domingo, 22 de junio de 2014

Pasiones desatadas: Culinaria


¿Alguna vez has servido o te han servido un plato donde las cebollas,
en tu opinión, podrían o deberían haberse cortado de otra manera?
Julian Barnes, El perfeccionista en la cocina


—¿Qué hay de comer?
Cada mañana, el primero de la familia que se tropezaba conmigo lanzaba esa pregunta con tono esperanzado…. ¿de qué? No entendía que a esas alturas, todavía dudasen de la respuesta. Cada mañana me levantaba contenta, y cada mañana esa pregunta me estropeaba el día.  Aún así, con calma le contestaba al incauto:
—Solomillo con patatas.
No protestaban, pero se les quedaba cara de: “¿Otra vez?”. Creo que a los dos meses de habernos quitado de encima a Victoria todos la echábamos terriblemente de menos. Y todos hubiéramos aguantado sin protestar otros cien años de robos, yo la primera.
Aburrida, decidí que tenía que haber más comidas en el mundo que el solomillo con patatas. De hecho, casi nunca me ponían eso de comer en casas ajenas. Y habría platos, con toda seguridad, que podría hacer yo sin temor al envenenamiento familiar masivo.
Como amo los atajos por la inmediatez de los resultados, empecé la casa por la buhardilla. A lo grande y en directa: dando cenas multitudinarias. La excusa podía ser cualquiera, y con tanto invitado mis experimentos pasaron por lo que no eran: cocina seria aunque “ecléctica” (¿existiría entonces esa palabra?).
Con absoluta falta de discernimiento apelotonaba en el salón de la casa familiar a todo tipo de animal social conocido de mi padre y resto de familia. Para mí el hecho de que los invitados no se conocieran entre ellos no era un problema; así se conocerían. Dicho y hecho.
Esas primeras veces,  de pie y con un plato lleno de comida variada en color y salsas en la mano,  un director de cine terminaba hablando de política con el Secretario de Comercio de Puerto Rico; un médico pionero en medicina nuclear y su novia azafata charlaban amigablemente con un amigo de la infancia de mi padre (muy querido y sin oficio que conociéramos);  un millonario de Albacete que conocía Nueva York por las esquinas que ocupan los grandes bancos en lugar de por sus calles piropeaba sin reparo a mi amiga Paloma mientras su  marido químico vigilaba con atención todo el proceso; mi novio opositor  escuchaba con una oreja al multimillonario de Albacete y con la otra a mi padre, y mis amigas del cole hablaban de moda ante unos amigos de mi hermano mayor que desconocían aún ese mundo misterioso de los trapos y la importancia que tiene en la vida de las mujeres (y que en su día la tendrían en sus presupuestos familiares).
Era la situación ideal para mi aprendizaje ya que era durante los momentos más acalorados de las conversaciones cuando, triunfante, colaba yo en la fista los resultados de mis cocineos primerizos: solomillo de cerdo en salsa de nata; arroz pilaf (exótica receta tunecina, creo recordar, de mi amiga Cristina; mucho más tarde me enteré de que pilaf significaba lo mismo que arroz); ensaladilla rusa (insistiendo en ella a pesar de que mis hermanos me rogaban que no hiciese más) y tomates troceados con aceite del bueno y sal gorda (se había puesto de moda y sustituía, en toda fiesta que se preciase, a la sal de toda la vida).
Cortaba pan de varios colores (empezaban a encontrarse panes integrales), le metía unos colines y triángulos de Bimbo tostados y —con mucho arte, eso sí— lo colocaba estratégicamente en la mesa enmantelada de encaje blanco, entre solomillos nadadores en nata, ensaladilla rusa llena de guisantes húmedos sobre lecho de lechuga, el arroz pilaf espolvoreado de pistachos rotos (¡qué difícil era encontrar pistachos entonces, por diosssss) y algún que otro platillo a rebosar de chorizo de cantimpalo, salchichón granaíno y… ¡tacháaaaaaannnn!... morcilla frita con tomate, que nos encantaba a toda la familia aunque fuera una ordinariez hacerlo público de esa manera.
La cosa se me fue de las manos pues, contra todo pronóstico, los invitados lo pasaban bomba y se despedían felicitándome por la cena, “todo riquísimo, se nota que tu madre te enseñó bien a cocinar; era una maestra” y comentando mi acierto al haber juntado a tan dispares personajes. Y todos expresaban su deseo de que “aquello se repitiera pronto”...
En fin, que no tuve más remedio que emplearme a fondo y al final, por amor propio, acabé interesándome por el asunto de dar de comer bien a la gente especializándome en esas cenas multitudinarias, todos de pie e incomodísimos, pero tan contentos.  La consecuencia ¿lógica? de aquello es que, todavía hoy, si me dejo llevar cocino para cien. No le he cogido el punto a cocinar para tres, o dos, y no digamos para uno…  Así que mi congelador revienta.
Me parece que cocinar para uno o para dos no es cocinar; son cantidades de juguete para muñecas. Y a mí ni de pequeña me gustó  jugar a eso; por dios bendito,  esas Nancys de prieta carne rosa, con los dedos de los pies unidos como palmípedos; esas melenas brillantes de cobre dorado, siempre despeinadas y siempre con enredones en las que no se podía hincar un peine…  ¿Y esos brazos y piernas rígidos que hacían imposible meterles el vestido  de plumeti o los pantaloncitos veraniegos de piqué? Prefería las chapas y patinar.
Lenta y dolorosamente, aprendí a cocinar. Lenta y dolorosamente también me fui haciendo con mis libros de cocina. El primero que tuve mío fue un regalo por mi cumpleaños, no recuerdo quién me lo hizo: el libro negro de cocina de la Sección Femenina, que todavía se consideraba el summum de la economía doméstica y que toda ama de casa que se preciase debía tener. Con ese bodegón pequeño y gritón sobre fondo negro más parecía un bolsito de playa que un recetario. Sus menús organizados por días y semanas para todo el año, sus listas de la compra según temporada, cortes de la vaca y el cerdo, instrucciones para desplumar un pollo o arrancarle limpiamente la piel a una lengua hacía tambalear mi propósito peligrosamente.
Empecé a comprármelos yo: primero compraba todo libro de recetas que llevase en su título las palabras “fácil” y/o “rápida”; el siguiente paso fue comprar libros por temas concretos: carnes, pescados, patatas, legumbres, etc.
No tardé mucho en convertirme en una “cocinera atrevida” y muy pronto ya nada me echaba para atrás. Mi entusiasmo superaba con creces mi arte… y mi presupuesto.
De esta aventura de hacerme con los primeros ejemplares de mi colección sobre culinaria aprendí tres cosas:
  • Es más difícil comprar un pescado que cocinarlo, al menos para mí. Los ojos de todos ellos siempre estaban brillantes en la pescadería (dato fundamental a tener en cuenta), aunque luego, al llegar a casa, ese pescado huela a huevos podridos.
  • Hay cosas que, por mucho que nos empeñemos, no seremos capaces de comer, o de guisar, o de ninguna de las dos cosas. Yo, por ejemplo,  ni abro ni como ostras crudas: me parecen un moco gigantesco. Palpitante. Insalubre. Saladísimo. Marítimo a más no poder. Pero las he comido sin hacerle ascos en Estados Unidos empanadas y fritas y metidas luego en un bocadillo rebosante de mayonesa, lechuga, tomate y cilantro…  Mi madre se negaba a asar un cochinillo porque le parecía que estaba asando un niño; pero si lo cocinaba otro y lo hacía bien, sí lo comía. Las tres hijas de mi madre manejamos las carnes picadas, el pollo y el pescado crudos con guantes de látex; es superior a nuestras fuerzas hacerlo a pelo.  Pero luego nos comemos los resultados de todo ello sin reparo. Incluso comemos el pescado en sashimi o tartar —y nos gusta muchísimo— aunque no hayamos podido montarlo sin guantes. Paradojas que tiene esta pasión.
  • Los libros de cocina, especialmente los “antiguos” y los muy modernos con bellísimas fotos, son inexactos en muchísimas áreas: tiempos de cocción, cantidades de ajo o cebolla, o intensidad del fuego a lo largo del proceso. Por no hablar de las temperaturas del horno, cada uno de su padre y de su madre (desbarrantes por completo cuando el horno es viejo). En especial las recetas de Martha Stewart en su revista Living (que me encanta por lo preciosísima y las guardo como oro en paño).

De todos los libros que tengo he de decir que los únicos, los únicos que de verdad puedes seguir al dedillo sin temor a que te salga algo diferente a lo prometido son el universal 1080 recetas de cocina, de Simone Ortega y el último regalo de cumpleaños de mi hija mayor, el Ard Bia cook book, libro de cocina en que la propietaria del restaurante irlandés Ard Bia (en Galway, pegado al Spanish Arch) escribe y explica con toda claridad y exactitud todas y cada una de las recetas que allí se sirven a diario. El resto de mis libros parecen contener variadas cantidades de creatividad personal del autor sin testar que hacen que tengas que poner tú una parte importante de cálculo e imaginación para que salga algo cercano al título de la receta (porque esa es otra: el momento de emplatar para fotos profesionales se parece cero a lo que consigues tú en tu casa).
 Es por eso que cuando de verdad me apasioné por la cocina fue cuando ya no necesitaba seguir la receta al dedillo porque muchas las había tenido que completar/alterar/rematar yo. Esa fue la gran revelación de mi camino a la cocina: que cualquier cosa, sea la que sea, la puedes hacer a tu manera. Y empecé a desobedecer todas la reglas con rotundo éxito… en lo salado. Pero los postres y meriendas nunca los conseguía. Mis intentos reposteros siempre achicaban y desdecían mi cada vez más grande arte culinario. Y eso me daba una rabia…
Porque, claro, con ese sistema de alterar cantidades y sustituir productos “a mi aire” no me suben bizcochos ni madalenas; los suflés no me obedecen y las pavlovas me odian. 
Así que corté por lo sano: fuera de mi vida y de mis planes de cenas bizcochos, merengues y cualquier otra cosa susceptible de no subir, caer, hundirse en el centro o autogenerar tanta burbuja de aire que se quede tiesa antes de tiempo manteniéndose a la vez, de forma inexplicable, cruda. Mis postres se limitaban a fruta natural o en almíbar (esta última escurrida y adornada con grandes gusanos serpenteantes de chantilly, como había visto en los restaurantes caros)
Pero la vida es generosa y, en sustitución de esas tartas y merengues me desveló una posibilidad que nunca se me había ocurrido: los helados caseros. Y no los había tenido antes en cuenta porque me da miedo, de toda la vida, lo que le puede hacer a mi organismo el huevo crudo y/o a mis caderas la nata agria.
Pero ahora, gracias a mi perseverancia en la búsqueda de nuevos horizontes culinarios y a Internet, he descubierto la leche de coco. Esa cosa que hasta hace nada era tan malísima para la salud y que resulta que ahora es lo mejor que puedas tomar de todo lo que tengas para elegir. Mi instinto ahora me dice que puedo hacer helados, sí,  pero sigue insistiendo en que mantenga los huevos crudos, sean enteros o no, lejos de mis cocinares.

Buscando, buscando, di con una jovencita inglesa , Aimée Ryan, que resultó ser una auténtica maestra repostera. A través de su delicioso blog www.wallflowergirl.co.uk he conocido y me he enamorado de su libro Coconut Milk Ice Cream y de todo lo que este libro contiene. 
Por supuesto, me lo compré de inmediato. Y admirada me entero de que ella es no solo la creadora de sus recetas sino también la fotógrafa de las mismas (magníficas fotos, por cierto, a todo color).
Todos los helados en el libro son creaciones suyas y están hechos con base de leche de coco en lugar de huevos y/o nata, por lo que —según los últimos estudios científicos sobre grasas— todos ellos son de lo más saludables y pueden tomarlos tanto vegetarianos puros (no llevan nada de grasa animal), celíacos (cero gluten) como el resto:  los que podemos con todo. La autora aconseja comprar una máquina de las que hacen helados (¿heladoras, heladeras?) para facilitarnos la vida, pero aún así explica con claridad la forma de hacerlos sin ella. De momento, no la voy a comprar; ya no cabemos más en la cocina.
Y así es como este nuevo paso en mi camino a la cocina ha aumentado, un poco más si cabe, el placer que me produce juntar, mezclar, batir y amasar para luego comer (o que coman otros) y abre nuevos horizontes con los que nunca me atreví a soñar antes. :)



NOTA: Me gustaría aclarar que ni la Sección Femenina ni Inés Ortega ni Wlaflowergirl me pagan por hacerles publicidad; y nunca me han invitado a comer en el restaurante Ard Bia… Pero las pasiones son asín de generosas (aunque objetivas). Ains.

sábado, 14 de junio de 2014

Pasiones: ¿Cooking es una ciudad china?

Y de la cocina cabía decir lo mismo que del sexo, la religión y la política; cuando empecé a averiguar cosas por mi cuenta, era demasiado tarde para preguntar a mis padres.

Julian Barnes, El perfeccionista en la cocina

También amo la cocina, y la amo física, metafísica y literalmente; la amo casi tanto como leer. La amo un poco menos que a mis hijas.
La amo, sin templanza, como concepto y espacio físico, como actividad pecaminosa y festiva, como afán íntimo desplegado a solas y como actividad lúdica y pública: yo cocino mientras mis amigos miran. La amo en los fogones y fuera de ellos, en forma de libro o revista, en forma de lustrosa receta arrancada de tremenda revista, o como pobre receta olvidada, arrugada y vuelta a encontrar. Y la practico con cualquier excusa y sin ella.

Me apasiona cortar, moler, mezclar, amasar, rallar y picar cualquier cosa tierna o crujiente que, mezclada de nuevo con otras, se pueda luego comer. Cocino a lo loco y sin medir, sin saber si tengo los ingredientes necesarios, pues todo lo que falte lo suplirá en el momento justo mi lujuriosa pasión. Cocino por impulsos eléctricos incontrolables, como dice mi hija mayor de casi todo lo que hago. Cocino sin saber qué va a salir y cocino siempre sin ser consciente de que empiezo a cocinar ni de que ya terminé de hacerlo.

Hago cursos de panes especiales, de técnicas orientales de salteado o técnicas francesas de pochado. Busco y pruebo ingredientes desconocidos, de esos de los que nunca antes había oído hablar. Mi colección de libros y y revistas de cocina es muy parecida, en cantidad y calidad, a mi colección de libros “normales”. Los acaricio y contemplo arrobada sus tapas, los leo luego embelesada, como si de novelas se tratasen, a la expectativa de descubrir una nueva pista; con el corazón en un puño y la esperanza de que algo nuevo —sea bueno o no— se me revele; estudio al personaje e imagino su ser, su vida, su rutina diaria, sus gustos, su alma y su pasión. Con rastros de harina y manchas de aceite los hago míos cada vez.

Por fortuna, no soy perfeccionista en la cocina y al placer que me produce desatar esta pasión se añade la alegría infinita que da la absoluta ausencia de culpa, casi siempre presente cuando leo a todo meter y sin descanso, o cuando sin descanso evito el escribir.

Pero mi amor por la cocina no fue siempre así de grande ni me dió felicidad...

* * *

Mi madre era una gran cocinera y sus tres hijas lo somos también, a más de uno de sus dos hijos varones.

Quizás, siendo la mayor, lo lógico habría sido saber cocinar “de siempre”, haberme pasado horas a su lado mientras mi madre le pinchaba Duque de Alba a un pavo desplumado, hacía conserva de moras para futuras tartas de invierno o troceaba tomates de su huerto. Pero no lo hice; no tuve por entonces el interés ni la paciencia de aprender el arte de los fogones, me parecía cosa a la que no le había llegado el momento en mi vida. Y supongo que mi madre, creyendo lo mismo, tampoco me empujó a ello.

Y cuando murió, de forma inesperada, me quedé al cargo de la logística de la casa, joven y soltera aún, con cuatro hermanos por debajo, un padre por encima y, enfrente, dos mucamas filipinas que esperaban órdenes que yo no sabía dar. Pero a los veinticinco años era tan inconsciente y eléctrica como a los doce y a los cuarenta así que decidí encargarme yo misma de los comeres familiares.


Tuve a la familia sometida durante casi un año a una severísima dieta diaria de patatas fritas [las hacía a montones] con solomillo de ternera [la única parte de la vaca que: 1) sabía comprar y 2) sabía que era buena carne], antes de que mi padre tomara delicadamente cartas en el asunto: se compró una olla electro-magnética (sea eso lo que sea) que cocinaba sola (gastando durante horas unas cantidades vergonzosas de electricidad). Los demás teníamos prohibido tocarla, a pesar de que era muy sencilla de utilizar: únicamente tenías que dejarla tranquila y no destaparla hasta que se encendiera la luz verde (unas cinco horas de cocción). Con este gesto mi padre ”echaba una mano en casa”.

Decidió estrenarse con unas lentejas (le apasionan) y a mí no me pareció mal; y quedamos en que al día siguiente él hacía la comida…

A las 9 de la mañana del día D, a punto de estrenar la olla mágica —¡qué nervios!—, estábamos él y yo ante el infernal aparatejo observándolo con reverencial temor cuando mi padre me tanteó: 

—Además del chorizo y las patatas que me como y veo, ¿qué llevan las lentejas que no veo?

Intenté adivinar. No me venía nada a la cabeza, así que eché a volar mi imaginación y, cruzándola con mi muy particular lógica, apelotoné ingredientes que me sonaban a “guiso casero" con otros que me gustaban mucho.

—Pues… Cebolla, ajo, aceite, pimiento, tomate, avecrem, chorizo, beicon, jamón creo que serrano. Y laurel, pimienta negra, guindilla, supongo. Ah, y un chorro de vinagre. Creo.

Me miró con suspicacia y pareció tomar una decisión: haría las lentejas a su manera. Un poco más sanas, con menos grasa.

La imaginación y la creatividad de mi padre siempre dejó cortísima la de sus cinco hijos juntos, y la usaba para todo: para inventar juegos de palabras y evitar que nos aburriéramos durante los interminables viajes a Almería —¡Dios mío, ese Despeñaperros!—, cómo arreglar un desgarrón en su pantalón de vestir favorito —esos escudos bordados autoadhesivos de las chaquetas escolares reforzados con superglú, por diosssss. Y a partir de aquel día la usó para cocinar.

Creó en un momento la que sería su receta estrella: Lentejas guisadas con mejillones en escabeche de lata (con su juguillo y todo). 

Yo no sé qué sintieron mis hermanos en el momento de sentarse a la mesa y ver trozos de algo naranja flotando entre el pimiento y el jamón, pero yo pensé: “Hoy no comemos”.

Para mi sorpresa, la de mis hermanos y la del propio autor del plato, estaban buenísimas. Chocantes, impactantes pero buenísimas. En el instante en que mi padre se vió aclamado [también] en su faceta cocineril, comenzó lentamente a perder su interés por la cocina.

Finalmente, ni tú ni yo: contratamos una cocinera —española— que nos robó todo lo que quiso pero que nos dio de comer estupendamente hasta su último día en nuestra casa. Mi padre entonces volvió a dedicar todas sus horas a su despacho y a rematar nuestra crianza y yo volví a lo que me gustaba de verdad: la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, aunque sin quitarle ojo al tema de la cocina. Más por culpa que por interés, empecé lentamente a fijarme en lo que hacía Victoria, nuestra nueva y flamante cocinera.

Después de un año y medio de darnos de comer a lo casero, robarnos mil litros de aceite y cuarenta toneladas de solomillo de ternera de Ávila, despedí a Victoria como pude y mejor supe (casi pidiendo perdón, qué mal rato para una jovencita). No sin antes haber aprendido a hacer una ensalada campera y alguna que otra cosa más.

Decidí volver a intentarlo, lo de hacerme cargo de la nutrición familiar, digo. Pero seguía sin ocurrírseme nada aparte de solomillo (ahora ya en versión ternera, buey y cerdo) con patatas fritas (a veces a lo pobre), lo que resultaba un problema pues a mi padre le había subido el ácido úrico a mil y le restringieron la carne como si se fuera a morir al solomillo siguiente.

Tenía que pensar algo, y rápido...

:-D


RECETA PATERNAL DE LENTEJAS CON MEJILLONES

1 kg de lentejas (lo juro)
2 cebollas grandes en dos trozos
5 ajos sin pelar
3 tomates cortados en trocitos
3 pimientos verdes
3 zanahorias
1 chorizo de cantimpalo
Béicon al gusto
2 latas grandes de mejillones en escabeche
Jamón serrano al gusto
Laurel, sal, pimentón picante
½ vasito de aceite de oliva virgen, chorretón de vinagre (del corriente)

Poner todos los ingredientes, menos los mejillones, en una olla (grande, que luego crece todo), cubrir de agua (como cuatro dedos por encima de los ingredientes). Cocer a fuego lento cuatro horas. Añadir los mejillones con su jugo y cocer otra hora más.


domingo, 8 de junio de 2014

Repetimos: el optimismo se puede reaprender.

El pesimismo paraliza y conduce a la debilidad,
el optimismo fortalece y conduce al poder.
William James


Antes de salir nos ponemos los rulos (o nos abrasamos el pelo con las planchas), nos ponemos los pantalones o la falda que mejor nos sientan (o eso creemos), nos coloreamos la cara para tener mejor aspecto, nos aseguramos de que nuestras uñas y nuestros zapatos estén limpios, respiramos hondo pensando en el día que tenemos por delante y nos decimos: “Vamos allá”, con una especie de temorcillo puto que nos encoge el estómago lo justo. Lo justo para permitirnos enfrentar el día como mejor podamos pero no lo suficiente para salir de casa reventones camino de esa reunión o esos tomates (que no saben a nada en Madrid desde hace ya décadas) decididos a hacernos con todo.

Pero lo importante de verdad no nos lo ponemos para salir. En realidad, no nos lo ponemos casi nunca

No caemos en que más importante que el maquillaje, los zapatos limpios o llevar el pelo impecable es ponernos nuestro optimismo. Nos olvidamos de buscarlo (porque está ahí, sin duda) y calzárnoslo antes de empezar nuestra rutina, enfrentar esa reunión de la que depende un trabajo o, simplemente, ir a la compra a por unos tomates que sepan a algo.

De que algo salga mal o bien siempre hay un cincuenta por ciento de posibilidades. ¿Por qué tirarnos al cincuenta por ciento que nos paraliza, nos encoge el estómago o nos impide disfrutar de esa reunión o esa visita a los puestos del mercado?

El optimismo es nuestro y lo hemos olvidado. Pero podemos recordarlo o incluso volver a aprenderlo. ¿Qué perdemos? Con una actitud relajada y expectante, nuestras posibilidades de que la cosa salga bien, o al menos no salga mal, aumentan en un 85%. ¿Qué, al final, no sale la cosa exactamente como deseábamos? Pues a otra cosa mariposa. Eso no ha salido a nuestro gusto hoy, pero puede salir mañana —o pasado, o el mes que viene— con la actitud adecuada: saber que llegará; que eso es nuestro y que lo único que tenemos que hacer es saber que llegará y seguir en nuestros asuntos haciendo lo que tengamos que hacer mientras llega.

La mala noticia, como ya anticipé tiempo atrás, es que es un trabajo de toda la vida...

Pero al igual que un día, hace ya mucho tiempo, nos habituamos a ver por adelantado el lado oscuro de las cosas :-D, podemos hoy elegir lo contrario y habituarnos a lo bueno. Puede que nos cueste algún tiempo y esfuerzo —es un trabajo de cada día, lo siento—, y es posible que sintamos en ocasiones la tentación de volver al camino viejo y cómodo (aunque puto). No lo hagas.

Lo importante en esos momentos es ser conscientes de esa tentación y resistirnos a ella. No seguir por el camino conocido, cómodo y oscuro tiene su recompensa: un día, en un momento dado, caemos en la cuenta de que hemos trillado una nueva vía de tanto pasar por ella. Una nueva vía que ahora nos lleva, sin esfuerzo, por ese otro cincuenta por ciento luminoso de nuestras posibilidades y expectativas. Y ese es el objetivo: crear día a día una nueva pista por la que deslizarnos sin esfuerzo. Ese es el camino que nos conviene.

Porque recuerda: pertenecemos a una especie cuyas cualidades principales son el coraje, el gusto y la curiosidad por tomar riesgos, el amor por aprender cosas nuevas, por probar nuevos sabores, por superar miedos (realmente infundados) con un valor que no sabíamos que era nuestro y porque intuimos que la empatía importante de verdad la tenemos que tener, ante todo, con nosotros mismos. ¿Llamarías tonto de remate o hijoputa a un amigo que ha fallado en un primer intento de algo importante para él? ¿O lo animarías a que siguiera una y otra vez, asegurándole que lo conseguiría?

Siempre, siempre, eliges tú... ¡Qué buena noticia! ¿Qué vas a hacer con ella? :-D

Te deseo una feliz y optimista semana de exámenes finales, bodas y comuniones, todo ello propio de junio. Inevitablemente. :-D

domingo, 25 de mayo de 2014

Infelicidad I: Culpa y placer, un equilibrio insano

Lo único que lamento es que nunca tendré tiempo
para leer todos los libros que quiero leer
Françoise Sagan


Por encima de casi todas las demás cosas amo leer.

Lo amo desde niña, desde siempre, desde antes de nacer, desde antes de morirme en otra vida, creo. Lo amo lujuriosamente, con gula, con pasión, con regodeo y ansiedad anticipatoria. Me proporciona felicidad extrema, me da la vida y nunca me decepciona (aunque al final los protagonistas no se casen o el asesino resulte ser mi personaje favorito de la historia :-D). Casualmente, es un placer solitario, al menos en mi caso.

Mujer leyendo (Fernando Botero)
No solo amo leer por las historias que me cuentan los libros y por cómo me las cuentan, sino también por la excitación que me produce descubrir cómo otros juntan magistralmente palabras o por la posibilidad de encontrar otro dios en esas incursiones de 24 ó 48 horas aferrada a un libro que me encantaría haber escrito yo. (Recuerdo aún con carne de pollo —como decían mis hijas cuando eran micos— mi descubrimiento de Joyce Carol Oates hace muchos años o de Amélie Nothomb no hace tantos.)

Pero hasta hace unos años necesitaba excusas para ello…  Ains.

Hay algo mágico en las lluvias torrenciales y las grandes nevadas. Te atrapan detrás de los cristales y te ves obligado a renunciar a cualquier actividad que requiera salir a la calle. Deja en suspenso la rutina diaria y no necesito excusa para quedarme acurrucada en el sofá con un buen libro, una manta de cuadros y un tazón de chocolate caliente. Me liberan de mi agenda y de mis planes. Y sobre todo que,  al ser fuerzas de la Naturaleza que nadie puede controlar las causantes de mi encierro, es la mejor excusa para evitar la culpa que se me echaba encima con cada maratón solitario de lectura apasionada.

Porque hasta hace unos años lo amaba con culpa y placer a partes casi iguales.

*   *   *   *   *

En ocasiones, el no hacer nada especial y, sencillamente, tumbarte a leer un libro que deseas con lujuria y pasión desde hace días, o por el simple deseo de pasar un día así, a algunos nos crea una vaga inquietud que acabé por identificar, hace ya años, como culpa.

¿Qué se supone que debería estar haciendo en lugar de disfrutar a lo bestia algo que amo por encima de casi cualquier cosa? ¿Es obligatorio estar siempre haciendo algo, sea lo que sea, diferente a lo que te da tanto placer? ¿O es que el placer solitario es más pecaminoso que el grupal aunque el grado de placer sea el mismo? ¿De dónde sale esa creencia?  ¿Por qué tanta felicidad queda algo empañada por una callada culpa sin identificar?

Otros grandes placeres míos no me producían ese sentimiento vago de no sé qué pero algo estoy haciendo mal por mucho que los disfrutara. Por ejemplo, cuando cocinaba para quince invitados; o mis hijas y yo leíamos por turnos  Manolito Gafotas —en voz alta— y nos reíamos tanto que casi me caía del columpio del jardín; o pintaba una menina dominatrix con medias de rejilla y látigo en ristre… ¿Por qué sólo leyendo? ¿Por qué, por qué?

Cuando en esos momentos me ganaba la culpa y, para compensar, decidía ir contra mi deseo y me ponía a hacer algo “útil” —como escribir, poner orden en casa (mi eterno reto), cocinar, hacer esa llamada al carpintero que llevo semanas retrasando por pereza, pintar ese cuadro que me han encargado y no remato— esa vaga inquietud se iba. Y ahora, meditado desde la distancia en el tiempo, todavía me subleva. ¿Por qué me fustigaba por pasar un rato, el que sea, con lo que más placer me producía? ¿Por qué tenía esa tendencia a equilibrar lo extremadamente placentero con algo de culpa o temor?

Decía Oscar Wilde que la ilusión es el primero de los placeres; otros dicen que es al revés, que el placer es la primera de todas la ilusiones. Me temo que ambas afirmaciones tienen sentido.
Al parecer, el placer verdadero y extremo es siempre solitario y promiscuo, y es precisamente su promiscuidad lo que lo hace más atractivo. La calidad de algo y las sensaciones que nos produce ese algo no se correlacionan obligatoriamente de forma objetiva (de hecho, casi nunca lo hacen).

Yo entro en éxtasis con un libro concreto, y mi amiga Luisa no puede entenderlo (le aburre leer cualquier cosa que no la instruya sobre nuevas tecnologías). A Carmen le apasiona Vermeer, y a mí me parece que La Joven de la Perla es muy mona (cuadro que conozco no por mis estudios de Arte sino porque me leí una novela sobre cómo se pintó para la discusión mensual de mi taller de lectura). ¿Deja de tener una calidad extrema la técnica de Vermeer porque a mí solo me parezca mono lo que pintó? Y a mi amiga Carmen, ¿le apasiona de verdad la técnica de Vermeer y el efecto de los pigmentos naturales mezclados con aceites de linaza, o le apasiona porque su obra se estudia en todas las facultades de Bellas Artes del mundo y sus cuadros habitan en grandes museos? ¿Amaría del mismo modo Carmen La Joven de la Perla si estuviese colgado en mi sala de estar y lo hubiera firmado yo? Tengo que preguntarle…

A veces, muy a menudo de hecho, el mundo (o un cuadro) no nos importa por la forma en que el mundo (o el cuadro) impacta nuestros sentidos sino por lo que pensamos que el mundo (o un cuadro) es. Para mí, los libros son el mundo todo, la razón de la existencia, seres animados (tienen su propia ánima, vida tan verdadera como la mía) y creo que quien no lee no tiene vida…

Según Paul Bloom (Descartes’ Baby) “un esencialismo siempre presente condiciona el placer”.  Ese esencialismo es la creencia generalizada de que todo tiene una realidad o naturaleza verdadera que no podemos observar directamente; y que es esa realidad escondida la que realmente importa. ¿Por qué lo que más nos atrae siempre es lo supuestamente inalcanzable?

De un cuadro importa quién lo pintó; de una historia importa si es real o ficticia; de un filete importa a qué animal se lo han quitado; si del sexo se trata, nos afecta enormemente quién pensamos que es realmente nuestro compañero de juegos… Parece obvio pero a menudo no somos conscientes de que, con frecuencia, le adjudicamos un enorme valor al placer —o se lo quitamos de un plumazo— basándonos únicamente en elementos extrínsecos. Y parece que de ahí la promiscuidad del placer. ¿Será que le achaco yo a los libros una vida que no tienen?

Todos los animales, humanos y no humanos, compartimos los mismos placeres: la comida, el agua y el sexo;  necesitamos descansar cuando estamos agotados y el afecto nos calma. Además, estos placeres básicos resultan ser también necesidades fundamentales para la supervivencia y la propagación de las especies. Todos estos placeres provienen de la selección natural y de otros procesos biológicos de evolución, necesarios para que los seres prosperen. A todos los animales nos gusta lo que la biología nos dice que debería gustarnos por nuestro bien.

En cuanto al resto de los placeres, compartimos pocos unas especies y otras. Por ejemplo, cuando nuestro perro obedece nuestras órdenes no le leemos un cuento a la hora de dormir o lo llevamos a la ópera;  en su lugar, le damos premios darwinianos: galletas de perros o un paseo extra y muchas palmaditas en el lomo.

Pero los humanos —y dicen que alguna otra especie— amamos también el placer de la lectura, la música, la pintura, los recuerdos sentimentales y la religión o espiritualidad. Al parecer, en el caso de los humanos los placeres no solo provienen de las necesidades biológicas sino que son producto de nuestra cultura. Estos placeres son solo humanos porque solo los humanos tienen culturas y éstas, sin duda, pueden formar nuestros placeres (cocinas típicas regionales, formas folklóricas de expresión propias, rituales sexuales concretos, etc.) nos diferencian a unos de otros aun siendo genéticamente iguales. (Tengo que hablar de esto con Encarna Nouvilas.)

¿Qué es entonces el placer y cuándo es supuestamente lícito? ¿Siempre, nunca, en compañía, en solitario? No conseguí una respuesta clara a estas preguntas nunca, así que me arremangué y valientemente tomé una decisión: no seguiría sintiéndome culpable por el hecho de pasar un día entero abrazada a un libro y a un tazón de chocolate caliente bajo una manta de cuadros, aunque el sol calentase ahí fuera y el carpintero esperase mi llamada. No, no me sentiría culpable solo porque ésa no fuera una necesidad básica para que mi especie se propague. ¿A ti te gusta la música y quieres pasarte tres días abrazado a un CD con tus 1.500 canciones favoritas? Hazlo sin empacho (siempre que eso no deje sin comer a tus hijos o a tu perro :-D).

Si la felicidad depende en gran medida de mi número de horas de lectura o de tu número de horas de música, y si lo que busco es mi felicidad, y si la felicidad es un camino y no una meta, dejaría que mi especie se propagase de otra forma y por otra vía. No criticaría cómo la propagan otros pero yo la propagaría como me diera la gana.

Cada uno a su manera lidia con sus demonios como puede, y yo los eliminé así de mi vida esta. Quizás tenga que pagar mi decisión en la próxima, pero ¿no dicen que la felicidad verdadera es vivir a tope el ahora, que el presente es el verdadero regalo de esta vida?


Pues ya veré cómo lidio con culpas y temores en la próxima.  Pasito a pasito se hace el caminito.

viernes, 16 de mayo de 2014

Felicidad conyugal (II): Apuntes de una madre moderna y muy práctica

Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer a la que no ame
Oscar Wilde

Cariño, ¡qué alegría la noticia de tu boda! Te escribo deprisa porque nos bajamos a la playa, esto de Bali es una maravilla. El azul del mar, espectacular, las vistas hermosísimas y la inversión que he hecho aquí es la mejor de mi vida. Por no entrar en detalles acerca de las pedazo de tiendas que tiene el hotel LuJin.

No me enrollaré mucho, solo unos apuntes rápidos que no pretenden desanimarte sino únicamente abrirte los ojos. Con ellos abiertos, tienes muchas más probabilidades de ser feliz, y sabes que esa es mi aspiración última para ti. Los hombres piensan que los creó Dios en un acto único de inteligencia superior y eso los hace bastante peculiares, así que te diré un par de cosas.

Dicen (ellos) que son simples en su línea de pensamiento; que nosotras lo complicamos todo. Yo no lo veo así, pero antes muerta que admitirlo ante tu padre. Pero ten en cuenta que los hombres piensan en:

  • Sexo (siempre)
  • Fútbol (muy a menudo)
  • Política (a veces)

Sus certezas absolutas:

  • Siempre llevan razón
  • Las instrucciones que dan para solucionar los (tus) problemas  son infalibles.
  • Son el sexo fuerte (signifique eso lo que signifique).
  • Su mejor amigo siempre mide 20 cm, aunque  en realidad eso no signifique nada, pues "20 cm" es la medida de longitud más cambiante del universo.
  • Tú eres una de sus costillas que mutó, por expresa voluntad divina, en semi-humano con el único fin de la mayor gloria de tu marido.
Y la realidad es que les apasiona el sexo y para "tener ganas" solo necesitan una cualidad: la de estar vivos.

Aman el fútbol porque es la vía que casi todos utilizan para expresar las dos emociones básicas que están dispuestos a reconocer ante sí mismos: el triunfo glorioso y la frustración perra, según gane o pierda su equipo.

De política entienden mucho más que ministros y presidentes: casi todos poseen la virtud de poder y saber llevar a su país al lugar que le corresponde por decreto divino: primera potencia mundial (y desde luego en ese casi todos no están los políticos en activo).

Ocurre pocas veces, pero cuando caen enfermos en cama se sienten morir y actúan en consecuencia, y no te digo nada si esa enfermedad requiere hospitalización; habrás de armarte de paciencia.

Si das con un depresivo crónico mayor de 30 años (¿qué edad tiene Pepe?), lo mejor que puedes hacer es divorciarte cuanto antes, pues a esa edad ya han decidido que el mundo está al revés y que, como no cambie el mundo, el asunto no tiene remedio. El tiempo y el dinero que te costaría sacarlo adelante (no lo conseguirás después de esa edad) empléalo en una ONG de mujeres maltratadas; es mucho más práctico ser corporativista que romántica, sobre todo cuando eres joven.

El "Contigo pan y cebolla" es mentira, y les trae muchos quebraderos de cabeza.

Si no quieres saber la verdad, no le preguntes nada acerca de tu vestuario.  Si estás gorda y le preguntas si lo estás, te dirá que sí; y si no lo estás y le preguntas que si lo estás, te dirá que "estás bien". A menos que vayas vestida como una puta para una cena a solas con él, cosa que le encantará, siempre te verá "bien" si no te empeñas en pedirle detalles.

Cuando tienen un hijo es cuando, de repente, más te necesitan y se convierten en el adolescente celoso y posesivo (otra vez) que todas las madres tememos parir algún día. Intentará por todos los medios que abandones a su suerte al bebé recién nacido. Eso sí, no se atreverá a ponerlo en la calle... todavía; bastará con que dejes a la criatura en la buhardilla hasta que acabe la carrera y pueda darle al fin alguna satisfacción a su sufrido padre. Entonces, y solo entonces, tu hijo pasará de ser "tu hijo" o "ese niño" a ser "mi hijo" y querrá llevarlo al fútbol. En ningún momento coinciden el tiempo y el espacio en que pueda considerarse la absurda idea de "nuestro hijo". A priori nunca se plantean la posibilidad de que sea niña.

Aunque ellos odien a su madre, tu suegra es intocable; si es una bruja critícala con tus amigas en todo detalle pero nunca delante de él. Cuando estés a solas con ella, aprovecha para poner los límites; cuando estéis todos juntos, sé educada y amable. De esa forma, nunca podrá convencer a su hijo de que la bruja eres tú. Por supuesto, él se creerá en el derecho de criticarme todo lo que quiera; deja que lo haga, lo tendrás de tu lado para siempre jamás.

Cuando se jubilan algunos adquieren de forma espontánea un gen de inteligencia ingenieril por el que tu vida da un giro radical a una situación desconocida: sabe más que tú acerca de formas eficaces de cargar el friegaplatos, cómo debería combinarse la verdura con la proteína y la lactosa en porcentajes exactos, cómo se pone apropiadamente la mesa para una cena informal de seis a ocho personas (un horror de diseño arquitectónico plano con mantel blanco liso) y qué sueldo exacto hay que pagarle a la asistenta (siempre el mínimo y si es posible menos).

Para algunas cosas son muy literales. De la infinita y deliciosa gama de colores sólo reconocen el blanco, el negro, el amarillo, el azul, el verde y el rojo. Y eso si no son daltónicos porque entonces desaparece parte de su escala cromática. Desde luego, olvídate de que nombren apropiadamente el maravilloso fucsia (para ellos, rojo), el elegante berenjena (para este no tienen palabras) o el travieso turquesa (azul o verde dependiendo del grado de su daltonismo). El verde caqui y el verde militar son siempre "marrón" una vez que consiguen asociar ese vocablo a la mezcla de dos o más colores primarios que resulten en algo oscuro e indefinido.

Puede que, si no tiene aficiones y fanatismos propios, tú te conviertas en lo más importante de su vida; entonces tendrás un armario antiguo atravesado en el pasillo en lugar de un marido. Tu padre, por fortuna, se entretiene solo mucho tiempo con el golf, el bricolaje y la caza, bendito sea; todo ese tiempo yo lo empleo sensatamente en viajar y comprar. Por suerte, a él le dan miedo los aviones y le sobra el dinero.

Todos sueñan con una rubia despampanante que siempre espera desnuda en la cama y les dice a todo que sí. No te ofendas, en realidad esa rubia amenazante es una aliada de las esposas e impide que la busquen en el mundo real (yo creo que les da miedo encontrarla en este plano y la mantienen en el de los sueños casi todos). A veces puede que tu marido te pida que te disfraces de ella. Hazlo.

Por lo que he oído y leído, hay ahora hombres sensibles que parecerán escucharte y te abrazarán sin pensar en el sexo peliculero que (al parecer) debería seguir de forma natural a cualquier abrazo, pero son la excepción, estoy segura. Ojalá tu Pepe sea de esos, cariño, no sabes cómo tienen que facilitar la vida esos seres excepcionales.

Y recuerda que no van en serio hasta que te hayan puesto un pedrusco en el dedo; eso fué, es y será siempre así. Una vez tengas el anillo en el dedo, puedes estar segura de que, por el motivo que sea, han decidido que renuncian (de momento al menos) al resto de las mujeres de este universo.

Ay, cómo pasa el tiempo, hija, parece que fué ayer cuando te compraba vestiditos que se parecieran a los míos y te hacía el tíovivo... En fin. 

Cariño, me voy ya, que me están esperando las chicas. A mi vuelta empezamos con todo el lío del vestido y del banquete. En cuanto a la iglesia, tienen que ser los Jerónimos, no admito discusión en ese asunto.

Muchos besos, hija. Te quiere, Mamá.

P.S. No estarás pensando en una boda sencilla, ¿verdad? Sea eso lo que sea suena horrible y no pienso permitirlo.




jueves, 8 de mayo de 2014

Felicidad Conyugal (I): Advertencias de un padre anticuado



Todas las familias felices se parecen entre sí;
las desgraciadas son infelices a su propia manera  (
León Tolstoi)

Hijo, me dice tu madre que te casas...
No quiero preocuparte pero sí advertirte que lo pienses bien (con la cabeza). Las mujeres son especímenes únicos en todo el Universo, al parecer creadas con el fin único de poner a prueba al hombre. Antes de poner fecha y comprar el anillo reflexiona sobre la felicidad conyugal a la que te condenas.
Pronto comprobarás que esa mujer tiene un potencial único para volverte loco. Y ese potencial lo hará efectivo solo una cosa: tú. No consideres estas palabras alegremente; no las descartes de inmediato. Cuando una mujer se casa cae en la cuenta de que, sorprendentemente, tendrá que convivir con su marido, y ese es el factor que desencadenará tu desgracia. Al día siguiente de la boda tu  mujer se mostrará tal como es en todo su esplendor: un ente agresivo-muypasivo-depresivo-compulsivo-obsesivo-soñador. Tú no lo sabes pero has provocado ese despliegue de personalidad múltiple porque le estás creando a tu mujer un complejo de inferioridad. Y ella, desde luego, cree que lo haces para humillarla.

Hijo, la naturaleza decidió por nosotros y, por el motivo que sea, nuestros bíceps son más fuertes, nuestra zancada es más larga, nuestra fuerza física es enorme y corremos más rápido que las mujeres. Además, nuestros colmillos están más afilados, podemos contener el aliento bajo el agua más tiempo que ellas y colgarnos con un solo brazo de una rama a la que la mujer ni siquiera puede trepar. En lugar de sentirse segura y protegida a nuestro lado —y agradecida— ella le da la vuelta a este asunto (lo hará con muchos otros también) y lo convierte en una amenaza; por lo que a partir de ahora, y en lo que respecta a ti, vivirá cada minuto en estado de alerta defensiva.
A pesar de todo, por esa cualidad inigualada en el mundo natural por otro ser, a esto también le dará la vuelta en su misterioso cerebro (nadie ha descubierto aún cómo funciona) y verá todas estas cualidades varoniles como una sorprendente semejanza entre su marido y los primates. Esto le confirmará lo que siempre sospechó: que en la escala de la evolución humana ella supera de forma considerable al hombre —recuerda que ella cree que desciende de las rosas en flor.
Se defenderá de tus supuestos asaltos con sus armas de mujer: brazos, piernas, codos, rodillas, uñas y dientes que, en una fémina, están pensados únicamente para protegerse de ti. También cuentan con sus cuerdas vocales, muy diferentes de las nuestras. Las suyas no solo pueden hablar, también gritan, chillan, sisean, gimen, gruñen, susurran palabras que inventan sobre la marcha, braman y plañen de forma sorprendente (y sorpresiva). También son lanzadoras efectivas si bien su puntería es poco certera. Pero su habilidad para lanzar platos de la mejor porcelana, jarrones carísimos, ajedreces de marquetería, taburetes de marfil y gatos persas de concurso —y destrozarlo todo en un segundo— es insuperable.
Cuando tu mujer esté en la misma habitación que tu madre su estado de alerta defensiva pasará al de estado de alerta máxima (y tu madre también). Lo pagarás (de forma inmediata) cuando volváis a estar solos. Solo encontará tregua a su estado de sufrimiento infinito en compañía de su peluquero y/o su amiga Lola (quizás también con Maribel).
En su inexcrutable cerebro —más pequeño pero más complejo que el nuestro— hay zonas que producen excusas para todo; envían mensajes que solo entienden diversas partes de su cuerpo (apretar el acelerador a fondo cuando quieren frenar, por ejemplo); existen células de memoria únicas que la ayudan a olvidar casi todo lo que tienen que hacer, y su unidad especial más misteriosa es de tipo policial: conjeturar acertadamente dónde estuviste anoche y con quién.
Ante un problema, tú lo defines, lo solucionas y punto pelota. Pero tu mujer es mucho más cuidadosa con los detalles: se preguntará que si lo podrá conseguir a  mitad de precio, si sus amigas lo aprobarían, si debería dejar que tú creyeras que la idea fue tuya; se preguntará también si eso es cosa de mujeres y qué pensará Marisa de ello; o Maribel. A mitad del proceso de solución se dará cuenta de que hace un día estupendo y se preguntará si está de humor para ponerse sombrero o turbante; no sabe aún si debe cardarse el moño y se cuestionará —centrándose por un segundo— cuál era exactamente el problema para, de inmediato, pensar que está envejeciendo. Luego mirará a la monada que le está haciendo la manicura y sabrá que sus pestañas no son naturales, se preguntará qué pensará su madre de su nuevo corte de pelo y concluirá que es mejor consultar todo este asunto tan feo con Rudolf,  su peluquero —y no te hagas ilusiones: nunca te abandonará por él—. Finalmente, llena de energía renovada, dejará en manos de ese peluquero la solución definitiva del problema. Aunque, ¿cuál era el problema? Bueno, ya se acordará cuando Rudolf de con la solución.
Tu mujer espera que le demuestres afecto, tiene derecho a ello, al menos de vez en cuando: cuando vayáis andando por la calle, cuando estés leyendo el periódico o te dispones a ir al fútbol con tus amigos, cuando estáis en el cine, cuando estáis delante de una mujer más guapa que ella o cuando vais en el ascensor con otras quinientas personas. Obtendrás más puntos positivos si las muestras de afecto y dedicación las haces en público; por lo general, y por  motivos que desconozco, las muestras de afecto en privado son rechazadas con frecuencia. Una vez casada, también espera que la escuches atentamente sin darle instrucciones y le des abrazos sin sexo. A veces, sobre todo al principio, te preguntarás si ella te ama. Sí, ella se casó contigo por amor y ama todo lo tuyo: tu Rolls, tu casa en París, tu piscina olímpica, tu gordísima cuenta bancaria (y todas las posibilidades de ésta)…
Nosotros soñamos con una rubia despampanante que nos dice a todo que sí y con que gane el Madrid la copa.
La mujer sueña con cosas mucho más elaboradas: ser amante del peletero o del joyero más famoso de España; ser la viuda del hombre más rico del mundo; que la metas en El Corte Inglés por sorpresa —o mejor, en Harrod´s— y le digas compra lo que quieras, cariño, no hay límite; sueña con ser la única mujer en un bote salvavidas lleno hasta los topes o con que el Scientific Institute of Oklahoma le ponga su nombre a una estrella supernova recién descubierta —o mejor, a un planeta en el que hay vida humana—; también sueña con que ha contratado una limpiadora, una cocinera, dos niñeras, chófer y mayordomo que tú pagas encantado felicitándola por su buen tino al hacerlo; o peor: que tú te haces cargo del cincuenta por ciento de las tareas domésticas. Con frecuencia sueña que, utilizando todos los medios de comunicación masiva del país de forma simultánea, declaras públicamente que no hay en el mundo otra esposa como ella y agradeces cada día haberla conquistado. A veces, aunque pocas, sueñan con salir ahí afuera y ganar el Premio Nobel de Química; total si la Curie pudo… Y no consideran un obstáculo en absoluto el hecho de estar estudiando la carrera de Historia (que dejará a medias cuando se quede embarazada).
Si cumples sus sueños —y no vale con el empeño, tienes que hacerlos realidad— tienes asegurado un buen sexo y paz en casa. No puede pedirse más; tardé más de treinta años en descubrirlo.

Piénsalo bien, hijo.
Te quiere, papá.

lunes, 21 de abril de 2014

La ley de Atracción: ¡Qué emoción! (y II)

Busca siempre el pensamiento que te haga sentir mejor.
Abraham-Hicks


El aparatito con pantalla que llevamos en el coche y al que cariñosamente llamamos "el Tonto" es un buen amigo que nos ayuda a llegar a nuestro destino sin incidencias a lamentar. A pesar de su inocente apariencia "mini-televisiva", nuestro tonto es un potente receptor de señales de satélite (de estrella, estelar; de polo, polar... ¿de satélite, satelitar?). 

Hasta hace unos años, cada vez que salía en coche tenía miedo de perderme y no ser capaz de volver a encontrar nunca más mi casa. Y entonces descubrí el GPS y me compré uno. Nunca más me ha asustado perderme. Es una guía insustituible para los que no salimos de fábrica con el gen de la orientación incorporado (mi caso y el de muchos más), y mis viajes ahora son un placer en vez de un tormento. Además, tardo mucho menos en llegar a cualquier sitio porque no tengo que pararme en cada gasolinera del camino a preguntar si voy bien... :-D

Global Positioning System

El Global Positioning System (lo que de forma habitual denominamos por sus siglas, “el GPS” ) es un sistema de navegación basado en una red de 24 satélites propiedad de y puestos en órbita por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos de América. Fue creado con fines militares pero en los años 80 el Gobierno norteamericano puso generosamente este sistema a disposición de la población civil del mundo todo. El sistema de posicionamiento global trabaja en cualesquiera condiciones metereológicas, en cualquier lugar del mundo, 24 horas al día, 365 días al año. No hay tasas de suscripción o precio de enganche, mantenimiento de línea ni cargos por desgaste de los satélites. ¡Gracias, USA! :-D

Esta red de 24 satélites dan la vuelta a la Tierra dos veces al día en una órbita precisa y concreta, y transmiten señales de información a nuestro planeta. Los receptores del sistema cogen esta información y la triangulan (sea eso lo que sea) para calcular la localización exacta del usuario (sean los marines USA, los radicales ucranianos pro-rusos o yo) que lleve encima un receptor GPS. Nuestro receptor debe estar sujeto a señales de al menos tres de esos 24 satélites triangulantes para calcular una posición en 2D (latitud y longitud) y rastrear el movimiento. Si tiene la suerte de coger la señal de 4 o más satélites, tu GPS (y el de cualquiera) puede determinar tu posición en 3D (latitud, longitud y altitud) sin necesidad de gafas especiales.

Haciendo corto el cuento largo, un aparato receptor de este sistema de navegación compara la hora a la que fue transmitida la señal por satélite con la hora a la que esa señal llegó a su destino (tu receptor). La diferencia entre una y otra horas le dice al sistema cuán lejos está el satélite en ese momento (eso no nos importa nada, pero es un dato fundamental para que nuestro tonto se ponga a trabajar con eficacia). Y con los cálculos de distancia de algunos satélites más, el receptor de la señal puede determinar la posición del usuario y mostrarla en la pantalla electrónica de nuestro GPS.

Tu receptor de GPS. Tú estás
donde ves la flecha naranja.
Una vez que la posición del usuario ha sido determinada, la unidad GPS que llevas en el coche puede calcular otras informaciones, tales como velocidad, rumbo, ruta, duración del viaje,  distancia a destino, hora de amanecer , de anochecer y más, una vez que le hayamos introducido la dirección exacta de a dónde queremos ir. Y con toda esa información, te llevará a tu destino de forma segura (si le obedeces) sin necesidad de preguntar en cada gasolinera que encuentres.

Tener un GPS es bueno para tus nervios, porque con este sistema sabrás que si quieres ir a Toledo y sigues sus indicaciones llegarás a Toledo con toda seguridad. No cabe preocupación alguna respecto a si acabarás en Córdoba o Guadalajara; si obedeces, puedes disfrutar con tranquilidad del viaje. Y no solo eso: como los cálculos son ininterrumpidos, si te equivocas de salida en la autovía, no importa: tu GPS recalculará otra ruta –la más conveniente- para que vuelvas al camino correcto. Siempre. Hasta que le cambies el punto de destino, machaconamente te indicará cómo ir a Toledo desde donde estés.

*     *     *     *     *

Desde la perspectiva de la Ley de Atracción, nuestras emociones son ese GPS seguro y fiable que nos va diciendo, también momento a momento, en qué punto estamos del camino hacia el “a donde quiero llegar”. Si tus emociones son positivas, estás en el buen camino; si tus emociones son negativas, te has salido de la ruta y tienes que recalcular y volver al camino marcado. No pasa nada, porque tus emociones seguirán diciéndote, machaconamente, que no has cogido el camino correcto y te lo recordará hasta que vuelvas al redil y te sientas bien.

Como seres físicos estamos rodeados de potenciales influencias que, en muchísimas ocasiones, no nos benefician o no coinciden para nada con nuestro propósito. Algunas personas nos dicen, e insisten, en que digamos o hagamos esto o aquéllo pensando que eso será bueno para nosotros. Estamos rodeados de leyes, normas y expectativas impuestas por otros, y todos ellos parecen saber mejor que nosotros mismos cómo deberíamos comportarnos.

Pero, amigo, si nos dejamos conducir por estas influencias externas no nos será posible mantenernos en la ruta adecuada que nos lleve a donde realmente queremos estar.

Debido a ello, a menudo nos alejamos de nuestro camino personal con el afán de complacer a esos otros incontables (padres, cónyuges, hijos, jefes), solo para descubrir que no importa lo mucho que hagamos para lograrlo, nunca conseguimos complacer a todos. Y desde luego no nos complacemos a nosotros mismos ni un poco. Como vamos en tantas direcciones distintas nos extraviamos de nuestro camino en ese proceso de [intentar] complacer a tanto ser querido y bienintencionado. ¿Resultado? Ese destino al que deseábamos llegar y habíamos planificado con tanta ilusión se desdibuja cada vez más y acaba por desaparecer de nuestro horizonte... Mala pata, qué rabia. Sobre todo porque no solemos escarmentar a la primera ni aunque tengamos el tino de caer en algún momento en el hecho de que hemos estado zigzagueando sin ningún sentido (que muchas veces, ni caemos).

Abraham-Hicks nos recuerda, machaconamente, que nuestra felicidad no depende de lo que hagan los otros (¡aunque no te lo puedas creer!) sino de nuestro propio equilibrio vibratorio (o sea, nuestra actitud y decisión con respecto a ese nuestro punto de destino). Y más increíble todavía: la felicidad de los otros tampoco depende de lo que hagamos o digamos nosotros sino de su propio equilibrio vibratorio (¡guauuuuu!). Porque lo que cada uno sentimos en cualquier momento es tan solo nuestra propia mezcla de energías: actitud, grado de decisión y perseverancia, ilusión y convencimiento acerca de a donde queremos ir. Y en este asunto no existe la clonación. Que la Ley de Atracción ya se encarga de que estemos juntos, sí, pero no revueltos.

Nuestras emociones no son ni más ni menos que el reflejo psico-fisiológico de nuestro punto de equilibrio, de esa vibración electromagnética que estamos ofreciendo. Si esas emociones son positivas, la vibración que ofrecemos es similar a la vibración de nuestro deseo y por la ley insobornable de los iguales, ¡pumba!, ambos se atraen, se juntan y se hacen uno materializando ese nuestro deseo. ¿Cuántas veces has deseado algo a lo bestia y no has visto ninguna pega en el camino y se ha cumplido milagrosamente? Eso es porque no metiste duda en la ecuación; no esperabas que nada fuese mal; y la certeza de llegar a Toledo a la hora planeada era absoluta... :-D

En cambio, cuando nuestras emociones respecto a un deseo son negativas o contradictorias (ahora sí, ahora no; seguro que sí, eso es imposible) tenemos un problema. Porque ya sabemos que los polos opuestos no se atraen como suponíamos. En el mejor de los casos, las cosas no cambiarán y te sentirás atascado; en el peor de los casos, las cosas irán de mal a refatal.

Por eso es tan importante (en realidad, esencial) quenos hagamos conscientes de nuestras emociones y confiemos ciegamente en lo que nos están diciendo, ya que son nuestro gps energético. Igual que no discutes con el tonto que llevas en tu coche (bueno, yo a veces lo hago), con nuestra emociones tampoco debemos hacerlo. El método a seguir es el mismo en los dos casos: escucha y haz lo que te dicen.

Ni nuestro GPS electrónico ni nuestro gps emocional nos preguntan jamás que dónde nos habíamos metido ni por qué hemos tardado tanto en llegar; no les interesa. Ambos están interesados únicamente en llevarte a Toledo y se limitarán a señalarte una y otra vez que Toledo está por allí… Son guías insobornables y, como tales, es difícil conversar con ellas si tratamos de cambiar de tema.

La relación pensamiento-sentimiento es de las que se muerden la cola y si no cortamos por lo sano el círculo la cosa queda pensamiento-sentimiento-pensamiento-sentimiento ad infinitum. Un rollo, vamos.

Como es muy difícil controlar al estilo policial cada uno de nuestros pensamientos, si no nos gusta lo que pasa por nuestra cabeza lo mejor que podemos hacer para llegar felizmente a nuestro destino (conseguir lo que deseamos y alcanzar el nivel de felicidad que soñamos) es prestar atención a lo que estamos sintiendo en cada momento. Es mucho más sencillo porque en cuanto tus emociones te digan que no vas en la dirección adecuada podrás, tranquilamente, meter la tercera y buscar la forma de sentirte mejor (maneras simples de ponerte en camino de nuevo: escuchar tu música favorita, dar un paseo, acariciar a tu  perro (o a tu novio), meditar, trabajar en tu jardín o tus macetas, leer algo que te interese de verdad, que tus hijas te lean Manolito Gafotas en voz alta…).

El quid del asunto aquí es apartar tu atención de lo que te está haciendo sentir fatal y enfocarte en algo que con seguridad te hace sentir bien. O, al menos, mejor; el simple alivio de cualquier emoción negativa que estés sintiendo también cuenta como punto energético positivo a la hora de trabajar con la Ley de Atracción.

De la misma forma en que no anestesias tus dedos para desensibilizarlos al calor cuando haces una barbacoa --por si acaso te quemas-- ni pones una pegatina de carita feliz tapando el marcador de gasolina para no ver que estás en reserva, tampoco quieres (o no debes quererlo) enmascarar tus emociones pretendiendo que no estás sintiendo lo que estás sintiendo; eso no cambia tu vibración. Y hacerlo sería como apagar el GPS del coche a medio camino: dejas de saber dónde estás y cómo llegar a donde estabas yendo. Claro que si te gustan las aventuras extremas, puedes taparlo todo y pretender llegar a Toledo a ciegas. Esteeee... ¿¿¿guauuu???

Lo más fácil en estos casos es ser consciente de lo que estás sintiendo (aunque jorobe) y, una vez que sabes dónde estás, hacer lo necesario para recomponer la ruta (en este caso, dirigir tu atención a algo que te haga sentir cada vez mejor).


Todo esto parece pesado y una trabajera sin fin, pero dicen los expertos a la vista de los resultados: cuanto más lo haces, mejor lo haces y más lo quieres hacer. Satisfacción garantizada, emocional y físicamente hablando, pues el sentirte bien crea adicción y mejora de forma drástica tu relación con el entorno en todos los sentidos: tu relación con tu cuerpo, contigo mismo, con tus prójimos, con el gato e incluso con tus hijos adolescentes. ¿Quién no querría eso, por diossss? Y de propina, las cosas empiezan a salir rebien. ;-)

Y ahora una cosa muy chula que he encontrado...

Dice Abraham en su libro The Vortex dictado a Esther Hicks que:

Psique abriendo la puerta
del jardín de Cupido
Desde "arriba", utilizando vuestro lenguaje de tiempo y espacio, se os ve a un lado de una puerta cerrada y del otro lado de la puerta vemos recostadas contra el quicio todas las cosas que siempre habéis deseado, a la espera de que abráis esa puerta. Todas esas cosas están ahí desde el primer día que las pedísteis: vuestros amores, vuestros cuerpos perfectos, vuestros trabajos y vuestras pasiones, todo el dinero que siempre habéis querido tener; cosas grandes y pequeñas, importantes y poco significativas; todo lo que habéis identificado como deseos vuestros están esperando a que abráis la puerta. Y en el momento en que la abráis todas esas cosas fluirán hacia vosotros... Y entonces tendremos que dar un seminario sobre Cómo lidiar con los deseos cumplidos en avalancha.

:-D :-D :-D