeres y niños envueltos en pareos, vaqueros, "tirantas" o bermudas -todos en chanclas y brillantes de aceites de coco y monoî- trotando por mitad de la calzada, a metro y medio de los pasos de peatones y cruzando en diagonal en vez de en línea recta... Nada, muy desordenado todo este año; da miedo, casi, entrar con coche al pueblo (¡intenta aparcar! :-D). Parece que todos queremos ir a la misma hora a desayunar al bar Andrea, donde María del Mar o Yésica nos sirven las mejores tostadas del pueblo, si encuentras mesa. Entiendo que el Andrea necesite más clientes que mis hermanos y yo para sobrevivir, pero me da una rabia... 

San José no tiene ayuntamiento; es una de las pedanías del municipio Níjar-San Isidro, desierto puro con tres matojos verdes donde, inexplicablemente, la gente vive de la agricultura. Bueno, ya no es tan inexplicable, porque hasta el Cabo de Gata han llegado los invernaderos dichosos, y eso hace que los campos de Níjar parezcan otro mar de plástico más... Una pega que no espanta a los turistas, y cada vez tenemos más de variados pelajes y lenguas (aquí el turista clásico hasta hace poco era el francés "bien"). 

La playa de Sebastián  :-D
San José vive del turismo, y toda su economía baila a ese son: hoteles, hostales, restaurantes, escuela de buceo (ahora snorkle), alquiler de apartamentos en primera línea de playa, un puerto de refugio que el turismo requirió convertir en puerto deportivo, tienditas de ropa -todas carísimas-, el mercadillo de los domingos, tres pequeños supermercados (el cuarto, un Spar en medio del pueblo, lo cerraron yo creo que por marranos), dos panaderías-pastelerías, bares, pizzerías, el insigne Bar de Jo (para moteros), sucursal del más insigne todavía Bar de Jo de Los Escullos (los asientos son camas de dorados cabeceros, de matrimonio o individuales, con colcha y todo :-D; el baño parece una salita de estar y tienes la sensación de que te está viendo todo el mundo sin bragas, etc.), propiedad de un motero vestido de negro con pañuelo rojo al cuello y larga coleta gris al que a veces, y siempre de noche, ves pasear en su Harley D. Tenemos el Maimono, original bar donde ponen las mejores hamburguesas del mundo (con patatas fritas caseras). Tenemos incluso hippies en el Paseo marítimo, que venden collares de cuentas, pantalones de telas a rayas oscurísimos, derivados del aloe vera 99,9%, pulseras de cuero y plata, bikinis  y broches de croché (¿como se escribe eso, por dios?)Y un año incluso regalaron pulgas. Un día me tengo que echar un amigo hippy y preguntarle cómo se lavan la cabeza los rastas, porque recuerdo que a Bob Marley dicen que le localizaron 132 especies distintas de parásitos en la cabeza (no sabía que había tantosssss). 

San José está a 30 km de Almería capital, a 25 km del aeropuerto internacional de Almería y a 19 km del Mercadona (¡por fin!). Por regla general, no coinciden en el tiempo y el espacio las coberturas de móvil, fijo e Internet. A veces, hay que elegir...

En cuanto a sus playas, la principal del pueblo está siempre petada, imposible plantearse un baño después de las 7 de la mañana por hiperpoblación;  pero luego hay algunas calitas donde la gente de aquí de toda la vida sabe recogerse con cierta intimidad. Y que no voy a dar pista sobre sus ubicaciones porque es una putada para los usuarios. Tendréis que venir y buscarlas vosotros mismos. Y luego, claro, están las Playas Mayores, con mayúsculas.

Los principales puntos de interés de San José son, sin duda alguna, la playa de Genoveses, la playa de Monsul, la playa de la Media Luna y la terraza de mi amiga Concha.

*     *     *

Como digo, en San José me habita el espiritu, pero este año parece habitarme un espiritu desordenado, algo agitado, disperso y con pocas horas de sueño. Imposible la inspiración como fuente de creatividad ordenada, sensata, fluida,... al menos de momento. Miraré musarañas, que siempre me da muy buen resultado y una importante cantidad de felicidad. Total, a veces yo también estoy desordenada, agitada y con falta de dormires, ¿por qué el espíritu va a ser menos que yo? También tiene derecho a sus musarañas, a desentenderse del resultado final de este artículo, a apartarse a un lado...

Además, la felicidad también es a veces agitada, desordenada, dispersa... y no deja por ello de ser felicidad.


sábado, 3 de agosto de 2013

Psicología de la felicidad: Optimismo aprendido

Solo existe un principio motriz: el deseo.
Aristóteles

¿Quieres ser feliz? ¡Pues resulta que puedes! Basta con que tengas un deseo fuerte y empeñes tu vida en el objetivo de tu propia felicidad...

Ahora, además, sabemos más cosas: que la felicidad existe, que es una buena cosa y, lo mejor, ¡nos dicen los científicos del campo de la psicología formal que ya es un hecho probado que podemos aprender a tenerla! 

Pues, sí... Resulta que los nervios y la expectación que me producía la espera de la charla con  la psicóloga española Encarna Nouvilas estaban más que justificados. El encuentro valió cada uno de los días que me tomó atreverme a proponer el encuentro que, amablemente, ella aceptó sin rodeos.

Hasta ahora no había mirado la felicidad desde el punto de vista científico -ni siquiera el de los profesionales de la psicología práctica-  más que para leer aquellos doscientos libros que devoré en tiempos buscando la mía propia, y para desecharlos de inmediato como algo que no tenían que ver nada conmigo ni con lo que  yo esperaba encontrar. Como hago con todo lo que no me produce una gran revelación vital en el momento; qué le voy a hacer, soy de grandes dramas y escenarios de cortinas de rojo terciopelo.   :-)

Comimos en mi casa, donde ni martillos neumáticos (¿pneumáticos?) ni soles abrasadores me distraerían, pudiendo, así, concentrar toda mi atención en la interesantísima charla que se presentaba en mi futuro inmediatísimo con Encarna. La comida sencilla, más que nada por no tener que estar todo el rato pásame esto o te sirvo de aquéllo... Cada una nos íbamos sirviendo de lo que había en la mesa sin tener que dejar de hablar de cosas interesantes. Como tampoco bebemos alcohol  ninguna de las dos, eliminada quedó también el ¿te sirvo un poco más de vino? ¿con casera o sin?... Una botella de agua encima de la mesa, y más nada. En ocasiones (pocas) casi creo que menos es más, y esta fue una de ellas. Quiero puntualizar que todo lo que aquí escribo es lo que yo entendí de nuestros hablares, no necesariamente lo que ella quería significar (para minimizar riesgos, también eliminé de la situación el constante interrumpir a que soy tan aficionada para aclarar puntos que, en principio, me pareció entender bien :-D). Un éxito, vaya.

*   *   *   *

De mi conversación con Encarna Nouvilas (investigadora y profesora universitaria en activo), entendí que hasta hace relativamente poco -un par de décadas, no más- la psicología no se había ocupado activamente de la búsqueda de la felicidad del humano, sino de su curación en casos de necesidad. Hace quince o veinte años íbamos al psicólogo solo cuando realmente había motivos para pensar que habíamos perdido la cabeza. Mi madre, pionera en esto como en tantas otras cosas, debía de ser la única hace cuarenta años que iba al psicólogo precisamente para no perderla. Ella lo llamaba higiene mental.

Pues bien, desde hace un par de décadas aproximadamenete, la psicología formal acepta (a veces aún a regañadientes) que es posible hacer algo para luego no necesitar urgentemente a sus profesionales, y que se puede prevenir la infelicidad e incluso conseguir la felicidad de forma consistente. Otra cosa que me dejó loquísima es saber que la depresión -por poner un ejemplo- puede estar producida por desequilibrios químicos en el cerebro, sin más necesidad de malos tratos, infancia perra, padre o madre bipolares o matrimonio frustrante. Casos en los que, sin los adecuados fármacos, no hay cante, baile o rezo que tenga mano para hacer del deprimido químico un ser feliz... Hay que tener eso también en cuenta.

Desde los años noventa, por fortuna, la cosa ha cambiado, y mucho. Hombre, no es que ya no necesitemos a los profesionales porque se ha descubierto la clave general de la vida, pero ahora existe de forma oficial una rama de la Psicología formal llamada Psicología Positiva, que nos muestra el asunto desde un punto de vista mucho más esperanzador. Y dos de sus más eminentes representantes son dos psicólogos norteameamericanos (cómo no), un chico y una chica :-). Diferentes, pero lo mismo...

Martin Seligman (Albany, N. York 1942) estudió sus primeros años en escuelas públicas de su ciudad y se graduó en Filosofía, summa cum laude, en la Universidad de Princeton. Luego, de tres o cuatro opciones que le ofrecieron diversas universidades del país, eligió la de estudiar Psicología en la universidad de Pennsylvania, donde se licenció en 1967. Y donde sigue hoy investigando y dando clases.

De su trabajo en esa universidad y de las investigaciones que realizó en los primeros años después de su licenciatura, salió uno de los artículos más controvertidos en la historia de la psicología moderna: La Indefensión aprendida (controvertido porque, al parecer, se experimentó con animales y la tortura a éstos fue la que permitió dar a luz una teoría que sirve, aún hoy, a nuestra felicidad).

Fué el co-redescubridor, junto con Christofer Peterson, de las seis virtudes atemporales que especificaron y explicaron en las conclusiones de su investigación tituladas Fortalezas de carácter y Virtudes (¿ya está aquí otra vez nuestro Tomassino d´Aquino?) y que se basa en la idea de fijarse en lo que puede ir bien en la vida o en una situación complicada cualquiera, al contrario de la moda hasta entonces, liderada por el Manual de Diagnóstico y Estadística de los desórdenes mentales, que miraba siempre todo lo que puede ir mal. ¡Qué estrés! Ya sabéis, eso ya es poquísimo inteligente; nada de mirar de reojo ni de calcular por dónde nos puede salir el enemigo... :-)

Estas virtudes, sin orden jerárquico según Seligman (es decir, todas de igual importancia) son la sabiduría/conocimiento, la humanidad (sea eso lo que sea), el coraje, la justicia, la templanza y la transcendencia (oooops, no poseo casi ninguna). Según Seligman, todos las poseemos en mayor o menor medida y solo tenemos que descubrirlas.

El esqueleto que articula Seligman para la buena vida (en el sentido de feliz) consta de cinco elementos:  Emoción positiva (alcanzable mediante el recuento diario, por escrito a la hora de irse a la cama, de tres cosas que han ido bien en el día y el por qué. Compromiso (alcanzable utilizando para cada tarea que hemos de llevar a cabo el nivel más alto de esas nuestras fortalezas necesarias para la tarea, y que podría también hacerse de cualquier manera y a toda prisa). Relaciones satisfactorias (alcanzables, pero demasiado largo el asunto para resumirlo aquí; lo hablaremos con el despacismo y consideración que requiere algo semejante). Sentido o pertenecer y/o servir a algo más grande que uno mismo (una comunidad, el bien social, la justicia, Dios...). Realización o logro (ya se sabe que la determinación sirve para algo más que para figurar como una de las partidas positivas en los tests de CI).

Sus libros más famosos en psicología positiva son Aprenda Optimismo (Learning optimism), La auténtica felicidad (Authentic Happiness), The Optimistic Child: Proven program to safeguard children from depresion and Build Lifelong Resilience* (en español, Niños Optimistas), y el último publicado (en 2011), Flourish, a visionary new understanding of Happiness and Well-being (en español, que a veces es más escueto, La vida que florece).

(*La resiliencia es la capacidad que tenemos los humanos para sobreponernos a los períodos de dolor emocional y trauma).


Por su parte, Sonja Lyubumirsky (más joven en la foto, aparentemente, pero no encuentro el año de su nacimiento por ningún lado), née rusa pero desde los 9 años residente en Estados Unidos, estudió en las universidades de Harvard y Stanford (sacó cum laude también, of course) y desde 1994 es investigadora y profesora de Psicología (como Encarna Nouvilas) en la Universidad de California en Riverside (¿por qué no tenemos aquí también, por ejemplo, la Universidad de Toledo en Béjar?, I wonder). Lleva más de dieciocho años estudiando científicamente la felicidad (por diossssss, ¿tanto se tarda? ¿y cuánto les queda por averiguar?). 

En un congreso al que asistió, Lyubumirsky conversó con un par de colegas sobre la poca información que había sobre el tema de la felicidad y el cero número de estudios empíricos que había sobre el asunto (empirico significa que está basado en la experiencia y en la observación de los hechos, o sea, comprobadísimo. Por ejemplo, todos los perros sueltan pelos es empiriquísimo). A raiz de esta conversación, como digo, surgió la idea de estudiar el tema a fondo y, ni corta ni perezosa, se alió con un colega llamado Ken Sheldon y se pusieron a ello en plan científico, llevando a cabo experimentos con miles de personas (y siguen en su Laboratorio de la felicidad). El resultado fue, junto con otros muchos ensayos, el best seller (escrito por ella, aunque hace alguna referencia a su Ken en él) La ciencia de la felicidad (título original en inglés: The how of Happiness). Posteriormente, publicó el libro Los mitos de la Felicidad.

En su primer libro da instrucciones claras y precisas sobre cómo alcanzar la felicidad dependiendo de tu personalidad (a todos no nos hace felices lo mismo exactamente), tu entorno (no expresamos la felicidad del mismo modo españoles que daneses o alemanes), tus gustos personales (no todos amamos bailar y cocinar), etc. Según ella misma, este es un método probado para conseguir el bienestar (o sea, empírico). 

*   *   *   *

Una de las grandes revelaciones que tuve durante mi conversación con Encarna era de esas que no te esperas tener nunca, más que nada por mi egoísmo convencido: uno de los caminos seguros a la felicidad, para más personas de las que imaginamos, es buscarla por la vía de la entrega y el servicio a los demás (y yo añado que eso les hará felices siempre que el deseo sea sincero y convencido). Y, al parecer, no es escapismo como yo pensaba. No siempre, al menos.

Y no es que me haya metido a monja (ya hay suficientes en la familia, no me necesitan en los conventos) o haya abierto un ashram en Cabo de Gata (ya hay uno, or something like that). Pero sí que la conversación con Encarna me ha hecho mirar la felicidad desde otro posible punto de vista, completamente opuesto a mi única forma de verla (fiesta, fiesta): el servicio a los demás. No lo entiendo, y no parece mi camino (mejor dicho, no quiero que lo sea) pero ahora sí creo que es posible que alguien pueda ser feliz dedicándose a la felicidad ajena, el alivio del dolor del prójimo o entregado a consolar a otros. Ahí están la Madre Teresa, el padre Ángel (no tan inernacional), el ex-jesuita ya fallecido Vicente Ferrer... que siempre parecen muy contentos en las fotos. Y seguramente otros muchos que no alcanzaron la fama ni el reconocimiento públicos. Pero haberlos, haylos.


Desde pequeña tengo una obsesión: no quiero ser Jesucristo. No por la fama, que me encanta, sino por miedo a ser uno de los pocos elegidos, de entre los muchos llamados, a llevar una vida de pobreza nómada y, sobre todo, de crucifixión al final, que no me parecía la manera más ideal de terminar mi buena o mala vida en este plano (y sigue sin parecérmelo a día de hoy). La verdad, me aterroriza la idea de pasar hambre y sufrir tentaciones cuarenta días con sus noches, todos seguidos, en mitad de un desierto; o fundar una leprosería... Por no hablar de predicar con el ejemplo o lavarles los pies a otros; no sé, es una vida que no me parece la mía. Lo que no me importaría es lo de los milagros, especialmente lo de la multiplicación, que me parece de lo más práctico y cómodo por lo rápido. Sigo apegada tremendamente a la satisfacción inmediata de mis deseos, mi inteligencia emocional sigue atascada en el mismo punto en el que estaba a los 12 años, al decir de Daniel Coleman... Una lástima, pero así es. Me he sentido culpable por ello hasta hace relativamente poco, pero finalmente lo decidí con firmeza: no quiero ser Jesucristo.

Lo que los psicólogos positivos denominan servicio es la entrega y dedicación incondicional al bienestar de otro o de otros, puede ser incluso dedicación al bien mundial (no, no hablo de los politicos).

La comunidad religiosa de las Adoratrices (Madres Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento), por ejemplo, se dedican a rezar día y noche por el bien del mundo, haciendo turnos salvajes de manera que, en ninguno de sus conventos, hay un solo minuto donde no haya una o más religiosas rezando en sus capillas por ello, haya el número de religiosas que haya en el convento... Eso es entrega y servicio, y lo demás tonterías. Porque, además, se necesita una convicción absoluta para estar motivado toda tu vida a rezar por la paz mundial y, a la vista del panorama, creer, además, que dará resultado.

Pero lo que antes me parecía una majadería (¿qué hacen en realidad las monjas de clausura por el mundo?) ahora lo veo como otra posibilidad de felicidad para otro tipo de personas con intereses diferentes a los míos, personalidades y motivaciones que distan mucho de los que yo tengo. Según Encarna está mas que probadísimo que esa entrega desinteresada y total proporciona la felicidad a quien escoge convencido ese camino. Y es una felicidad profunda y duradera, con un esqueleto y una columna vertebral tan fuertes como pueda ser la mía, que es de fiesta total.

De todas formas, en la conversación con Encarna, yo le decía: pero eso también es el mismo tipo de egoísmo que el mío -sano, pero egoísmo- porque, al fin y al cabo, entregarse a los demás es lo que desean y, llevándolo a cabo, al final se ponen por delante de los demás, como yo.

Me parece que no la convencí... Pero yo sigo pensando que, sea la entrega o servicio a los demás o al ballet, en ambos casos son deseos egoístas sanos, de ningún modo sacrificio. O eso me parece a mí. Lo que pasa que todo lo que sea dejar de pensar en ti para pensar en cambio en otro está sobrevalorado. Y estoy hablando de prioridades, no de eliminar de tu vida todo lo que no sea tu propio ombligo, que conste.

Bueno, al menos ya sé lo que no quiero (ser Jesucristo ni Madre Adoratriz) pero ¿qué quiero? En concreto, ¿qué quiero?

Pues cuando lo descubrí resultó un poco complicado de conseguir, especialmente porque mis deseos implicaban a personas (muchas) de muy diferente pelaje, desde un agente inmobiliario de confianza a la National Science Society, pasando por un asesino a sueldo, mis dos hijas y un buen fontanero.

Resultó que lo quiero TODO. Y después de darle un par de vueltas, descubrí cómo conseguirlo... :-)


jueves, 25 de julio de 2013

La estructura molecular de nuestra felicidad

Nacida en Notting Hill, Londres, en 1920, Rosalind Elsie Franklin fue famosa por sus trabajos de investigación, que ayudaron al mejor entendimiento de la estructura del ADN, ARN, los virus, el carbón y el grafito. Aparentemente, estos asuntos no parecen tener nada que ver unos con otros, como tantas otras ecuaciones, pero lo tienen.

En el ADN es donde se encuentra la clave de la transmisión genética (Getty Images/Archivo).
Desde temprana edad, Rosalind (tuteo a los científicos famosos; me gusta) mostró un interés poco habitual para una chica, en su época, por la ciencia obteniendo notabilísimos resultados en sus estudios previos a la universidad en matemáticas, ciencias y lenguas extranjeras. Cuando terminó su carrera de Ciencias en la Universidad de Cambridge hablaba alemán, italiano y francés y, ya especializada en Cristalografía de Rayos-X, fue premiada con una beca de investigación con el (en su época) famoso científico R.G. Norrish del Instituto Nacional del Cáncer. Después de este período, siguió con Norrish, como asistente de investigación, en la Asociación Británica para el Estudio de la Utilización del Carbón (¡toma ya!). Y ahí es donde puedes ver lo que tienen en común el carbón y el ADN: y es que ambos (así como los virus y el grafito) tienen estructura helicoidal (con forma de hélice, or casi), ¿qué te parece? Pues Rosalind estudiaba eso.

En 1951, con 31 añitos, entró como investigadora en el londinense -y famoso- King´s College, trabajando para John Randall con fibra de ADN y difracción experimental (la difracción es la dispersión de un rayo de luz cuando colisiona con un obstáculo como por ejemplo otro rayo, un cuerpo opaco o una abertura estrecha).

Rosalind compartía el interés en el estudio del ADN con otro joven investigador del laboratorio, Maurice Wilkins (futuro Premio Nobel), aunque cada uno lideraba su propio equipo y proyectos. Aunque el mundillo universitario británico por aquella época no daba la bienvenida a las mujeres, Randall insistió en el proyecto del ADN y en utilizar los conocimientos de Rosalind Franklin como cristalógrafa de rayos-X para poder ver diferentes imágenes de la estructura del ADN.

Y, efectivamente, sus imágenes de la difracción de rayos-X de la molécula del ADN llevó al mundo científico a un mejor entendimiento de su estructura.

Fue su trabajo el que confirmó que el ADN tiene estructura helicoidal (hipótesis que ella ya había propuesto hacía dos años y que nunca le reconocieron), fue ella quien localizó los grupos del fosfato en el ADN y la que demostró que su columna vertebral (la del ADN, no la de ella) era exterior (si la nuestra fuera así, tendríamos el esqueleto por fuera y las carnes por dentro, ¡qué sexy!).

Cuando le quedaba solo una pieza final del jeroglífico de la estructura completa del ADN, dos frescos competidores, un tal James Watson y un tal Francis Crick, lo resolvieron en el último instante. ¿Y cómo pudo ser, dios míoooooo?

Cinco años después de que estos caraduras se adjudicasen la autoría del descubrimiento total de la estructura de la molécula del ADN y se llevasen el Premio Nobel en 1953, Rosalind Franklin murió de un cáncer de ovarios mientras lideraba la investigación sobre el virus de la polio.

Pero el tiempo todo lo desvela y lo pone en su sitio, nadie se va sin cobrar lo que le deben ni pagar sus deudas, y ahora se sabe que esos tres asquerosos se llevaron el Premio Nobel, sí, pero gracias a que Maurice Wilkins les pasó las imágenes de rayos-X de mi  Rosalind (ellos ni siquiera eran cristalógrafos, vaya nenazas) a cambio de aparecer como co-autor del descubrimiento, compartiendo el Nobel de 1953 con Watson y Crick. ¡Menudo trío!

 *     *     *     *

No sé si la estructura del ADN de nuestra felicidad es helicoidal o no, y no sé si tiene fosfatos como el jamón de York o grafito como los lápices; pero que tiene esqueleto y que podemos construirlo fuerte y mantener su columna vertebral imbatible, sí es cierto.

Al principio de mi proyecto, cuando tímidamente tanteaba a la gente para ver si estaba o no dispuesta a hablar de un tema tan personal y tan extravagante como la felicidad, me sorprendía cuando, de inmediato, las personas se abrían y me daban su opinión sobre el tema. Y si les daba un poco más de cuartelillo incluso me contaban experiencias y revelaciones personales que atesoraban como oro en paño. Ahora ya no soy tímida abordando el tema, pues he descubierto que todos, absolutamente todos, estamos apasionados por él, y cuando compartes con alguien tus teorías e inquietudes es cuando más frecuentemente descubres nuevas maneras y nuevas fortalezas que a lo mejor no habías descubierto en ti.

Ayer, desayunando con mi amiga Matilde, salió ¡cómo no!, el tema de la felicidad y descubrimos su columna vertebral y la forma de mantenerla recta y ejercitada. ¡Eso sí que fue una revelación!

La doctora Matilde Tricarico es médico pediatra y escritora también, y nos conocimos hace años por nuestro común amor a los libros. Nacida en Nápoles (pero ella no es de la Camorra, que conste), esta italiana se enamoró de un español y aquí la tenemos viviendo desde hace la tira de años. Está tan españolizada que me decía que ya no le sale escribir en italiano, que solo le sale escribir en español.

Matilde tenía tantas ganas de hablar y de escuchar como yo. Curiosamente, no nos interrumpimos en ningún momento. Cuando estás tan interesado en el tema que quieres saber todo lo que sabe el otro, no intentas imponer tus teorías (una de mis actividades favoritas) sino que te abres a otras. Ninguna sobre este tema puede ser desdeñada y, fuera de las drogas de diseño y el asesinato, todo lo que puedas probar buscando que tu felicidad sea consistente es digno de ello. E incluso esas dos teorías extremas tienen sus partidarios, todos lo sabemos…

Me contaba Matilde que su gran revelación había sido que ponerse en el primer lugar de su vida, antes que todo y todos los demás, era su fundamento de felicidad. Y que había sido hacía poco, en una situación casi límite.

Después de un terrible período de sufrimiento imposible y de llegar a increíbles niveles de infelicidad, en un momento dado, vió que “no pasaba nada”. Y eso, dice, ha cambiado su vida y la ha vuelto del revés… para bien y para siempre. Ha entendido que no es responsable emocionalmente –ni de ningún otro modo- de nadie más que de ella misma, y eso le ha encendido todas las bombillas. ¡Que está como iluminada, vaya!

Llegamos a la conclusión importante de que la columna vertebral de la felicidad es, precisamente, ponerte el primero de la cola en tu vida. Siempre he predicado el egoísmo con el ejemplo, y aunque mis hijas no han terminado de aprenderlo al ciento por ciento, tengo grandes esperanzas puestas en ellas.  No cejaré en mi empeño jamás.

Porque si no eres el primero en tu vida, siempre serás el último. En esto de la vida propia no hay lugares intermedios; no existe el segundo ni el quinto lugar, solo el primero y el último.

No entiendo bien esa fórmula de felicidad en forma de instrucción, tan famosa, de “Ámate a ti mismo”. Puede significar cualquier cosa, es tan poco concreta… Es igual que la de ama a tu prójimo como a ti mismo: farfolla pura, paja de relleno, gran frase vacía. Supongo que contiene –o quiere contener- lo que no se sabe verbalizar de otra manera, y es muy confuso. Dicho así, parece que no eres capaz de hacer algo fundamental, cuestión de vida o muerte (las tuyas), clave de tu felicidad.

Yo no sé si me amo a mi misma o no, y tampoco sé si Matilde lo hace (o si tampoco sabe ni lo que es, como yo). Pero sabemos algo con toda seguridad, que nos hace sentirnos profundamente satisfechas:

Sentimos activamente un respeto inquebrantable por nuestra persona, nuestras opiniones, por lo que hacemos, por nuestras intenciones, deseos y decisiones. Y sentimos un respeto profundo por el resto de las personas, opinen o no como nostras. 

Cometeremos errores de cálculo, indudablemente, pero el que no prueba no gana (se queda quieto-paráoh, como dicen en mi tierra, y tampoco pierde, es cierto. ¿O sí?). Y ni uno ni mil fallos desmerecen nuestra vida, en ningún sentido, ni un solo gramo. Aunque no descubramos la bombilla ni la estructura molecular del grafito, nuestra vida, como la de cualquiera, tiene un valor incalculable, se lo veamos o no. Y nada conseguirá que  nos convirtamos en voyeuses de nuestra propia vida o de nuestro entorno para no arriesgarnos a meter la pata.

Esto tiene mucho que ver con lo que descubrimos el otro día Idoia y  yo: a pesar de lo que digan otros, sus consejos y buenas intenciones (de las que no dudo), yo sé mejor que nadie lo que es bueno para mí. No siempre fue así, pero ahora lo es por decisión propia; y de forma irrevocable. Es posible que en muchos casos coincida mi opinión con uno de los consejos que me dan, solicitados o no, pero la decisión final es mía. La autoridad sobre nuestra propia vida la tenemos nosotros, y así es como debe ser. Ejerzámosla.

Por supuesto, es muy agradable que te quieran (aumenta, de hecho, tu índice de felicidad… si ya tienes uno), aprecien tu trabajo, sea remunerado o no, alaben tu gusto en decoración o aprecien lo cómodo que es charlar en tu jardín. Pero como comentábamos ayer Matilde y yo: no podemos gustar a todos. De la misma manera que no todos nos gustan a nosotros, que es la parte de esta ecuación que siempre se nos olvida. Para gustos, los colores. Y, además, los gustos también cambian con el tiempo; y eso también está bien. No hay que ser inflexible… :-D

Esa decisión de ser egoísta, junto con la de que no te puedes volver a permitir ser infeliz, es la columna vertebral de la felicidad. Una vez sostenidos por una buena columna, buscaremos momentos y actividades, personas y pasiones que la mantengan erguida. Para unos será su trabajo, para otros actividades de voluntariado, para los de más allá viajar todo lo que su dinero les de, para los de acullá contemplar a sus nietos o una puesta de sol; y para la mayoría, una mezcla de todo lo anterior y muchas cosas más, incluídos deportes, salidas con amigos, lecturas, baile…

Una vez bien armada la columna que garantizará una perfecta base feliz en nuestra vida, procederemos a armar el resto del esqueleto.

Y luego, haremos todo lo que se nos ocurra para que la felicidad pase a formar parte de nuestro ADN de forma irrevocable, como ahora lo es el miedo o el factor RH.


lunes, 22 de julio de 2013

Felicidad y Psicología Positiva: un buen tándem

La verdadera madurez llega cuando
tu reputación te importa CERO


Y siempre trae con ella una parte de tu felicidad.

Esa es la conclusión a la que llegamos ayer, con los pies encima de la mesa y un cigarro en la mano, mi amiga Idoia y yo después de una opípara comida compuesta básicamente de ensalada y helado de chocolate (este finde decidí que no comería nada que hubiese tenido cara). La frase es nuestra.

La conclusión a la que llegamos ayer tarde Idoia y yo es una conclusión importante; de hecho, es algo que todos sabemos aunque no siempre somos conscientes de saberlo. Caí en la cuenta mientras lo hablábamos, e intenté recordar cuándo supe que en mi caso ya había ocurrido. Me costó tiempo y conversación recordarlo, aunque no lo compartí con ella en ese momento [no debo ser todavía muy madura porque me dio apuro contárselo :) y mi excusa es que la conversación con Idoia estaba en un punto serio y la revelación de mi madurez se dió en una situación en extremo cómica].

A pesar de mi amor por llamar la atención desde que me sentí necesitada de hacerlo día y noche a raíz de mi incorporación a mi vida familiar nuclear a los ocho años, yo no sabía que ya era madura tan joven. Sabía que no tenía vergüenza, y que no me podía permitir tenerla, pero a esas edades no lo llamas madurez...

Por lo general, esos descubrimientos son personales pero no escandalosos ni fácilmente localizables. No parece que tu vida haya cambiado (aunque lo ha hecho, y mucho) porque no eres consciente de ese gran acontecimiento cuando ocurre. Pero un día, en un momento en el que lo que menos esperas es una revelación divina, ¡zas!, de repente actúas sin que te importe una mierda quién está mirando, sea conocido o no.

Esta conclusión es importante porque una de las cosas que con más frecuencia se interponen en nuestro camino a la felicidad es el qué dirán; y vivir de cara al balcón es frustrante y doloroso, pero sobre todo es inútil por lo imposible.

Pender de lo que otros piensan o dicen o esperan de ti es frustrante porque nunca cumples las expectativas ajenas (tú quieres hacerlo para que te tengan en alta estima) y, en caso de que alguna vez las cumplas, no será suficiente y los ajenos te exigirán más para darte el visto bueno. Es doloroso porque cuando no las cumples -casi nunca- te hacen saber implícita o explícitamente (y te quedas con la idea de) que no vales. Y sobre todo es inútil porque nunca cumplirás las expectativas ajenas por mucho que te esfuerces y, para cuando te des cuenta de eso, tampoco te quedarán muchas expectativas propias que cumplir. Y se te queda un vacío por dentro y una cara de tonto… Como diría la Faraona: “¿Y qué hago ahora toóh ese rato con lah manoh?”.

*   *   *   *   *

Mi ah-hah! momment, como lo llaman los americanos (nuestro “ajájá”) ocurrió en la esquina de la Gran Vía madrileña con la calle de la Montera, pegando a la barandilla del metro. Si hay un sitio en Madrid poco adecuado para pasar desapercibido es ése...

Un día soleado de otoño, contenta porque hacía ya semanas que no sentía miedo de nada. Tenía pinta de ir a ser un buen día.

Mi amiga Paloma y yo habíamos empezado ese curso la carrera de Teología, tema que nos atraía a ambas en igual medida pero por diferentes motivos. Como ya no éramos niñas, decidimos que teníamos derecho a hacer solo lo que nos apeteciera; así pues nos matriculamos solo en las asignaturas que nos sonaban bien y creíamos nos divertirían (Metafísica, Antropología filosófica y Cristología). ¿Que tardábamos veinte años a ese paso en terminar la carrera? Bueno, no pensábamos ejercer ni de cristólogas ni de metafísicas ni de antropólogas ni de filósofas... Al menos, profesionalmente. :-D

Ese día teníamos la intención honesta de acudir a nuestras clases en la Facultad anexa al Arzobispado, pero decidimos tomar un café antes. Nos encantaban nuestras clases, nuestros compañeros (el 90% seminaristas de 20 años y novicias o jóvenes monjas ya promesas), pero lo que más nos gustaba era escuchar al profesor Carlos Valverde, SJ, a pesar del hecho de que el primer día de clase nos echó abajo el Bachillerato entero (concretamente explicando el concepto real de “infinito”).

Pero ese sol al salir del metro, ese azul esplendoroso del cielo de Madrid (inigualable, digan lo que digan) y nuestra alegría por haber salido del túnel recientemente (ya habíamos entrado en el ataque de felicidad), todo ello junto, nos dejó a la puerta del metro pasmadas mirando hacia arriba, como si no lo hubiésemos visto nunca.

Nos quedamos así un rato que no debió de durar más de un minuto pero que, mientras duró, pareció una eternidad y menos de medio segundo, todo a la vez (otra ecuación de las que no cuadran). Un policía nos miró severamente mientras hacía ademán de que nos moviéramos y, entonces, todo estalló de la forma más tonta…

-¡¡¡Rosaaaaa, qué día es hoyyyy??? –me preguntó Paloma casi gritando

Yo no lo sabía, así que le pregunté al policía.

-28 de octubre, señoras –contestó el poli con cara de ajo.

Y Paloma se puso a reír excitadísima exclamando: “¡Rosa, es mi cumpleaños, es mi cumpleaños hoy!”, mientras corría pataleando sin moverse del sitio.

A la vez que Paloma seguía informando de fecha tan señalada muerta de risa, yo empecé también a pedalear braceando en el aire y gritando “¡¡¡¡Felicidades, Palo, felicidadessssss!!!!”.

El poli acercó la mano a la porra que le colgaba del cinto en un gesto de advertencia y dijo muy serio “Felicidades, señora”. La gente hizo corrillo a nuestro alrededor. En un intento de dar explicaciones, mientras seguíamos saltando y riendo, informamos a nuestro público del evento. Las personas que nos rodeaban empezaron a reír, felicitaron a Paloma y, a la vista del poli, se dispersaron. El poli se relajó.

Nos fuimos de allí la mar de contentas, cosa que celebramos haciendo pellas ese día. Cada equis metros nos parábamos y volvíamos a reír a carcajadas y a saltar en el sitio a la carrerilla. No podíamos parar de reír y nos atragantábamos al intentar ponernos serias. Nada, imposible dejar de reír. Yo no veía de los lagrimones que se acumulaban en el ojo; eran como un caño, nunca he tenido la vista tan nublada. Al final, tuvimos que dejarnos ir; ya se pasaría solo (¿o no?).

Muuuuuucho rato después nos tranquilizamos y nos paramos a tomar el café, en un  barecillo de la puerta del Sol, al lado de la zapatería Nuevos Guerrilleros. Me encantaba desde que era jovencita por sus sandwiches de tomate y huevo duro, bien pringados de mayonesa.

“¡Qué vergüenza!”, dijo Paloma mientras nos traían el café. Yo miré sorprendida su sonrisa de oreja a oreja y le pregunté si realmente le daba vergüenza lo que había pasado. Me dijo, muerta de risa, que ni un poco; es más, que le había puesto como una moto tener a tanta gente alrededor mirando y felicitándola. “Incluso el policía tuvo su gracia, ¿eh?”, me dijo.

-Pero -reflexionó mientras sorbía el café minutos más tarde-, ¿no debería darnos vergüenza?

-¿El quéeeee?

-Ya sabes, ese escándalo, con mi edad, en mitad de la calle, ese corrillo de gente felicitándome...

-¿Debería?

-No, supongo que algo que disfrutas tanto no es motivo de vergüenza -contestó un poco más tarde, aún dudando-... ¿Verdad?.

Temí que sus dudas echaran a perder el rato que estábamos pasando, así que para que no se sintiera sola en su (posible) vergüenza me eché un twist allí mismo en el bar y se le acabaron todas las dudas. Volvimos a atragantarnos de risa, esta vez poniéndonos perdidas las pecheras de café con leche. Por si le faltaba el punto a la i...

Horas más tarde, cuando revivía y re-disfrutaba la mañana, me llamó la atención el hecho de que Paloma dejara de tener dudas acerca de la legitimidad de su explosión en el momento en que se sintió acompañada en su "vergonzosa" felicidad. :-D

Y es que la felicidad debe ser compartida pues tiene alma gemela, como decía el romantiquísimo poeta inglés, Lord Byron (Londres, 1788 – Missolonghi, 1824). Llevaba toda la razón. Cuando la felicidad te desborda no tiene suficiente contigo; no puede evitar expandirse y espurrearse a tu alrededor. Y eso siempre es muy divertido (cuando aceptas el hecho de que no puedes controlarlo).


*   *   *   *   *


Por lo general, los occidentales (y ya muchos orientales) adscriben el éxito a la acumulación de bienes materiales en forma de cuentas bancarias gordísimas, casas que hacen flipar al resto de la especie humana, ropas de marca y joyas que pesan quintales de oro, cuadros de precios ridículamente altos e ir a misa de doce (la más concurrida) con un visón -afeitado- hasta los pies.

En realidad, y bajo ese punto de vista, si no hubiese testigos de ese éxito, no habría tal éxito. Si no te aplaudieran, no serías. Si no te envidiaran, no existirías, no tendrías reputación. Y no tener reputación, buena o mala, es lo que te dejaría sin existencia. Mi madre siempre decía que había que dejar que los demás hablaran de ti, aunque fuera bien. Era bastante lapidaria en su ironía...

Pero está ya comprobado que ese tipo de éxito no da la felicidad. Es cierto que la aumenta momentáneamente en parte (y solo si te importa mucho el qué dirán), pero no la hace duradera ni más real. Del mismo modo que la ruina económica o la pérdida de un ser querido no tiene el poder de robarte la felicidad de forma permanente (aunque a veces pensemos que sí).

Como seres humanos poseemos una cualidad inherente a nuestra especie que psicólogos y economistas de todo el planeta llaman adaptación hedónica, es decir, la capacidad implícita que tenemos de buscar instintivamente el bienestar en todo momento, incluidos aquéllos de crisis ruinosas, loterías millonarias o tremendas pérdidas personales.

Esa capacidad que tenemos de adaptación a los grandes cambios de la vida quizás explicaría, más o menos científicamente, el hecho de que las fuertes emociones que generan la extrema excitación de la victoria o la terrible agonía del siniestro total acaban por aflojar con el tiempo. Somos capaces de superar, en la misma medida, la pérdida del ser más cercano a nosotros como que nos toque el gordo de la lotería… si no hacemos nada contra natura para impedirlo (pensamiento circular, por ejemplo). De hecho, al año de un acontecimiento bestia (bueno o malo), el humano medio vuelve a su estado de felicidad previo, si no hace nada para mejorarlo o empeorarlo.

Aunque es cierto y comprobable que cualquier hecho de este tipo y envergadura te cambia la vida drásticamente y para siempre en un minuto, es nuestra resistencia o aceptación positiva (que no resignación) ante el acontecimiento la que hace que estos cambios sean para bien o para mal.

Ya sé que soy muy pesada con esto, pero no me cansaré de repetirlo… (y por si no has leído los artículos anteriores del blog).

Volvemos al punto de inicio de todo: lo que inclina la balanza hacia un lado u otro es nuestra actitud.

Aunque ahora se sabe que tenemos una ayuda extra y podemos aprovecharla: nuestra tendencia natural hacia el bienestar. Y para los incrédulos y escépticos, que sepan que son conclusiones de estudios importantes llevados a cabo científicamente por psicólogos en universidades de todo el mundo (aunque más en EE.UU., como siempre).

Son estudiosos y practicantes de la llamada Psicología Positiva, y tienen muy poco en común con el Dr. Freud quien, como todos sabemos, basó sus teorías en el pene masculino y la frustración de la mujer por no tener uno. Por no hablar de sus teorías sobre los sueños.

Tengo que preguntarle a mi amiga psicóloga, Encarna Nouvilas, que qué piensa de Freud, que no hemos hablado de eso.

Yo creo que está muy demodé el hombre, aunque tengo la esperanza de que, antes de morir, descubriera que un puro podía ser solo un puro y ya está…