jueves, 13 de agosto de 2015

Camino de perfección

De devociones absurdas y santos amargados líbranos, Señor
Teresa de Jesús



Perfección y nirvana... Uuummmm... El sueño de todo humano: la paz eterna en nuestra mente, la salud perpetua en nuestros cuerpos, nuestra alma gemela para siempre a nuestro lado, hijos que no dan la lata ni se hacen rebeldes, padres que a todo nos dicen que sí... El cielo en la tierra, ¿eh? Pienso con ansias en el nirvana, no lo voy a negar.

La mala noticia es que ambos conceptos, tal y como nos empeñamos en entenderlos y perseguirlos, son inexistentes, ya que son negaciones de nuestra condición de humanos; tengo que ser realista, me digo y me repito cuando me da por pensar en la perfección y su camino.

Me doy cuenta con horror de que como humanos estamos y estaremos por siempre jamás -dure lo que dure lo eterno- condenados a seguir deseando más y mejores cosas, para nosotros y nuestros semejantes, en un estado perpetuo de devenir, de "convertirnos en" algo mejor, una versión más grande y más completa de nosotros mismos, persiguiendo ese ideal por toda la eternidad. ¡Qué agobio!

Por otro lado, reflexiono, si existiera la perfección en el mundo según mis parámetros éste se pararía, no tendría más remedio; una vez perfecto y estando completo, sin nada que añadir y sin nada que falte, ¿para qué seguir girando? En ese caso perfecto y absoluto no existirían ni el infinito ni la eternidad, ya que ambos son conceptos que implican más y más y más aún: más grande, más amplio, mejor todavía, mucho peor, nuevo y viejo conviviendo, infinitas verdades e incontables mentiras... En el infinito y la eternidad cabe todo y seguirá cabiendo más y más por los siglos de los siglos, por muchos que pasen. Y, de momento, hasta la ciencia afirma que el universo es infinito.

Pienso en mis hijas y llego a la conclusión de que el universo es un poco como el amor de una madre: cuando tiene su primer hijo una madre piensa que nunca jamás podrá volver a amar algo tantísimo ni de la misma manera... Sólo para darse cuenta con el segundo de que sí es capaz de volver a amar de esa forma y de que ese nuevo amor no empequeñece el que siente por el primero, sino que ha hecho crecer su corazón donde cabe el segundo, y un tercero y un cuarto y... 

Así creo que es también el universo: expansivo, inclusivo, multíparo. Espero fervientemente que sea inabarcable, interminable... Infinito y eterno. Pero no perfecto, según mi idea particular de perfección.

Si el universo ya fuera perfecto y nosotros ya estuviésemos completos a nuestro parecer, ¿qué nos quedaría por hacer, sentir, planear, DESEAR? ¿Qué pasaría con nuestros anhelos personales? ¿Y con nuestros talentos únicos y particulares? ¿El amor y la ilusión serían una línea recta? Ya no me apasionaría la cocina, no podría colorear los cuadros que calco, no tendría mariposas en el estómago antes de escribir algo de lo que no estoy segura... Escribiría, cocinaría y colorearía sin pasión, sin tensión, sin sorpresas (diossssssss, ¡el mundo sin sorpresas!).

¿Sobre qué conversar en una comida de chicas? ¿Sobre qué escribir o qué plato nuevo inventar? ¿Qué retos les lanzaría a mis hijas? ¿Qué sería de mi amadísima y temida incertidumbre? ¿Qué emoción tendría mirar al mar cuando ando por la orilla al amanecer o por la tarde? ¿Qué sentiría al pasear el mercadillo de San José sabiendo que todo lo que hay allí es perfecto para cualquiera en lugar de genial para mí y esperando que no lo descubra otra antes que yo? ¿Qué talento podría ejercitar cuando se rompiera la cisterna de mi casa y no necesitara probar un llavero fucsia como tirador para que funcione mientras me llega el presupuesto para llamar a un fontanero decente? ¿A quién odiar si solo puedo amar? ¿A quién envidiar si soy tan perfecta como mi vecina? Por diosssssss.... ¿¿¿a quién criticar???

No haría falta hacer nada, ni aprender nada, innecesario leer o plantar el jardín; estaría fuera de lugar viajar, reunirse con amigos, celebrar la Navidad en familia porque, fuese como fuese nuestro día a día, sería perfecto. Daría lo mismo salir que no salir; hacer ejercicio que no; es cierto que la muerte de nuestros padres y amigos no nos produciría sufrimiento ni la adolescencia de nuestros hijos dolores de cabeza. No existirían los sentimientos ni las emociones, ni fuertes ni débiles, ni positivas ni negativas. Seríamos planos. Un alivio...

Pienso seriamente en la posibilidad de vivir en la perfección perpetua con todo ya logrado, conseguido, rematado, amado y cerrado y me viene a la cabeza la idea de maldición bíblica, el auténtico paraíso de Mark Twain y su Lucifer (¡tan saláoh!).

Si de verdad existiese esa posibilidad, y la perfección fuese una e incuestionable, dejaríamos de ser únicos; y no se me ocurre peor infierno que ese: todos iguales, sin nada más que hacer porque ya lo tenemos todo hecho. Uffffff... Ese paraíso de clones terminados, previsibles, de inacción y contemplación perpetuas, tocando el arpa y más nada... Ese horror para siempre jamás. 

Se me antoja la situación perfecta (y esta vez sí) del aburrimiento total, infinito, eterno que ¿sería de verdad un paraíso?

Bueno, dejemos de desbarrar con perfecciones imposibles e inexistentes y vayamos a lo práctico: viviré la mejor vida posible que esté dispuesta a vivir, como mejor sepa y pueda.

En realidad, el ideal con que soñamos no es una vida perfecta con el trabajo perfecto, tu alma gemela perfecta, unos hijos sanos y perfectos, disfrutando de una salud perfecta en tu casa perfecta. En realidad, lo que perseguimos es el sentimiento que creemos que sentiríamos teniendo todo eso, las sensaciones que asociamos a tener cualquier cosa que deseamos y que tiene ya otro (o eso creemos).

Y eso sí podemos conseguirlo; esa sensación está al alcance de la mano, ahí al ladito. Basta con que aceptemos alegremente la idea de que el mundo es como es: perfecto a su manera, incompleto casi siempre y fastidioso a veces. Igual que nosotros.

¿Me compensa perserguir el aburrimiento absoluto y celestial sabiendo que nunca llegará y que de esa forma sufriré -con toda seguridad- de frustración perpetua? ¿O prefiero arriesgarme a disfrutar y penar cocinando, amando y odiando, leyendo o escribiendo, aunque sea a partes iguales y también a perpetuidad? A lo mejor si soy lista, consigo penar y disfrutar en un porcentaje de, digamos, 20/80.  :))

Uuuummmm...

¿Tú qué piensas?

lunes, 10 de agosto de 2015

Nadar contra corriente es bueno... solo para tus músculos.

Verano, vacaciones... En agosto he decidido no pensar tanto en la felicidad y practicarla más. Mientras las releeo, re-publicaré las entradas del blog que más lecturas han tenido. Así repasamos... :))



Las cosas que más nos importan no deben depender nunca
de las cosas que nos importan menos
Goethe


Juan tenía 92 años cuando su esposa Esther, veinte años más joven que él, falleció. La muerte de Esther hizo necesario que Juan tuviera que ir a vivir a una residencia de ancianos pues el matrimonio no tenía hijos ni familia cercana.

Después de varias horas esperando en el pasillo de la residencia, a Juan se le comunicó que su habitación estaba lista. La enfermera encargada de llevarle hasta su nuevo cuarto le fue contando por el camino cómo era éste.

--¡Me encanta! --exclamó Juan con el entusiasmo de un niño de ocho años ante un nuevo juguete.

--¡Pero si aún no hemos llegado! Espere a verla... --le dijo sonriendo la enfermera.

--Eso no tiene nada que ver --replicó el anciano Juan--. La felicidad es algo que decido siempre con antelación. Si me gusta o no mi habitación no depende del color de las paredes o cómo están colocados los muebles. Depende de cómo coloco yo mi mente. ¡Y ya he decidido que me gusta mi nuevo cuarto!

La enferemera lo miró sonriendo, un poco extrañada. Pocos ancianos llegaban entusiasmados a la residencia. Observando su extrañeza, Juan le confió:

--Es una decisión que tomo cada mañana cuando me despierto. Puedo elegir entre pasarme el día en la cama enumerando las dificultades de casi todas las partes de mi cuerpo o salir de la cama y agradecer las que sí funcionan bien. Creo que cada día es un regalo para mi y, mientras sea capaz de abrir mis ojos, los enfocaré en el nuevo día y en todos los recuerdos felices que he ido almacenando a lo largo del camino...

(Anónimo)

*   *   *

Una persona como Juan es un regalo para el mundo, sin duda. 

El mayor regalo que podemos ofrecernos a nosotros mismos, a nuestra familia, amigos y al resto de la humanidad es apreciarnos lo suficiente como para decidir ser felices cada día. La gente feliz no empieza guerras. La gente feliz no hiere a otros ni abusa de ellos. La gente feliz no maltrata a aquellos sobre los que cree que tiene poder. La gente feliz no va por ahí causando dolor a troche y moche, queriendo o sin querer.

He decidido que quiero ser como el viejo Juan...

sábado, 18 de julio de 2015

Caos pero no tanto: hallar las respuestas.

A menudo nos hacemos las preguntas correctas.
Donde fallamos es en las repsuestas que nos damos... o en las que no queremos darnos; y aún entonces, fallamos por muy poco. Y solo porque decidimos de antemano hacerlo.


La vida es un lío y a veces el caos parece ser lo único que hay a nuestro alrededor. La buena noticia es que por el hecho de que el mundo que nos rodea parezca a punto de hundirse no significa que nuestro mundo, nosotros por dentro, vaya a hacerlo también. 

Porque hay una manera de mantenerse cuerdo por dentro en las ocasiones en que la locura parece dominar ahí fuera. Y la única forma es, en realidad, ser un simple observador de nuestros pensamientos... Y luego, como mejor nos convenga, cambiarlos.

En una entrevista que le hicieron en la televisión norteamericana, Eckhart Tolle dice que la causa primaria, básica, de nuestra infelicidad no es nunca la situación sino lo que nosotros pensamos de ella. Y no nos descubre nada nuevo pues antes que él ya lo dijeron los  primeros místicos, los primeros metafísicos, lo asegura William James (filósofo científico donde los haya), los filósofos de todos los tiempos; lo dicen el principio de incertidumbre de la física cuántica y los gurús falsos y verdaderos de la llamada nueva era. Lo dice el Dalai Lama, y también lo dijo Jesús: Eres lo que piensas. (Como filósofos y especialistas en felicidad estos hombres no tiene parangón.)


Para dominar el caos tenemos que mantenernos neutrales ante la avalancha de pensamientos (y consecuentes sentimientos y emociones que nos acarrean) que parecen salir de la nada pero que, en realidad, salen de nuestro miedo a ideas del estilo de "este mundo no tiene remedio", "estoy atrapado por lo que hacen los otros", "el verdadero poder está en el dinero, y yo no lo tengo", "la humanidad está en su momento menos humano" o el peor de todos: "esto me supera".

La charla interior que mantenemos habitualmente nos dará muchas pistas acerca de qué creencias es conveniente que trabajemos y qué pensamientos es beneficioso que sustituyamos. La autohipnosis es eso que hacemos cada minuto con nosotros mismos mientras mantenemos esa conversación. La buena noticia es que al igual que ha servido para jorobarte media vida también sirve, por lógica, para arreglarte la vida entera. Claro que lo que todos queremos es levantarnos una mañana y se nos hayan arreglado todos los asuntos: que nuestro marido intervenga más en los asuntos que nos agotan y ponga un poquito más de su parte; que nos llamen del banco y nos digan que tenemos un saldo de un millón de euros de repente; que nuestro hijo adolescente amanezca convertido en un ser razonable y ordenado; y que el cáncer o el alzheimer de nuestros mayores han experimentado una remisión espontánea esa misma mañana. Total, que lo que queremos es amanecer felizmente casados, ricos para siempre, sin rastros de enfermedad en nuestra familia (o mejor, en el mundo entero) y con un papel donde la autoridad competente nos garantice, firmado y sellado, que nuestros hijos serán felices para siempre.

Pero el salto cuántico de la miseria más absoluta a la felicidad infinita no existe.

La mala noticia es que es trabajo nuestro cambiar las cosas; la buena es que podemos hacerlo. Y solo podemos hacerlo ocupándonos de nuestra parcelita y entendiendo que no hemos venido a salvar al mundo sino a salvarnos a nosotros mismos de una vida perra que nosotros mismos nos hemos creado... jugando a adivinar cómo pueden ponerse de feas todas las cosas.

La sugerencia más importante que me han hecho nunca fué: Mira a tu alrededor. Y ahora mira dentro de tu cabeza. Joeeeeeeee, ¡que coincidía todo! La negrura de mi mente estaba perfectamente reflejada en la negrura de mis circunstancias. Así que decidí darle una oportunidad a cambiar el tono de mis "charlas conmigo misma" (que fueron terribles durante mi terrible época).

Pero todo esto lo acepté sólo cuando encajó con mi lógica particular; hasta ese momento, todo lo que pensaba lo daba por  bueno creyendo que las cosas son así. Pero cuando mi personalísima lógica entendió el mecanismo de mi mente decidí que no me daba la gana que las cosas fueran así para mí y que, antes de morir miserable, moriría por probar todo lo probable para mejorar esos asuntillos que me impedían ver hasta lo que de verdad tenía: dos hijas maravillosas, una comodísima vida, un carácter sociable, variadas habilidades cuyo entrenamiento me producían grandes momentos de placer y euforia, buenos amigos de los de verdad, una hermosa casa donde criaba a mis hermosas hijas, un padre sabio que estaba vivo y sano, etc.

Como ya he dicho es un proceso para toda la vida, pero vale la pena. Tuve que cambiar algunas ideas muy arraigadas en mi, que comparto aquí por si sirve a alguien de pista. Se han convertido en mandamientos sine qua non para mi:


  • Sudar y correr en círculos no sirve para nada más que para sudar y correr en círculos. Exclusivamente. Todos somos un trabajo en progreso; nunca llegaremos a todos lados a la vez. Tenemos que hacer los ajustes necesarios para llegar a donde queremos y, a la vez, poner un pie delante de otro en esa dirección. No estamos completos y nunca lo estaremos; y a la vez, estamos completos desde el día que llegamos a estos lares. Te guste o no.
  • Nunca estamos en el lugar equivocado. No hay nada de nuestras circunstancias actuales que nos impida avanzar a excepción de nuestros negros pensamientos y profecías machacantes aderezados con nuestros sentimientos de culpa por las más variadas y equivocadas razones.
  • Los errores y meteduras de pata no son fracasos... a menos que así lo decidas tú. Prueba hasta que lo consigas, y no dejes nunca de intentarlo; es una práctica indeseable, sí, pero necesaria. De hecho, es una práctica imprescindible pues, como para todo, la felicidad se aprende practicándola. Para tener éxito a largo plazo en cualquier asunto no hay nada peor que el miedo al error y a tomar la decisión equivocada. Recuerda: siempre puedes rectificar. Solo aquellos que consideran el éxito algo inevitable son los que triunfan en lo que sea que estén soñando y fallando ahora.
  • Quejarse no cambia nada, solo sirve para fastidiar al prójimo y dejarte atascado ahí donde estás. Protesta cuando algo no te guste; habla claro cuando alguien haga algo que te fastidie; llora cuando te sientas triste o frustrado pero vuelve a moverte de inmediato buscando formas de sentirte mejor: acaricia a tu perro, escucha música, limpia cristales, lee, escribe, cocina, sal a tomar un café con un amigo o amiga, da un paseo bajo la lluvia o agótate nadando... Pero deja de quejarte.
  • No todo tiene un porqué; o mejor dicho: no siempre encontrarás la explicación a todas las cosas, especialmente de aquellas en las que hay otro ser humano implicado. Cada uno pensamos con nuestra cabeza y sentimos con nuestro corazón; y todos llevamos razón desde nuestro particular punto de vista. A veces llegan a nuestras vidas cosas y circunstancias que parecen surgir de la nada, pero no es así; las hacemos aparecer nosotros por acumulación de pensamientos acerca de ello y las consecuentes acciones que tomamos a raíz de esos pensamientos (normalmente, no dar el paso). Cuando lo que nos ocurre son maravillas lo llamamos milagro; cuando son cosas refeas las achacamos a la mala suerte, no haber nacido con una estrella en el culo o al imbécil de nuestro jefe. Mira dentro de tu cabeza. Es posible que no te guste no llevar la razón, pero darte cuenta de ello será un paso importante.
  • Las relaciones no tienen que ser perfectas para valer la pena. De hecho, las relaciones nunca son perfectas. Nunca encontrarás a nadie que nunca jamás te decepcione o te haga daño porque ningún ser humano es perfecto según tu particular idea de la perfección. Pero será mucho peor si siempre esperas que te hagan daño o te decepcionen. Sabiendo esto, lo mejor es ir siempre a por aquellas relaciones que valen el esfuerzo y la decepción que conllevarán de tanto en tanto. Si afinamos un poco, nos daremos cuenta de que sin esfuerzo no tendríamos tan en consideración la verdadera alegría y el amor verdadero. Vamos, que el príncipe azul no siempre será del tono de azul perfecto. De hecho, casi nunca lo será. Pero es azul, ¿no?
  • Al final, sólo lo que dejas ir es lo que realmente posees. Parece una contradicción pero no lo es: aquello a lo que te aferras te posee y aquello que dejas en libertad te pertenece para siempre. En los dos casos, la decisión es tuya pero la diferencia de resultados será evidente para ti en el momento en que dejes ir algo. Ahora que estoy centrada en el Orden En Casa y voy por los armarios lo sé por dolorosa experiencia: ¿se tienen alguna vez suficientes Jerseys Negros De Cuello Vuelto? Mi respuesta sigue siendo un tembloroso y tristísimo no pero desde el momento en que me deshice de los deshilachados, los que crían bolas a velocidad de vértigo y los que ni metiéndolos en agua hirviendo vuelven a su ser, he exprimentado una auténtica liberación nunca sospechada. Dolorosa, sí, pero liberación al fin. Ahora, además, tengo espacio de sobra para meter más de esos jerseys de los que nunca tengo bastantes. Pues lo mismo con gatos, vaqueros y personas.
Teniendo todo esto en cuenta cuando me hago preguntas, ahora hallo muchas más respuestas. Me dan miedo a veces, claro, como a todo quisqui; pero al final siempre descubro que no había motivo para temerlas.

Y hay otros dos asuntillos que todo el mundo dice que son importantes en esto de la felicidad y las respuestas --que yo no entiendo mucho pero que por si acaso practico (sin saber hacerlo):

  • Perdonar. No sé exactamente cómo se hace y no quiero dejarme la vida en averiguarlo. Desde luego no voy a ir al prójimo a decirle te perdono, menudo corte para los dos y vaya compromiso para el prójimo. Pero yo no olvido y eso me preocupa; si no olvidas ¿has perdonado? Me tiene hecha un lío este asunto pero como he decidido seguir estos mandamientos lo que hago es que cuando me acuerdo de que hay algo o alguien en mi vida a lo que perdonar sencillamente teleperdono diciendo cienes y cienes de veces: Teperdonoteperdonoteperdonoteperdonoteperdono. No sé  si se hace así pero funciona. Algo o alguien se encarga de que me de resultado este método. Debe ser que lo que cuenta es la intención; el otro día me dí cuenta de que había perdonado (supongo) a una ex amiga después de mucho tiempo pensando en romperle algo con mucha sangre por medio... O sea, funciona. Supongo que la intención es, al final, lo que cuenta.
  • Agradecer.  Me pasa lo mismo que con perdonar: no sé provocar en mi el sentimiento de agradecimiento profundo por muchas horas que me pase revisando todas las (supuestas) bendiciones que hay en mi vida. No sale. No debo ser muy cristiana (bueno, ni muy budista). Así que sigo el mismo método que con el perdón; cada mañana cuando me levanto y cuando me acuesto cada noche (mientras me lavo los dientes es un buen momento) digo: Graciasgraciasgraciasgraciasgracias. Al final del asunto casi nunca me siento agradecida de corazón pero tampoco me siento siempre una mierda por no sentirme agradecida (como me sentía antes). Así que también funciona. Si eres de los que no saben (ni quieren) perdonar ni agradecer prueba mi técnica. Como poco sentirás que "has cumplido con tu deber" :-D. Y como diría Eloísa: que se repartan los teleperdones y agradecimientos allá arriba como mejor sepan. 
Si todo fuera ya perfecto la vida no merecería la pena pues sería aburridísima. Y mira qué entretenidos estamos así intentando perfeccionar a otros :-D

¡Feliz imperfecto finde!






domingo, 5 de julio de 2015

¿Puede hacernos infelices la búsqueda de la felicidad? (II)


--La que quiere presumir tiene que sufrir --sentenciaba mi abuela Blasa mientras yo berreaba y ella me daba tirones horripilantes con el peine--. ¿Lo ves? Estás mucho más guapa con las trenzas bien hechas que con pelajos.

A veces me amenazaba con cortarme el pelo al rape y yo lloraba más sentidamente aún. No por que pudiese cumplir un día la amenaza sino porque no la cumplía nunca. Impotente, le increpaba:

--Además, ¡¡no sé lo que es un rape!! --ella se echaba a reír y yo lloraba más.

Pasar por todo el proceso de desenredo y trenzado de mi pelo --que odiaba, y que mi padre no dejaba que nos cortasen a las chicas de la familia--, me decidió a ser chico.Con mi primer sueldo, me corté el pelo. Estaba horrible, sí; pero se acabó la pesadilla. Mi padre estuvo una semana sin hablarme, pero valió la pena.

¿Es necesario pasar por la infelicidad para llegar a la felicidad? Pues depende. Si eres consciente de lo infeliz que eres o si, simplemente, quieres ser más feliz de lo que ya eres, tienes que ponerte las pilas. Es una decisión que se toma... o que no se toma. Y la mayoría de las decisiones no requieren una profundísima investigación, aunque somos muy aficionados a no hacer nada hasta sentirnos exhaustos por darle vueltas al (cualquier) asunto y, al final, tomamos la decisión en un golpe de rabia, desesperación o impaciencia. Con las consecuencias que todos conocemos.

Es mejor darle al asunto una vuelta sin implicarnos emocionalmente con el resultado, intentando recopilar todos los datos y, tranquilamente, tomar la decisión que mejor pinta tenga. Porque, queridos, los datos no cambian por muchas más vueltas que les des. Y eso es un secreto que descubrí no hace mucho.

Se aprende a cantar cantando; se aprende a nadar nadando; y se aprende a ser feliz siendo feliz. 

Se feliz, como cualquier otra habilidad, lo que requiere es práctica. Aunque sea incompetente y torpe en el resto de las modalidades de vida que no me interesan, mi pericia con la felicidad será resultado exclusivamente de haber entrenado con regularidad durante un periodo prolongado de tiempo, a ser posible toda la vida.

Durante el período de entrenamiento claro que tendré, y ya he tenido, segmentos temporales en los que el fastidio, la incompetencia (mía o de otros), la frustración, la tentación de abandonar el objetivo y la impaciencia por la tardía llegada a la meta me hacen infeliz. Pero he descubierto que sólo me siento infeliz si en esos momentos caigo en la cuenta de ello; mientras he llegado a ese punto he estado a lo mío, es decir: intentando ser feliz y eso ya me hace un poquito más feliz. No me gusta hacer camas, no me gusta fregotear con lejía ni empaquetar ropa y libros con los que no sé qué hacer, no me gusta limpiar armarios, pero si no pienso en ello "durante" no me siento infeliz. Y cuando acabo y contemplo mi obra, la Nueva Rosa Ordenada se siente feliz como una perdiz. Encima, el orgullo por la tarea bien hecha es una experiencia relativamente nueva para mí ya que soy por naturaleza --o hábito-- bastante chapuzas y amiga de los atajos. Un puntazo más.

¿El inconveniente? Pues que normalmente no sabemos (solo lo imaginamos cuando lo vemos en otro) lo que realmente nos hace felices y enseguida se nos acaban las opciones.

¿La solución? Llevar a cabo un estudio serio y completo de lo que te hace feliz y no dejarte engañar por lo que crees que te hará feliz. Porque gran parte de las cosas/experiencias/personas que creemos que nos harán felices no lo hacen; para averiguarlo el sistema mejor es el clásico: prueba y error. Y es gratis.

Por ejemplo, recuerdo que hace unos años fui por primera vez a ver bailar flamenco a mi hermana pequeña al festival de fin de curso de la escuela de Beatriz González Barroso. Cuando contemplé el espectáculo inenarrable de todas aquellas elegantes mujeres zapateando con una mano levantando su falda de volantes y la otra en alto supe sin ninguna duda de que yo sería feliz si supiera zapatear así. Mi madre siempre decía que yo era una andaluza descastáh; le demostraría que no llevaba razón.

Tardé un año en animarme a ir a la clase de Beatriz. Y duré un trimestre. Porque sí es cierto que me haría muy feliz saber zapatear de aquellas maneras pero las cualidades de trabajo físico, empeño y perseverancia que requiere aprender a hacerlo no son mías. Lamentablemente. En realidad, descubrí, lo que me haría feliz sería levantarme una mañana y, por arte de birlibirloque, saber ya zapatear como mi hermana.

Y como la mayoría de las cosas no funcionan por el birlibirloque, sigo en la búsqueda de la minoría que sí lo hacen. Algunas no me satisfacen. Otras sí.

Cocinar, escribir, ser madre, hacer un buen jabón de glicerina, andar con mi grupo de martes y jueves, acudir a mis talleres de lectura y escritura, enseñar desbloqueo creativo a quien lo necesite y quiera y, más recientemente, ordenar mi casa y la Astronomía, son las cosas que, de momento y por el birlibirloque, sí me salen bien y me aferro a ellas porque me producen una felicidad (a veces a tropezones) que nunca falla.

Cuando mis hijas iban al colegio me espantaba oír a las madres contar todas las actividades extraescolares a las que sometían a sus hijos y así mismas por la fuerza. En aquella época estaban de moda el kárate, el ballet, la gimnasia rítmica, la pintura y el futbito. Luego, las sensatas: el kúmon (que no me enteré muy bien de lo que era; con ese nombre ni loca las llevaría), el inglés (ese era importante para mí), música (mi asignatura pendiente), modelado en barro (que influía no sé como en la psicomotricidad) y otras por el estilo. Había tanta variedad que me mareaba cuando intentaba decidir. Y la perspectiva de cruzarme medio Madrid lunes, miércoles y viernes por la tarde para que mis hijas aprendieran guitarra o esgrima me ponía los pelos de punta.

Mi sensata pereza se impuso: Podéis elegir dos actividades, pero una tiene que ser física y otra intelectual (presioné para que fuera inglés), pero tenéis que durar un mes completo en las que queráis probar, les dije. ¡Ah! Y tienen que ser actividades de las que hay en el colegio a la hora de la comida, que tenéis que tener tiempo para jugar.

Y así lo hicimos. Tan ricamente.

He descubierto que, por regla general, acabas siendo excelente en aquello que te atrae mucho, aquello por lo que te inclinas de forma natural. No nacemos expertos en ello pero creo que el hecho de que algo te guste mucho es una pista importante por donde empezar. Y si, además, luego te puedes dedicar profesionalmente a ello, otra ventaja más. Una de mis hijas se aficionó a los idiomas y hoy es Intérprete y Traductora jurada que escribe y habla la mar de bien lenguas variadas, y además da clases de lo suyo en un máster universitario. 

Aunque a veces esa pista resulte falsa. Como la del zapateao en mi caso. O mi otra hija, que se aficionó a la gimnasia rítmica y... hizo Bellas Artes. Pero esas son paradojas de la vida.

La vida misma.

domingo, 28 de junio de 2015

Haz algo


Cuando estoy preocupada, triste, desorientada o rabiosa necesito ponerme medallas, y para ello siempre acudo a mi fórmula mágica.

Es una fórmula que te saca del oscurantismo momentáneo en un pis pas. Es una fórmula sabia, sensata y eficaz como no conozco otra. No das un salto cuántico de la sensación de vacío a la alegría infinita y duradera (eso no existe) pero es el primer paso. El primer paso y el definitivo.

Dice un principio hermético que "Arriba es como abajo; afuera es como adentro" (pasaré de puntillas por la sintaxis del hermetismo). Digo yo que será un principio también reversible: si cambio el abajo y el adentro, cambiaré el arriba y el afuera.

Es, además, una fórmula muy sencilla de empezar a practicar y, una vez coges carrerilla, te viene a la cabeza cuando necesitas moverte en alguna dirección y no sabes por dónde meter el pie.

Reza así:

Haz hoy algo por ti
Haz hoy algo por tu casa
Haz hoy algo por otro


No tengo ganas ni inspiración para escribir hoy sobre la felicidad así que haré algo más práctico que desarrollar o estudiar teorías. Haré algo por mí, haré algo por mi casa (¿ordenar el milésimo armario?) y haré algo por otro; posiblemente por mis hijas, que son muy agradecidas. Hoy quiero que alguien me cuelgue unas cuantas medallas y con las niñas, almas generosas, hoy eso lo tengo garantizado.

Buen domingo.
Hazlo AHORA.

domingo, 21 de junio de 2015

¿Puede hacernos infelices la búsqueda de la felicidad? (I)


Pocas cosas parecen tan naturales y prácticas como el deseo de ser feliz. La felicidad es un ingrediente clave de nuestro bienestar por lo que es razonable esperar que fijarnos como objetivo nuestra propia felicidad arrojará resultados positivos y beneficiosos para nosotros, ¿no? 

Entre los expedientes Nouvilas encuentro un estudio titulado "La búsqueda de la felicidad puede hacernos sentir solos", estudio llevado a cabo por investigadores e las universidades de Denver, California en Berkeley, Colorado, la Universidad Hebrea y el Boston College en el que se proponen demostar que, contra toda apariencia, valorar al alza la felicidad propia puede tener consecuencias negativas sorprendentes.

What???

¿Felices pero solos?
¿La causa? Estos investigadores plantean, específicamente, que esto es causado porque el esfuerzo de alcanzar mejoras y beneficios personales puede dañar las conexiones con los otros. Como la felicidad se define habitualmente en términos de sentimientos positivos (beneficio personal) en el contexto occidental, de ahí resultaría que esforzarnos por ser felices podría hacernos sentir solos al concentrarnos en esa nuestra búsqueda.

What???

Al leer la sugerencia que hace el estudio de que cuanto más valor le damos a nuestra felicidad personal más solitarios nos sentiremos en nuestro día a día, me viene a la cabeza la primera pregunta:

¿No es esta afirmación un contrasentido? ¿O es que los investigadores nos toman por tontos?

Si uno de los pilares de la felicidad es nuestra red de relaciones (familiares, sociales, de amistad), y eso todos lo sabemos, digo yo que ya nos guardaremos de aislarnos. A menos, claro, que nuestra felicidad consista en una vida de meditación y retiro; lo cual, si nos da la felicidad, también es perfectamente válido. Por fortuna, hay gente para todo y todos tenemos el derecho inalienable a ser felices.

Sigo con el estudio y veo que los investigadores de este equipo reconocen que esta hipótesis no ha sido todavía demostrada empíricamente (ya me extrañaba). Aún así, el asunto ha picado mi curiosidad y sigo leyendo...

Los investigadores trabajan en este estudio comparando los niveles de sentimientos de soledad de los participantes con los niveles hormonales, concretamente con niveles de progesterona y cortisol. Eligen personas (por cierto, solo mujeres) que hayan tenido una pérdida traumática a lo largo de los seis meses anteriores al estudio. Para evaluar los sentimientos de soledad se valen de autoinformes diarios de los participantes, y para evaluar los niveles hormonales de los mismos se valen de un chicle. Así mismo: les suministran chicles con cero por ciento de azúcar para obtener 5 ml de saliva que recogen en viales estériles de politileno, muestras que son inmediatamente congeladas después de cada sesión.

Los resultados que arroja este primer y brevísimo estudio pareen indicar que el estado de ánimo (state of affect) de los participantes no cuenta a los efectos de sentirse más feliz a la hora de valorar en más o en menos la propia felicidad; pero sí cuentan a la hora de sentirse más o menos solo.

What???

En general, nuestros valores determinan lo que queremos conseguir; lo que, a su vez, nos llevará a trabajar en dirección a esos objetivos.

Por ejemplo, alguien que atribuye un enorme valor a la excelencia académica querrá conseguir las mejores calificaciones para su expediente y ello le llevará a estudiar duro para alcanzarlas (y esa misma disposición le llevará a conseguirlas antes o después). Aplicando la misma lógica, valorar como importante nuestro nivel de felicidad debería dar como resultado una mayor felicidad, ¿no?

Pues un segundo estudio llevado a cabo poco después de éste por prácticamente el mismo equipo, arroja de nuevo dudas sobre los efectos paradójicos de que nuestra felicidad nos importe. Qué empeño, oye...

¿Puede la búsqueda de nuestra felicidad hacernos infelices?

Creo que puede ocurrir esporádicamente, y por espacios concretos de tiempo. Pero esa infelicidad temporal siempre será por un bien mayor (la felicidad tal y como la concebimos cada uno). Por ejemplo, supongo que los deportistas de élite preferirían, como tú y como yo, estar tomando el sol o unas copas en lugar de entrenar ocho horas diarias. ¿La diferencia? Conseguir acceder a un campeonato --y no te digo ya ganarlo-- es su idea de la felicidad, aunque a nosotros nos parezca una locura y, desde luego, no sea nuestro ideal de felicidad.

Y solo la conseguirán entrenando doloridos ocho horas diarias.

Pero, ¿entonces?

sábado, 13 de junio de 2015

¿Existir o ser?, esa es la pregunta

Anna Quindlen


Hacía tiempo --mucho-- que no repasaba los escritos de Anna Quindlen y hace unos días, haciendo limpieza frenética de papeles, me topé con su pequeño A short life to a happy life


No recordaba de qué trataba así que me senté entre un montón de bolsas de basura llenas de borradores, catálogos y mapas y sillones y mesitas atestadas de papeles que intentaba clasificar con poco éxito. Le eché un ojo en diagonal mientras mi mente se aferraba al tema orden de mi despacho.

Sus sensatísimas palabras y su estilo natural, humilde y de pocos aspavientos captaron mi atención y el orden pasó a segundo plano. Por supuesto, la mía es una traducción apresurada de sus palabras y espero que una interpretación certera de las mismas. De cualquier manera, en inglés o en español, este fragmento no tiene desperdicio en referencia al tema que más nos importa: nuestra felicidad.

Disfrutad este manojo de sabias palabras.

"...Pero eres la única persona en el mundo que tiene la custodia de su propia vida. Tu vida excepcional. Toda tu vida. No solo tu vida en un despacho, o tu vida en el autobús, o en el coche o frente al ordenador. No solo la vida de tu mente sino la vida de tu corazón. No solo tu cuenta corriente sino tu alma. 

La gente no habla ya mucho acerca del alma. Es mucho más fácil escribir un currículum que elaborar artesanalmente un espíritu. Pero un currículum es un frío consuelo en una noche de invierno, o cuando estás triste, o roto, o cuando te sientes solo, o cuando te dan los resultados de una radiografía y no son buenas noticias, o cuando el doctor escribe en tu ficha: pronóstico, grave

Este es mi currículum. No es lo que dice mi biografía profesional, a pesar de que estoy orgullosa de ella:

Soy una buena madre de tres hijos buenos.  Nunca ha sido mi intención dejar que mi profesión sea un obstáculo en mi camino como madre. Ya no me considero el centro del universo. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír. 

Soy una buena amiga para mi marido. He intentado que mis votos matrimoniales signifiquen lo que dicen. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír.

Soy una buena amiga para mis amigos y ellos lo son para mi. Sin ellos no tendría nada interesante de lo que hablar con nadie porque sin ellos yo sería un trozo de cartulina en blanco. Pero les llamo por teléfono y quedo con ellos para comer. Hago acto de presencia. Escucho. Intento reír.

En el mejor de los casos, sería mediocre en mi trabajo si todas esas otras cosas no fueran verdad. Nunca podrás ser excelente en tu trabajo si tu trabajo es todo lo que eres. Así que supongo que el mejor consejo que puedo darle a cualquiera es muy simple: consíguete una vida. Una vida real, no una maníaca persecución del próximo ascenso, la mejor paga, la casa más grande. ¿Crees que esas cosas te importarían tanto si una tarde desarrollaras un aneurisma o hubieras encontrado un bulto en tu pecho mientras te duchabas?

Consíguete una vida en la que notes el olor del agua salada impulsándose con la brisa sobre las dunas; una vida en la que te pares y mires como un halcón de cresta roja planea sobre un estanque o un pinar. Consíguete una vida en la que prestes atención al niño que frunce el ceño concentrándose en alcanzar una Oreo del estante de la cocina.

Apaga tu teléfono móvil. O tu teléfono fijo, igual da. Mantente tranquilo. Estate presente.

Consíguete una vida en la que no estés solo. Encuentra gente que te ame y a quien ames. Y recuerda que el amor no es ocio sino trabajo. Cada vez que contemplo mi diploma recuerdo que aún soy estudiante, todavía aprendiendo a diario cómo ser humana. Envía un e-mail. Escribe una carta. Besa a tu madre. Abraza a tu padre.

Consíguete una vida en la que seas generoso. Mira cómo las azaleas crean capullos estrellados de color fucsia a tu alrededor cada primavera; mira la luna llena vestida de plata en un cielo negro durante una noche fría. Y entiende que la vida es gloriosa y que no puedes darla por sentada. Cuida con tanto esmero sus bondades que quieras desplegarla a todo tu alrededor.

Toma el dinero que hubieras gastado en tomarte unas cervezas en el bar y entrégalo a una buena causa. Trabaja como voluntaria en un comedor social. Da clases a un niño de séptimo curso.

Todos nosotros sin excepción queremos hacerlo bien pero si no hacemos también el bien hacerlo bien nunca nos parecerá suficiente.

Exprime hasta el más pequeño momento; vívelo porque, bueno o malo, nunca volverá de forma idéntica.

La vida es corta. Recuerda ésto también. Nos resulta tan fácil malgastar nuestras vidas: nuestros días, nuestras horas, nuestros minutos no disfrutados.

Cuando empieces a vivir de esta manera habrá un antes y un después en cada uno de tus días..."


Ahí es nada.

Sigo con mi orden en casa; ahora mismo ese orden es una parte importante de esa vida que quiero conseguir para mí.

Haré acto de presencia. Escucharé. Intentaré reír. Aunque por el momento un contenedor medio lleno de papeles, a la puerta del jardín, sea el único testigo de ello. Junto conmigo.

Feliz fin de semana. 

sábado, 30 de mayo de 2015

Felcidad y Amistad

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad
Francis Bacon

Encuentro entre los papeles que tan generosamente me regaló la profesora de Psicología Encarna Nouvilas unos que hablan de la amistad y su relación con la felicidad en nuestras vidas. Me pongo con ellos de inmediato, sin revisar el resto (ains, ¿qué me estaré perdiendo esta vez?).

Porque, ¿puede haber algo más interesante que descubrir en qué medida impacta e influye la amistad en nuestro grado de felicidad diaria? ¿Qué tendrá que ver la amistad con la felicidad sostenible?

Siendo la felicidad la suma de la satisfacción global de la propia vida más la presencia de afectos positivos y la ausencia de afectos negativos en ella,  nadie pone en duda la asociación amistad-felicidad. ¿O sí?

Décadas de investigación empírica han demostrado que tener amigos y experimentar relaciones amistosas íntimas y sus consecuencias lógicas (como son, entre otras, el apoyo, las interacciones  estrechas o reírse juntos) auguran mucha felicidad. De hecho, el papel de la amistad en nuestra felicidad se ha venido a llamar en estos estudios  the deep truth ("la profunda verdad").

La asociación entre amistad y felicidad es indiscutible e indiscutida. Todos tenemos amigos, queremos mantenerlos y, aun cuando nos hacen una gran faena, nos cuesta alejarlos de nuestras vidas; por lo general, andamos como locos buscando excusas para perdonar y olvidar. Y nos sentimos felices cuando encontramos una y podemos hacer borrón y cuenta nueva si ese amigo traidor era un buen amigo y un amigo de mucho tiempo. Yo he oído a amigas mías decir que les dolió más romper con un/a amigo/a que con un marido. Nunca he roto con ninguno de tanta importancia en mi vida pero, de ocurrir, estoy segura de que me dolería más que mi divorcio (uy, cuando recuerdo que estuve casada me parece otra vida). 

El roce amistoso y bienintencionado hace el cariño, y ese cariño lleva a la intimidad emocional; borrar eso se nos hace tan cuesta arriba... porque él era nuestro amigo.

Pero ¿qué es la amistad?

"La amistad es una relación cualitativa de interdependencia voluntaria entre dos personas enfocada a facilitar los objetivos socio-emocionales de los participantes y que pueden implicar diversos tipos y grados de compañía, intimidad, afecto y ayuda mutua." (Hays, 1988).

Jo, qué mal suena dicho así, pero así es en realidad. Los participantes en una relación de amistad sincera somos voluntarios sometidos a un objetivo común de facilitar las cosas al otro en la medida de lo que podamos, hacerle reír, escucharle, quererle y charlar de intereses comunes y no comunes a todo meter. Necesitamos comunicarnos con nuestros mejores amigos a todos los niveles y nos sentimos agradecidos de tenerlos en nuestras vidas (aunque pocas veces se lo digamos). ¿Cuántas horas nos tiramos al teléfono con una amiga a la que acabamos de dejar en la puerta de su casa o a la que vamos a ver mañana? ¿Cuántos minutos, si hay alguno, aparcamos la sonrisa durante una conversación con una amiga o amigo íntimos? ¿Cuántas veces ha aguantado con paciencia infinita que rehagas cada día de la última semana el plano de tu nueva cocina y se lo cuentes otra vez? ¡Pero si los buenos amigos, los de verdad, sirven hasta para poder coquetear con ellos sin peligro! 

La calidad y el grado de interdependencia de esta relación diferencia un punto esencial en el grado de "cercanía" (emocional) entre amigos.

Todos, o casi todos, tenemos más de un amigo y el grado o nivel de esa interdependencia, mutua y voluntaria, marca el hecho de lo que llamamos "mejor amigo", "buen amigo" y "es amigo mío". Las investigaciones y sus resultados establecen sin dudas que los humanos tienen relaciones de más alta calidad con un "mejor amigo" que con el resto de sus amistades, sin que este resto deje por ello de ser importante y satisfactorio en nuestra vida. Pero ese mejor amigo mantiene un lugar especial en nuestra red de relaciones amistosas.

Recibir apoyo de un amigo en tiempos de necesidad, bien sea apoyo físico tangible bien apoyo instrumental, y experimentar la intimidad de la amistad verdadera e incondicional tienen el potencial indiscutible de influir --y mucho-- en nuestro bienestar. Igualmente, el simple hecho de pasar un rato con nuestros amigos en tiempos de vino y rosas e implicarnos con ellos en actividades placenteras y/o divertidas, contribuye también a nuestra felicidad (en medida parecida, que no mayor). Y los estudios que existen acerca de este tema dejan claro que esta relación de amistad-felicidad se da no solo con nuestros mejores amigos sino que existe igualmente con los tres grados de amistad que todos los humanos mantenemos (mejor amigo, buen amigo, amigo).

Entre otros aspectos de la amistad cercana, quizás el más importante para ambos componentes de la relación amistosa es la percepción de la importancia que tenemos en la vida del otro.


Esta percepción de nuestra importancia en la vida de nuestro amigo se refiere al sentimiento de que contamos y marcamos una diferencia en la vida de otra persona (o en una comunidad en general, por ejemplo una familia, un grupo de música, de lectura o escritura, un proyecto en el que participamos con amigos), y es un aspecto importante del concepto que tenemos y formamos acerca de nosotros mismos.

Hay muchos trabajos teóricos de investigación que nos sugieren que percibirnos como importantes --o al menos significativos-- para otros es una predicción indiscutible de bienestar psicológico. Para todos sin excepciones, sentirnos importantes en la vida de alguien importante para nosotros es... importante.Apoyando estos estudios teóricos hay numerosas investigaciones empíricas que demuestran que tener importancia en la vida de nuestros importantes está directamente asociado con más altos niveles de autoestima (sea eso finalmente lo que sea), menores niveles de depresión, mejor concepto de nosotros mismos, mayor satisfacción en nuestras relaciones y una mejor percepción del apoyo social que recibimos, del que no siempre somos conscientes porque lo damos por sentado (y sigue de pie).

Si te dieran a elegir ¿qué elegirías: la eterna juventud o una amistad eterna? Porque siendo eternamente joven y bella puedo sentirme sola eternamente pero teniendo un amigo eterno eso nunca ocurrirá; ni siquiera cuando esté arrugada como una pasa.

Creo que, contrariando al filósofo insigne, el divino tesoro es la amistad, no la juventud.

viernes, 15 de mayo de 2015

Experiencias y Felicidad

En lo que mi amiga Paloma llama el terrible cotidiano -terrible por lo repetitivo- experimentamos casi de continuo acontecimientos físicos que, a su vez, desencadenan en nosotros acontecimientos emocionales y psicológicos de tamaño y  peso variado. Si no nos andamos ojo avizor pueden convertirse en automáticos.

Esto no es malo per se. De hecho, esto en en muchos casos una ventaja. Por ejemplo, es una ventaja que respiremos automáticamente, que sonriamos ante una sorpresa; es buenísimo que no tengamos que controlar de forma consciente y personal la circulación de nuestra sangre o la filtración de nuestros riñones, y es fenomenal que no tengamos que recordar mantener una saludable ritmia de nuestro corazón o un sensato crecimiento de las uñas de nuestros pies... 

La Naturaleza es sabia y compasiva, y nos ha facilitado todas estas tareas apartando nuestra consciencia de hechos que no podríamos controlar aunque quisiéramos (por falta de tiempo, más que nada) para que nos sintamos libres de ser, hacer y tener otras cosas mucho más divertidas y menos cotidianas que sí podemos controlar, como comprarnos ese bolso o apuntarnos a una clase particular de botánica en El Escorial.

El automatismo deriva de lo bien que hacemos algo por haberlo hecho muchas veces seguidas, como conducir de casa al trabajo, preparar el desayuno del niño o tender la ropa; actividades que nos permiten, por su automatismo, pensar en otras cosas mientras las llevamos a cabo. Peeeeero... El automatismo no es tan bueno -de hecho es perjudicial para la salud- cuando nos proporciona vía libre al automachaque y autoflagelo con actividades mentales que desembocan en cosas muy poquísimo divertidas como el terror autoinducido.

Mi episodio más escandaloso de este tipo de actividades mentales automáticas ocurrió (bueno, lo ocurrí yo) durante una mamografía (primera y última, no me vuelven a pillar) en la que me prensaron los pechos con la misma facilidad con que aplastamos una flor entre dos secantes. Cuando empecé a vestirme de nuevo,  la enfermera me dió el alto y me dijo que esperara diez minutos porque me tenían que repetir la última "toma".

Desde la sala de rayos salté directamente y sin atajos a la escena en que decido que tengo cáncer, sí, pero a mí no me quitan un trozo de Rosa ni de coña. De ahí salté de inmediato a las tristísimas escenas consecutivas de despedirme de las niñas y darles instrucciones sobre mi funeral --discreto, por supuesto--, pidiéndoles entereza y madurez. El automatismo me llevó luego a preguntarme cómo se las apañarían las pobres tan pequeñas, solas, y a planificar cuidadosamente con quién vivirían cuando ya no estuviera yo.

Todo eso en cinco minutos, sola y a medio vestir en una habitación llena de máquinas donde hacía un frío que pelaba.

Las lágrimas de apenada madre corrían por mis mejillas que daba gusto cuando escuché un "Perdone, señora, todo está bien, el doctor no ve ninguna anomalía". De repente sentí dos emociones encontradas clarísimas: por un lado, un alivio superbestia, por supuesto; por el otro, una rabia desatada; después de todo lo que había tenido que "arreglar" y "decidir" ante tan dolorosa situación, ¿ahora resultaba que no tenía nada? ¡Amos anda!

Reflexionando más tarde sobre el asunto me quedé pasmada ante el caudal generosísimo de imaginación que desarrollé en dos minutos encaminándome directa a lo peor. ¿Por qué no se me ocurrió "automáticamente" que podía ser un perfeccionismo del médico que a mí, en realidad, no tenía por qué afectarme? Pero con la guardia baja me afectó...

¿Por qué los automatismos pueden ser tan buenos y tan malos? 

En los automatismos que afectan de forma directa a las emociones yo tengo que estar alerta; aunque mis impulsos de ir cuesta abajo y a toda velocidad han disminuído considerablemente, no me fío todavía de ellos ni un pelo.

¿Mi truco? Dar mentalmente un paso atrás ante cualquier situación de "al borde del abismo" y mirarlo como si no fuese conmigo. Es más fácil de lo que parece y da resultados espectaculares. Y lo sigo haciendo una y otra vez, hasta que se haya convertido en automatismo y no tenga que pensar en ello siquiera...

Me voy a terminar de trasladar la cocina al salón que mañana temprano vienen a instalarme el suelo nuevo. Pero estoy tranquila: en lugar de imaginarme la que me van a armar a las 8 de la mañana y lo que luego me tocará limpiar, rascar, levantar y volver a bajar, me imagino directamente las 8 de la tarde con todo nuevo, limpio y, sobre todo, recolocado con sensatez. 

¡Feliz finde de San Torcuato! (me toca más de cerca que san Isidro).